miércoles 21 de octubre de 2009

DOMINGO XXX ORDINARIO - cilco B

SEAMOS CIEGOS QUE RECONOCEN SU CEGUERA
SAN MARCOS 10, 46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
-Hijo de David, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
-Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
- Llamadlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
- Ánimo, levántate, que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:
- ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
- Maestro que pueda ver.
Jesús le dijo:
- Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

COMENTARIO
San Marcos insinúa que son muchos los ciegos que no sienten necesidad de ver porque desconocen que exista la luz más allá de su ceguera. Jesús ha pasado por Jericó y tan sólo un grupo, de entre los numerosos habitantes de la urbe, advierte que un personaje de excepción pasa por aquella gran ciudad. Este grupo de curiosos, que le observa de cerca, oye sus palabras y está atento a ver si el Maestro realiza alguno de aquellos signos milagrosos de los que sin duda han oído hablar. Únicamente uno al borde del camino aprecia su presencia en todo lo que vale, precisamente uno que no ve y que reconoce su ceguera. La inmensa mayoría de los que van alrededor de Jesús y los que quedan en Jericó son también ciegos, porque no reconocen al Señor, pero a diferencia del ciego, no admiten tampoco su ceguera -doblemente ciegos-, y por ello seguirán en la oscuridad tras el paso del Señor.
Sin duda que san Marcos quiere hacer entender a sus lectores que el Señor pasa cada día por nuestras vidas. Es importante situarse al borde del camino, al margen de los que ya se consideran perfectos, reconociendo que no podemos caminar sin su ayuda, porque no vemos por dónde ir ni sabemos hacia dónde caminar. Además es necesario estar atentos al paso del que nos puede devolver la vista y seguros de que el Señor detendrá su paso ante nuestro grito de auxilio. Luego se necesita reiteración y constancia en la súplica: Dios Padre se complace en la insistencia de nuestras peticiones; no hay que dejarse vencer por el cansancio. La Biblia nos muestra multitud de casos en que Yahvé se hace de rogar y se lamenta de la poca paciencia y constancia de su pueblo. Jesús, buen conocedor de las Sagradas Escrituras y que habla en la intimidad de la oración con el Padre, nos anima a orar sin desfallecer, porque el Señor no dará largas a nuestras peticiones.
En resumen, el Señor no puede perdonar nuestro pecado si no nos reconocemos pecadores, situándonos al borde del camino y no entre la multitud de los que se creen justos; porque si no reconocemos nuestros pecados, ¿de qué le vamos a pedir perdón al Señor? ¡Somos ciegos y esperamos confiadamente sin desfallecer en ser liberados de nuestra ceguera por quien tiene el poder sobre las tinieblas!

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