miércoles 4 de noviembre de 2009

DOMINGO XXXII ORDINARIO- ciclo B

SINCEROS CON NOSOTROS Y CON LOS OTROS
SAN MARCOS 12, 38-44
En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía:
- ¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo:
- Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

COMENTARIO
Hoy San Marcos aborda el tema de la hipocresía. ¡Cómo nos gusta aparentar! Juzgamos que lo importante es sentirnos bien, porque la gente nos alaba por nuestras obras, nuestra actitud, nuestro buen ejemplo… Concluimos, desafortunadamente, creyéndonos que el Dios Padre, nos alabará de forma parecida a como lo hacen nuestros semejantes. Sin embargo, Dios Padre lee en el corazón, en las entrañas, en lo más profundo del hombre y… seguramente que nos juzga con un inmenso amor y misericordia, pero certeramente: Dios no juzga las apariencias, sino que ve las intenciones, los pensamientos y deseos más íntimos del ser humano.
¡Con qué facilidad nos engañamos a nosotros mismos por terminar aceptando como verdadero el juicio de nuestros semejantes, quienes casi siempre nos juzgan con hipocresía, no manifestando lo que realmente sienten por nosotros! Son pocos los que nos manifiestan con sinceridad lo que piensan sobre nosotros.
Estemos atentos a las observaciones que Jesús hace sobre los letrados del pueblo. Esas afirmaciones son suficiente motivo para condenarlo, pero no por eso el Señor calla. Seguramente que su intención no era ofender, sino recuperar, rescatar, atraerlos al buen camino. Tal vez era también consciente del poco éxito que iba a tener, pero no por eso dejó de expresar en voz alta lo que todos conocían sobradamente.
Consideración aparte merece la pobre viuda, que da lo que ella misma necesita para vivir; y lo da sin hacer alardes de generosidad, en medio de la inadvertencia general. Por eso su generosidad no quedará sin recompensa.
Seguro que hoy, al escuchar o meditar este pasaje del evangelio, vendrán enseguida a nuestra imaginación multitud de personas conocidas que situaríamos en cualquiera de los dos grupos descritos magistralmente por san Marcos. La pena sería que no nos consideráramos miembros de uno de los dos grupos, o al menos uno de esa inmensa muchedumbre anónima que ve y calla por cobardía, por inconsciencia, por una falsa amistad, por servilismo, por medrar… Yo me atrevería a colocarme en el primer grupo o entre la multitud, en el segundo ya no. No obstante, dejemos que sea el propio Jesús quien nos juzgue, que siempre lo hará con misericordia. Y en último término, dejémonos rescatar por el Señor, quien nos encaminará por la buena senda.

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