jueves, 27 de julio de 2017

XVII DOMINGO ORDINARIO - A

Primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12
En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:

- «Pídeme lo que quieras».
Respondió Salomón:
- «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?».
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
- «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti».

COMENTARIO

«Saber discernir y docilidad de corazón» es la petición que hace Salomón a Yahvé.
Aquí está la clave de todo gobernante o dirigente de un grupo humano, político o religioso.
El rey Salomón pide a Dios inteligencia para discernir y un corazón dócil para poder guiar a un pueblo tan numeroso. Su petición no es egoísta: no pide tranquilidad, comodidad, riquezas, victoria sobre los enemigos, poder, honores de rey, gloria…
A Dios le agrada esta petición y le concede una inteligencia como no la ha habido hasta entonces ni la habrá jamás –afirma el autor sagrado.
¡Qué distinto es el panorama que observamos en nuestro mundo de hoy! Quienes aspiran a dirigir a una nación buscan el poder, gobernar por encima de todo; quien gobierna una empresa aspira a enriquecerse. Lo mismo podemos afirmar de quienes aspiran a los primeros puestos en los distintos grupos políticos, sociales o religiosos. Naturalmente que no todos son así: no todos aspiran a enriquecerse, a ser reverenciados, aplaudidos y tratados con honores. Son muchos los que buscan servir con inteligencia, lealtad y auténtico espíritu de servicio. Sin embargo, tenemos la sensación de que predomina el gusto por el poder y el enriquecimiento personal. Las noticias de corrupción nos sorprenden cada mañana y la ceguera que la ambición provoca en nuestros dirigentes les impide preocuparse de las necesidades más urgentes de sus súbditos.
El rey Salomón se nos presenta como ejemplo de prudencia, de sabiduría y generosidad con el pueblo que Yahvé le manda gobernar.
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jueves, 20 de julio de 2017

XVI DOMINGO ORDINARIO - A

SABIDURÍA 12, 13. 16-19
Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

COMENTARIO

Nuestra religión cristiana es una religión de vida y amor. El poder se muestra en la debilidad. El dios de los cristianos no es un dios de venganza.
La abundante literatura homilética de nuestros oradores del pasado, amenazando con terribles castigos  y condenación a los pecadores, quedó archivada en los estantes de las bibliotecas de los monasterios. Hoy no es de recibo dirigirse al pueblo creyente en esa oratoria tremendista y condenatoria, por la sencilla razón que no refleja la imagen de Dios que nos transmite la Biblia.
El Libro de la Sabiduría, que leemos en este domingo, es el último libro que se escribe del Antiguo Testamento. Por lo mismo refleja un importante avance en la revelación de un Dios clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad y compasión.
En este libro, Dios muestra su poder en la indulgencia; confunde a los que dudan de su poder, mostrando su fuerza en la aparente debilidad del perdón.
El autor sagrado concluye que así Dios educa a sus hijos a ser indulgentes, aplicando la vara de la justicia con gran humanidad.
Nuestro Dios es el dios de la paciencia y de la misericordia, que se apiada del pecador, perdonando hasta setenta veces siete, es decir, siempre.
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jueves, 13 de julio de 2017

XV DOMINGO ORDINARIO

ISAÍAS 55, 10-11
Esto dice el Señor:
«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo».

COMENTARIO

Estas palabras del segundo Isaías están dirigidas a un pueblo que vive en la esclavitud. Son momentos de desesperanza y desesperación. Nadie ve un futuro liberador a corto ni a largo plazo. Es aquí donde resuenan con fuerza las palabras del profeta Isaías que trata de avivar el ánimo de un pueblo hundido psicológicamente. Nadie sabe hasta cuándo, ni siquiera se atreven a aventurar un nuevo éxodo.
En este momento de desolación, las palabras del profeta son agua fresca que alivia la sed de liberación del pueblo, son brisa suave de mañana que alivia el calor sofocante de la noche del alma: « Mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo » -dice Yahvé.

Yahvé ha pronunciado una palabra de liberación. Y es que el Dios de Israel, nuestro Dios es un Dios compasivo, que con facilidad se compadece de nuestras dolencias. Bástenos contemplar la actitud de Jesús, su hijo, para entender la actitud de nuestro Dios. Jesús se conmueve ante la viuda de Naín tras el féretro de su hijo y se lo devuelve a la vida. Jesús se conmueve ante las lágrimas de Marta y María y resucita a Lázaro. Jesús se para en el camino de Jericó y devuelve la vista al ciego. Jesús cura al paralítico que no puede caminar. Jesús sana a los diez leprosos… « El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia » –reza el salmo 102.
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jueves, 15 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI - A

DEUTERONOMIO 8, 2-3. 14b-16a
Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si guardas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres».

COMENTARIO

La experiencia de 40 años caminando por el desierto en busca de una tierra prometida fue una historia que marcó al pueblo de Israel. En el libro del Deuteronomio quedó reflejada esta experiencia: la dureza, el sufrimiento de todo un pueblo, la enfermedad, el sentimiento de abandono, la propia impotencia para seguir adelante hasta una tierra prometida que parecía inalcanzable; la desesperación, los momentos de desconfianza en Yahvé.
Esta dolorosa historia quedó grabada en el libro del Deuteronomio para el recuerdo perpetuo de todo israelita. En el texto sagrado se aprecia con claridad que aquel pueblo vivió una dura prueba; pero sintió que, a pesar de su pecado de desconfianza, Dios nunca lo abandonó. En sus plegarias reconocen que fue Yahvé quien los alimentó con el maná y los condujo por caminos sin tropiezos hasta el lugar que les había reservado.
Aquel pueblo, terco de cerviz y duro de corazón, fue sometido a prueba. Fue infiel con su Dios; sin embargo, Dios no lo abandonó a su suerte. Yahvé quería probar su corazón, y será el mismo Dios quien terminará por transformar el corazón de piedra de su pueblo en un corazón sensible de carne (Ez. 36).
Además, Yahvé no solo les alimenta su cuerpo con maná sino que también les  deja su palabra para robustecer su espíritu.
Los profetas recordarán con frecuencia al pueblo que no solo han de vivir de pan, sino también de la palabra de Yahvé escrita en los libros sagrados. El mismo Jesús recuerda al tentador este texto del Deuteronomio: No solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
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COMENTARIO DE LAS TRES LECTURAS

jueves, 8 de junio de 2017

SANTÍSIMA TRINIDAD - A

ÉXODO 34, 4b-6. 8-9
En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor.
El Señor pasó ante él proclamando:
«Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
Moisés, al momento, se inclinó y se postró en tierra.
Y le dijo:
«Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya».

COMENTARIO

En los primeros tiempos de la Iglesia, los cristianos le pedían al evangelista y apóstol Juan que les dijera algo de Dios, cómo era Dios; y dicen que su respuesta era siempre la misma: Dios es amor.
Este también fue el gran descubrimiento de Moisés, la revelación de Yahvé a Moisés en la cumbre del Sinaí. Mientras, abajo en la falda del monte el pueblo contemplaba aterrorizado los relámpagos que se desprendían de la nube que envolvía la cumbre del monte y oían aquellos aterradores truenos, Moisés, adentrándose en la nube, ascendía a la cumbre y percibía otra imagen de Dios muy distinta de la pueblo: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».
El autor sagrado, tal vez sin ser del todo consciente de lo que aquí nos comunica con su expresiva descripción de aquel fenómeno que se produce en aquel monte santo, nos muestra el camino de encuentro con el auténtico Dios, el Dios amor.
Nos advierte el autor del Éxodo que para encontrarnos con Dios hemos de adentrarnos en la nube, de aspecto tenebroso, oscuro. A medida que ascendemos hacia la cumbre, esta nube se torna blanca como el algodón y termina por quedar a nuestros pies. En la cumbre, en el encuentro con la divinidad solo brilla la luz celeste, en la que se nos manifiesta el verdadero rostro de la divinidad: Dios es amor: compasivo y misericordioso, rico en clemencia y lealtad.
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miércoles, 31 de mayo de 2017

PENTECOSTÉS - A

Hechos de los apóstoles 2, 1-11
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.
Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
Enormemente sorprendidos, preguntaban:
–«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua».

COMENTARIO

En el relato de la creación del hombre del libro del Génesis, Dios infunde en el hombre un aliento de vida que le permite crecer, amar, vivir, dominar la creación... En el relato del día de Pentecostés que nos cuentan los Hechos de los apóstoles Dios Padre nos envía el Espíritu, que nos hace partícipes de la vida divina; nos llena de paz y alegría; y nos da el poder de anunciar el perdón de los pecados.
Hay un cuadro, de autor desconocido, que refleja muy acertadamente la escena que se produjo en aquel día de Pentecostés. Una inmensa multitud llena las calles de Jerusalén cercanas al templo. Se abrazan, saludan, sonríen, bromean: Toda una imagen de un encuentro festivo, que se producía anualmente por Pentecostés en la ciudad de Jerusalén y que también el historiador judío Filón describía el año 33 de nuestra era.
Pues bien, en un día así –cuenta san Lucas- se hizo visible la presencia del Espíritu en medio de aquella multitud. Aquellos judíos y forasteros representaban a los diversos pueblos de la tierra. Todos ellos se maravillan de entender las palabras de aquellos galileos, a pesar de no ser en su propio idioma.
San Lucas nos describe así el poder del Espíritu. Se trata de una fuerza irresistible que desconcierta, porque no es como el poder de los dioses paganos, que llena de pavor y destruye todo lo que se pone en su camino incluido al ser humano. La fuerza del Espíritu, muestra este cuadro de autor desconocido, produce alegría, paz, mutuo entendimiento. La fuerza del Espíritu de Jesús une a la multitud, crea comunión y hermandad. Es una fuerza que anima a los deprimidos, estimula a la acción solidaria, cura a los enfermos, libera a los endemoniados y perdona a los pecadores.
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sábado, 27 de mayo de 2017

ASCENSIÓN DEL SEÑOR - A

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios
Una vez que comían juntos les recomendó:
–No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
Ellos lo rodearon preguntándole:
–Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
Jesús contestó:
–No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.
Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
–Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.
  
COMENTARIO

San Lucas recoge el acontecimiento de la Ascensión del Señor tanto en el evangelio como en los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, notamos un leve contraste de tiempos: mientras en los Hechos hay un periodo de 40 días entre la Pascua y la Ascensión, en el evangelio ambos hechos suceden el mismo día.
Está claro que hay una unidad de acontecimientos: La resurrección y la glorificación a la derecha del Padre es un único hecho.
¿Qué nos quiere trasmitir Lucas con los cuarenta días entre uno y otro?
El número 40 es un número bíblico: Moisés estuvo 40 días en el Sinaí para recibir la Ley, el pueblo de Israel caminó por el desierto durante 40 años antes de llegar a la tierra prometida, 40 días estuvo Jesús en el desierto preparándose para su vida pública. Así pues el número 40 indica el tiempo de la prueba, de la preparación, de la enseñanza necesaria y del aprendizaje.
Así, también estuvo Jesús 40 días con sus discípulos después de la resurrección. Necesitaban de su instrucción, de su ánimo y de su compañía. Durante 40 días se preocupó Jesús de que sus discípulos fueran conscientes de lo que las Escrituras decían sobre él. El ángel, al pie del sepulcro vacío, recuerda a las mujeres que les digan a los discípulos que vuelvan a Galilea, allí donde Jesús empezó su vida pública. Desde Galilea, aquellos discípulos y los que nos consideramos también discípulos de Jesús hemos de emprender el recorrido de nuestra vida de creyentes. Jesús nos aguarda allí para acompañarnos en nuestro recorrido.

Todo empezó en Galilea, todos empezamos, en esa Galilea simbólica, a recorrer el camino de testigos del Señor resucitado.
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