miércoles 25 de noviembre de 2009

SE ACERCA NUESTRA SALVACIÓN
SAN LUCAS 21, 25-38.34-36
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán. Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

COMENTARIO
“El buey conoce a su amo y el asno conoce el pesebre de su señor” y mi pueblo no me reconoce”. Así se expresaba, doliéndose de la falta de fe y confianza de Israel, el profeta Isaías en nombre de Dios. Y parece que el pueblo de Israel siguió sin recapacitar, sin reconocer a Yahvé en la inmensidad de signos que cada día les enviaba.
Hoy estas palabras de Isaías deberían remover nuestras entrañas. Necesitamos un revulsivo fuerte para volver a confiar, a fiarnos totalmente del Señor. Cada año litúrgico nuevo volvemos a recordar las palabras de aliento de los profetas y del propio Jesús; sin embargo, seguimos empecinados en nuestra sordera y ceguera; en nuestros miedos y desasosiegos. ¡Es hora de que la Iglesia alce la cabeza, pues se acerca ciertamente su liberación!
SIGNOS: No faltan las señales, que tan evidentes eran en tiempos de los primeros cristianos: guerras, persecuciones, catástrofes naturales, hambruna, injusticia, explotación y expoliación de bienes (cada vez son menos los que tienen casi todo y más los que nada o casi nada poseen).
ANGUSTIA, MIEDO, ANSIEDAD: La Iglesia camina hacia una situación de indiferencia, indefensión, cuando no de ataque frontal por parte de instituciones, grupos y personas, que se asemeja a la de las primitivas comunidades cristianas. Una fe débil nos hará caer en el miedo, la angustia y tal vez la ansiedad. La falta de confianza nos puede llevar al desaliento y quizás al abandono de nuestra tarea de constructores del Reino.
LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA, SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN: Es ahora precisamente el momento justo para escuchar con la cabeza bien alzada este mensaje de ánimo de boca del Señor. Cuanto más evidentes sean los signos, más cerca está nuestra salvación.
¿Acaso no es el Señor el que libera, el que actúa en favor nuestro, el que está con nosotros hasta el final de los tiempos? ¿Quién podrá contra nosotros? Que nadie ni nada nos desanime a abandonar nuestro trabajo de constructores del Reino: El Reino de Dios es realizable, porque es idea y tarea de Dios; nosotros somos sus instrumentos. ¡Pongámonos en sus manos y a comenzar un nuevo año cristiano con ilusión renovada!
¡El Señor está cerca! ¡Preparémosle el camino!

miércoles 18 de noviembre de 2009

DOMINGO XXXIV ORDINARIO - ciclo B: JESUCRISTO REY

‘MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO’
SAN JUAN 18, 33b– 37
En aquel tiempo, preguntó Pilatos a Jesús:
- ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le contestó:
- ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
Pilatos replicó:
- ¿Acaso yo soy judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí ¿Qué has hecho?
Jesús le contestó:
- Mi reino no es de este mundo. Si me reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Pilatos le dijo:
- Conque, ¿tú eres rey?
Jesús le contestó:
- Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y por eso he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

COMENTARIO
Pilatos debió quedarse con la impresión de haber hablado con un pobre hombre: tal vez poco cuerdo, tal vez un iluminado; al fin y al cabo, un pobre infeliz que no tenía otra culpa que la de no estar bien de la cabeza.
Pilatos no podía entender el proyecto del Reino y la nueva forma de reinar que defendía Jesús, que evidentemente resultaban incomprensibles para cualquier persona de este mundo. Sin embargo, tal vez por compasión y por no representar un peligro para el Imperio Romano, le tolera el título que Jesús se da de rey.
Pilatos no comprende que se pueda ser rey sin un ejército, sin una guardia personal que te defienda. No entiende un rey que no se imponga por la fuerza de las armas. El Reino del que habla aquel judío es un reino basado en el amor y la verdad; donde el que quiera ser el rey debe estar dispuesto a servir a sus súbditos; donde a la violencia se responde con amor; un reino en el que hay que amar incluso al enemigo: al que te insulta, calumnia, te la juega e intenta quitarte de en medio; un reino en el que al culpable no se le castiga, sino que se le perdona hasta setenta veces siete (siempre). Un reino donde los súbditos condenan a su rey a morir en la cruz no es concebible por Pilatos. Sin embargo, Jesús va construir su reino a partir de su muerte en la cruz, supremo gesto de amor.
Hoy tal vez Pilatos vería las cosas de otro modo, ¿o no? Los reinos de este mundo no han resistido el paso de la Historia; el de Jesús, sí. El Reino del amor y la verdad ha superado las pruebas más dolorosas de la Historia, se ha impuesto a sus más encarnizados enemigos: el dolor, el martirio, la muerte.La pregunta que se nos plantea a los cristianos de hoy es: ¿Creemos hoy que la construcción del Reino es aún posible? ¿Está instaurándose este Reino en el mundo de hoy? ¿Seguimos convencidos del proyecto del Reino y comprometidos en su implantación? La sensación parece pesimista: son muchos los desertores, los que no soportan el peso del escudo de la verdad y la espada del amor. Sin embargo el Reino avanza a pasos agigantados, porque es, primeramente y sobre todo, obra de Dios y su Hijo ha empeñado su palabra y vida en la tarea. Por lo tanto, el Reino va adelante con o sin los hombres. ¡Avivemos la débil llama de la lámpara del Reino, contemplando e imitando a los soldados del Reino! ¡Cubrámonos de nuevo con el escudo de la verdad y empuñemos la espada del amor! Seguramente perderemos aún algunas batallas, pero la guerra está ganada de antemano: ‘«... yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

viernes 13 de noviembre de 2009

XXXIII DOMINGO ORDINARIO - ciclo B

¡ABRAMOS LOS OJOS PARA CONTEMPLAR AL SEÑOR QUE YA LLEGA!
SAN MARCOS 13, 24 – 32
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos del extremo de la tierra al extremo del cielo. Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.

COMENTARIO
Es curioso que el Señor nos invite a observar con atención una higuera brotando en los días que anteceden a la aparición de la primavera. La imagen ciertamente es expresiva y fácilmente quedaría grabada en la mente de sus oyentes. ¡Una higuera con sus brotes verdes es capaz de animar nuestra esperanza cristiana! ¿Quién lo iba a decir? Así pues, aprovechemos la enseñanza de la higuera.
Se me ocurre que la higuera es la imagen del mundo, o bien de la Iglesia, o bien de cada grupo ilusionado, o bien de cada uno de nosotros mismos. ¿No vemos ya brotes verdes de esperanza en el mundo, en la Iglesia, en tantos grupos comprometidos, en infinitud de personas cuya vida anima a vivir con alegría a otros? Pues si eso es así, es que el Reino está construyéndose entre nosotros; el fermento de la levadura está haciendo su efecto en la gran masa de la humanidad; el grano de mostaza se está transformando en arbusto, donde las aves se puedan cobijar; el Hijo del Hombre está haciéndose presente con todo su poder y majestad.
¿Somos tan ciegos que no vemos la transformación de nuestro mundo? Una muchedumbre inmensa de toda raza y religión está dejándose la vida para que otros puedan vivir con un poco de dignidad. Incontables voluntarios dedican horas, días e incluso todo el tiempo a enseñar, a dar de comer, a cuidar enfermos, a vestir a los sin ropa, a construir hogares, a abrir pozos de agua en el desierto…, en una palabra, a predicar la Buena Nueva del Reino. Sin embargo, somos tan ciegos, que solo vemos el mal que avanza y se cuela por las grietas de nuestra humanidad; y ello nos impide apreciar el bien, porque el bien y la bondad son callados, no hacen ruido por temor a molestar. Cuando nos sintamos desolados, con la impresión de que el mal se apodera de nuestro mundo, que se traga a la humanidad, volvamos a contemplar la higuera y acordémonos de las palabras del Señor. ¡Cobremos ánimo! ¡El Señor está haciéndose presente entre nosotros con todo su poder y majestad!

miércoles 4 de noviembre de 2009

DOMINGO XXXII ORDINARIO- ciclo B

SINCEROS CON NOSOTROS Y CON LOS OTROS
SAN MARCOS 12, 38-44
En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía:
- ¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo:
- Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

COMENTARIO
Hoy San Marcos aborda el tema de la hipocresía. ¡Cómo nos gusta aparentar! Juzgamos que lo importante es sentirnos bien, porque la gente nos alaba por nuestras obras, nuestra actitud, nuestro buen ejemplo… Concluimos, desafortunadamente, creyéndonos que el Dios Padre, nos alabará de forma parecida a como lo hacen nuestros semejantes. Sin embargo, Dios Padre lee en el corazón, en las entrañas, en lo más profundo del hombre y… seguramente que nos juzga con un inmenso amor y misericordia, pero certeramente: Dios no juzga las apariencias, sino que ve las intenciones, los pensamientos y deseos más íntimos del ser humano.
¡Con qué facilidad nos engañamos a nosotros mismos por terminar aceptando como verdadero el juicio de nuestros semejantes, quienes casi siempre nos juzgan con hipocresía, no manifestando lo que realmente sienten por nosotros! Son pocos los que nos manifiestan con sinceridad lo que piensan sobre nosotros.
Estemos atentos a las observaciones que Jesús hace sobre los letrados del pueblo. Esas afirmaciones son suficiente motivo para condenarlo, pero no por eso el Señor calla. Seguramente que su intención no era ofender, sino recuperar, rescatar, atraerlos al buen camino. Tal vez era también consciente del poco éxito que iba a tener, pero no por eso dejó de expresar en voz alta lo que todos conocían sobradamente.
Consideración aparte merece la pobre viuda, que da lo que ella misma necesita para vivir; y lo da sin hacer alardes de generosidad, en medio de la inadvertencia general. Por eso su generosidad no quedará sin recompensa.
Seguro que hoy, al escuchar o meditar este pasaje del evangelio, vendrán enseguida a nuestra imaginación multitud de personas conocidas que situaríamos en cualquiera de los dos grupos descritos magistralmente por san Marcos. La pena sería que no nos consideráramos miembros de uno de los dos grupos, o al menos uno de esa inmensa muchedumbre anónima que ve y calla por cobardía, por inconsciencia, por una falsa amistad, por servilismo, por medrar… Yo me atrevería a colocarme en el primer grupo o entre la multitud, en el segundo ya no. No obstante, dejemos que sea el propio Jesús quien nos juzgue, que siempre lo hará con misericordia. Y en último término, dejémonos rescatar por el Señor, quien nos encaminará por la buena senda.

viernes 30 de octubre de 2009

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

NO ERAN COMO LOS DEMÁS
SAN MATEO 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó y se acercaron los discípulos; y él se puso a hablar, enseñándolos:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos lo que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

COMENTARIO
Hoy celebramos la fiesta de tantas personas anónimas que han vivido con un inmenso deseo de paz, de vida en plenitud, de justicia, de misericordia, de sinceridad, de limpieza de corazón… Hoy es su fiesta, porque han mantenido siempre la ilusión de un mundo mejor, aun no habiéndolo visto realizado en vida. Son santos anónimos, que no están en las hornacinas de los retablos de nuestras catedrales, iglesias ni ermitas; porque para sus contemporáneos no destacaron en nada, no fueron dignos de honores, resultaba caro subirles a los altares; ni se les citó nunca en sermones, homilías ni discursos: sencillamente pasaron inadvertidos por este mundo y llegaron en ‘pateras’ al cielo, donde ciertamente les esperaba Dios Padre. Son aquellos que pasaron en silencio, por temor a molestar; pero que nunca dejaron de hacer todo el bien que pudieron y soñaron con un mundo nuevo, con el proyecto del Reino escondido en los textos del Evangelio.
Sobre ellos no se han escrito biografías enfervorizadas, y de la inmensa mayoría no ha quedado ni el nombre como recuerdo de su paso por nuestro mundo. Eso sí, sabemos que fueron pacíficos y pacificadores; hambrientos por dar de comer a otros, con frecuencia menos necesitados que ellos; compasivos y misericordiosos hasta con los que los odiaron o se burlaron de ellos; fueron siempre con la verdad por delante; honrados, a pesar de vivir entre fraudes y engaños constantes; enjugaron las lágrimas de los que no encontraban consuelo; estuvieron siempre del lado del pobre, del oprimido, del explotado y expoliado. Su descanso fue hacer el bien incansablemente, sin distinción de credo, raza ni condición. Y por todo ello fueron silenciados, perseguidos y con frecuencia encarcelados y ejecutados: porque no eran como los demás.
Hoy celebramos su fiesta y los llevaremos siempre en nuestro recuerdo, como modelos de vida y santidad; aun cuando no los hemos conocido; Sin embargo, existieron y dejaron sus huellas indelebles. ¡Caminemos por ellas!

miércoles 21 de octubre de 2009

DOMINGO XXX ORDINARIO - cilco B

SEAMOS CIEGOS QUE RECONOCEN SU CEGUERA
SAN MARCOS 10, 46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
-Hijo de David, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
-Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
- Llamadlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
- Ánimo, levántate, que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:
- ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
- Maestro que pueda ver.
Jesús le dijo:
- Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

COMENTARIO
San Marcos insinúa que son muchos los ciegos que no sienten necesidad de ver porque desconocen que exista la luz más allá de su ceguera. Jesús ha pasado por Jericó y tan sólo un grupo, de entre los numerosos habitantes de la urbe, advierte que un personaje de excepción pasa por aquella gran ciudad. Este grupo de curiosos, que le observa de cerca, oye sus palabras y está atento a ver si el Maestro realiza alguno de aquellos signos milagrosos de los que sin duda han oído hablar. Únicamente uno al borde del camino aprecia su presencia en todo lo que vale, precisamente uno que no ve y que reconoce su ceguera. La inmensa mayoría de los que van alrededor de Jesús y los que quedan en Jericó son también ciegos, porque no reconocen al Señor, pero a diferencia del ciego, no admiten tampoco su ceguera -doblemente ciegos-, y por ello seguirán en la oscuridad tras el paso del Señor.
Sin duda que san Marcos quiere hacer entender a sus lectores que el Señor pasa cada día por nuestras vidas. Es importante situarse al borde del camino, al margen de los que ya se consideran perfectos, reconociendo que no podemos caminar sin su ayuda, porque no vemos por dónde ir ni sabemos hacia dónde caminar. Además es necesario estar atentos al paso del que nos puede devolver la vista y seguros de que el Señor detendrá su paso ante nuestro grito de auxilio. Luego se necesita reiteración y constancia en la súplica: Dios Padre se complace en la insistencia de nuestras peticiones; no hay que dejarse vencer por el cansancio. La Biblia nos muestra multitud de casos en que Yahvé se hace de rogar y se lamenta de la poca paciencia y constancia de su pueblo. Jesús, buen conocedor de las Sagradas Escrituras y que habla en la intimidad de la oración con el Padre, nos anima a orar sin desfallecer, porque el Señor no dará largas a nuestras peticiones.
En resumen, el Señor no puede perdonar nuestro pecado si no nos reconocemos pecadores, situándonos al borde del camino y no entre la multitud de los que se creen justos; porque si no reconocemos nuestros pecados, ¿de qué le vamos a pedir perdón al Señor? ¡Somos ciegos y esperamos confiadamente sin desfallecer en ser liberados de nuestra ceguera por quien tiene el poder sobre las tinieblas!

jueves 15 de octubre de 2009

DOMINGO XXIX ORDINARIO - ciclo B

LA PALABRA ES LA LUZ QUE ILUMINA A TODOS
SAN MARCOS 10, 35-45
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo,
Santiago y Juan, y le dijeron.
- Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.
Les preguntó:
- ¿Qué queréis que haga por vosotros?
Contestaron:
- Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús replicó:
- No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber o de bautizaros con el bautismo que yo me voy a bautizar?
Contestaron:
- Lo somos.
Jesús les dijo:
- El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizareis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo; está ya reservado.
Los otros diez al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reuniéndoles, les dijo:
- Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes les oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

COMENTARIO
¿No se habrá equivocado Jesús cuando escogió a los doce para que continuaran la tarea del Reino que Él estaba iniciando? Desde luego, que si el propio Jesús no se lo había planteado hasta que le sucede este pasaje del evangelio con ellos, es muy probable que a partir de aquí se lo planteara alguna vez. Se trata de un grupo que busca ascender, ocupar los primeros puestos en ese hipotético reino, que tanto les está entusiasmando y que ven cercano; incluso les hay hasta demasiado atrevidos y se adelantan al resto del grupo, pidiendo sin disimulo y con total descaro que quieren situarse a la derecha e izquierda del que, indiscutiblemente, será el Rey. Ciertamente que no hay diferencia entre el comportamiento humano en la época de Jesús y la nuestra: la ambición, el deseo de poder y dominio es tan actual entonces como hoy.
Sin embargo, ‘no ha de ser así entre vosotros’ –remacha con firmeza el Maestro. Entre los constructores del Reino no se rivaliza en estar por encima de los demás. En el Reino, el más importante es el que sirve con más desinterés y generosidad, con más amor. Es decir, hablando con la claridad y espontaneidad de los hijos de Zebedeo, el Papa, los cardenales, los obispos, los sacerdotes no son los primeros en el Reino por ser tales; el más humilde creyente puede adelantarles en el puesto en el Reino. No olvidarse que el Señor también contestó, a los que se creían los primeros ante Yahvé, que los pecadores y las prostitutas le llevaban la delantera.
Quienes tienen confiada la misión de predicar la Palabra les servirá de ayuda el mensaje del evangelio de hoy. Jesús, la Palabra vino a servir y dar su vida en rescate por todos. La Palabra ha de ser siempre Luz que ilumina, esclavo que sirve, regazo que acoge, perdón ofrecido con generosidad… La Palabra no puede ser bronca, despreciativa, irritante, impositiva. En fin, la Palabra es aquella suave brisa que sintió el profeta Elías en su rostro y que identificó con Yahvé; y esta es la Palabra que debe ofrecer el misionero, el enviado, que lo somos todos los creyentes:
Palabra que es esa suave brisa que reconforta y alivia las penas, y da nuevos estímulos para reemprender la ardua tarea.