miércoles, 14 de marzo de 2018

V DOMINGO DE CUARESMA - B

SAN JUAN 12, 20-33
Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo, se guardará para la vida eterna.
Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de la salvación eterna (Hb. 5, 7-9).

COMENTARIO

El autor de la Carta a los Hebreos es consciente de que al Hijo de Dios le costó sudor de sangre y lágrimas (en el huerto de los olivos) el obedecer, el aceptar la voluntad del Padre; sin embargo, aceptó y fue causa de vida eterna para todos los que creen en él.
Bien, aquí tenemos todo un modelo a seguir en nuestro caminar como cristianos, como discípulos del Jesús ¿Somos capaces de aceptar que para dar vida hay que morir primero, como el grano de trigo? ¿Aceptamos la voluntad de Dios sobre nosotros aunque nos resistamos a entender, o no le comprendamos en absoluto? ¿Asimilamos la enseñanza que nos transmite la propia naturaleza: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…?».
Reconozco que es muy difícil asumir que primero es la muerte y luego es la vida. El mundo de bienestar en el que vivimos no lo entiende así: primero es gozar de un nivel de vida lo más confortable posible, aun a costa de lo que sea y de quien sea. De aquí encuentra justificación el aborto, la devastación de nuestro planeta, el ignorar a millones de seres humanos del tercer y cuarto mundo…
Las lecciones de vida que nos presenta nuestro planeta son fáciles de comprender y no admiten discusión: solo muriendo en tierra se engendra vida. Lo mismo el hombre: solo entregando la propia vida se multiplica la vida y, por tanto, se vive para siempre. Así parece desprenderse también del texto evangélico de este día.
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miércoles, 7 de marzo de 2018

IV CUARESMA - B

Jn 3, 14- 21
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

COMENTARIO

A san Juan le impresionó extraordinariamente esta frase de Jesús, y la transmitió con tal fuerza de convicción que quedó profundamente grabada como sentencia lapidaria en las primeras comunidades cristianas: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». ¿Quién de nosotros entregaría a su único hijo por algo o alguien? ¿Es posible que seamos tan importantes para Dios que él decida rescatarnos para sí entregando a su único hijo? Así lo creía san Juan y así es.
Está claro que Dios es amor sin límites, sin que en él quede el mínimo espacio para el rencor. En nosotros descubrimos, con relativa frecuencia, resquicios, huecos vacíos de amor; y la falta de amor se llama rencor, no tiene otro nombre. De aquí debemos deducir, con san Juan, que Dios no nos condena; nos condenamos nosotros mismos que nos empecinamos en mantener el rescoldo de nuestros rencores en nuestro interior. Ante Dios Padre no podemos presentarnos con rincones vacíos de amor, porque Dios es todo amor y perdón, y en su presencia solo puede haber amor.
La Cuaresma es buen tiempo para descubrir esos grandes y pequeños rescoldos de rencor y extinguirlos practicando el perdón y la misericordia. Creo que es esto lo que Dios Padre espera de nosotros en este tiempo cuaresmal.
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miércoles, 28 de febrero de 2018

III CUARESMA

JUAN 2, 13- 25
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:
- Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

COMENTARIO:

Difícilmente un pintor conseguiría reflejar en un lienzo la fuerza interior que movió a Jesús a arremeter contra los cambistas y vendedores en el Templo. ¡Es imposible plasmar, en toda su grandeza, el impulso del Espíritu en el interior del Hijo del Hombre! Sin embargo, la imagen le impresionó de tal manera a Juan que la plasmó en el evangelio. Y tal fue el impacto en las autoridades de Jerusalén que desde entonces decidieron la muerte de Jesús. ¿Qué le impulsó a Jesús a actuar así? ¿Qué vio en la Casa de su Padre que le indignó tanto? Al fin y al cabo, aquella pobre gente no hacía nada ilegal, es más favorecía el cumplimiento de las ofrendas rituales.
Ahora volvamos la vista a nuestro siglo. Necesitamos que el Espíritu mueva el interior de muchos creyentes para irrumpir en nuestros templos interrogándonos con fuerza divina: ¿Qué estáis haciendo con la Iglesia? ¿Qué estáis haciendo con vosotros mismos, pues sois templos del Espíritu? ¿Es este el culto que Dios Padre quiere de vosotros? ¿Hay conexión entre el culto que me ofrecéis y vuestra vida fuera del templo? ¿Vuestras acciones son acordes con las palabras que me dirigís en el templo cada domingo? Si conseguimos dar respuesta satisfactoria a estas preguntas y emprendemos un camino de conversión, hemos dado sentido a nuestra Cuaresma.
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miércoles, 21 de febrero de 2018

II DOMINGO DE CUARESMA - B

Mc.9, 2-10
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les apareció Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
- Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
- Este es mi hijo amado; escuchadlo.

COMENTARIO:

Las grandes manifestaciones de Dios a los hombres suelen acontecer en la cumbre de los montes. Así Yahvé se manifiesta a Moisés y al pueblo de Israel en el monte Sinaí. Yahvé también se manifiesta a Abrahán en el monte Moria y al profeta Elías en el Horeb. Los grandes mensajes de Jesús a la multitud también suceden en la ladera del monte o en la barca de Pedro a la orilla del lago de Galilea.
Hoy Marcos nos recuerda esa manifestación de Dios a un grupo reducido –Pedro, Santiago y Juan- los apóstoles que la comunidad creyente tiene por los más representativos del grupo de los doce apóstoles. Algo importante nos quiere comunicar el evangelista Marcos: en el monte Tabor podemos contemplar a Dios en el máximo esplendor de su gloria, hasta donde el hombre es capaz de comprender.
En primer lugar, san Marcos nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es quien nos refleja con mayor claridad la grandeza de Dios. Jesús es la imagen más perfecta de Dios que podemos llegar a captar. Por lo tanto, la conclusión a la que llega san Marcos al final de su relato es evidente: «Este es mi hijo amado; escuchadlo».
San Marcos encuentra, en la blancura de las vestiduras, la mejor imagen para representar el rostro de lo divino reflejado en la humanidad. La visión de la blancura divina deslumbra y atrae irresistiblemente: «Qué bien se está aquí» -dice Pedro. Todos los que somos hijos de Dios por el bautismo escondemos este misterio luminoso de blancura en nuestro interior. Nuestra tarea de cada día ha de ser transfigurarnos, traslucir esa maravilla interior. Esto lo podemos hacer sirviendo a los demás, en especial a los más menesterosos. Así la gente nos verá de un blanco deslumbrante y se sentirán imperiosamente atraídos por nuestra forma de vivir; y Dios Padre podrá presentarnos como hijos suyos al mundo que aún no cree o no ha tenido ocasión de conocerlo aún.
Junto a Jesús aparecen otros dos personajes del Antiguo Testamento –Moisés y Elías- conversando con él. San Marcos nos recuerda así que también los profetas del pasado nos han revelado la grandeza de Dios y que todo lo que ellos dijeron del Mesías esperado por el pueblo de Israel se cumple en Jesús. Los grandes pintores de la cristiandad no han tenido dificultad en entender el mensaje de san Marcos y así nos presentan a un Jesús resplandeciente de gloria y, a su lado, los dos personajes bíblicos iluminados por la luz que irradian las vestiduras de Jesús.
En la invitación final de Marcos, «Este es mi hijo amado; escuchadlo», nos dice que a partir de ahora es a Jesús a quien debemos escuchar y seguir. Los profetas nos hablaban de Dios veladamente, pero ahora Jesús nos revela con claridad al Padre.
Así pues, hemos de fiarnos totalmente de Jesús. El camino de llegar al Padre es el que él nos indica en sus palabras y con sus obras.
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miércoles, 14 de febrero de 2018

I DOMINGO DE CUARESMA

(Mc.1,12-15)
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:- «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

COMENTARIO

La Cuaresma es un tiempo propicio para los inquietos, los impulsivos, los que sienten la necesidad imperiosa de actuar, de evangelizar, porque el tiempo se acaba. En la Cuaresma se nos ofrece un tiempo de reposo, de silencio, de conversión y también de esperanza. El Espíritu del Señor nos impulsa a adentrarnos en el desierto, lugar simbólico de silencio, de desprendimiento. En el desierto todo invita al recogimiento, al adentrarse uno en sí mismo y descubrir los caminos equivocados que hemos podido emprender en nuestra vida, y nos abre la puerta de la conversión, de la rectificación.
Nos dice San Marcos que es el Espíritu el que empuja a Jesús al desierto. Es el Espíritu quien nos mueve, quien nos impulsa en la vida. Esto es importante tenerlo siempre presente para no emprender acciones, por muy necesarias o imprescindibles que nos parezcan, si no es el Espíritu quien nos anima a ello. Esto no es fácil de percibir. Jesús empieza su vida de apostolado tras una larga estancia en el desierto: lugar de soledad, de silencio, de reposo; donde no hay prisa por llegar a ninguna meta, porque el horizonte carece de límites. En el desierto solo hay alimañas, es decir, tentaciones que nos impulsan imperiosamente a salir de allí, porque no hay a quien transmitir el mensaje de salvación que creemos imprescindible predicar. Sin embargo, los tiempos del Espíritu no son nuestros tiempos.
Dejémonos servir por los ángeles y demos tiempo al Espíritu. Sólo así podremos ver algún día la proximidad de la llegada del Reino, para poder gritar a los hombres con plena convicción: ¡Está cerca el reino de Dios!
Si no te dejas conducir por el Espíritu, tu mensaje sonará a mera repetición de palabras oídas pero no encarnadas en ti.
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jueves, 8 de febrero de 2018

VI DOMINGO - B

Marcos 1,40-45 
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
- Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
- Quiero: queda limpio.
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
- No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

COMENTARIO:

San Marcos nos cuenta que Jesús se para ante un leproso que reclama su atención, porque siente compasión por él.
¿Nos paramos ante el enfermo, el anciano que requiere ayuda para cruzar la calle, el indigente que reclama una moneda...? Si no nos detenemos ante situaciones de dolor, soledad, indigencia, súplica… tal vez no tenemos arraigado en nosotros el sentimiento de compasión o lo tenemos oscurecido por nuestro todopoderoso razonamiento.
Hasta en el hombre más malvado anida un profundo sentimiento de compasión que se manifiesta ante la contemplación del sufrimiento de otro ser. Los mismos animales nos dan ejemplo de ello con frecuencia. Sin embargo, a los humanos, el razonamiento debilita frecuentemente este sentimiento de compasión y nos impide actuar con “humanidad”.
Jesús sentía compasión y reaccionaba parándose, consolando, animando y sanando a los enfermos.
«Señor, si quieres, puedes limpiarme» -grita el enfermo de lepra-; y el menor indicio de fe hace posible el prodigio: «Quiero, queda limpio». Y aquel proscrito de la sociedad, se ve integrado de nuevo en ella.
¿Qué ha ocurrido para que se produzca el milagro de la curación? Primero, Jesús infunde confianza y esto hace posible que el leproso se anime a acercarse a él sin temor a ser denunciado. La fama de Jesús se ha extendido por toda Galilea y abre el camino a la fe. Finalmente, un sencillo gesto de fe -«Señor, si quieres, puedes limpiarme»- hace posible el milagro.
Aquí nos presenta Marcos todo un programa de vida para los cristianos: salir al encuentro, pararse, abrir el corazón compasivo que todos llevamos dentro y atender sin límite de tiempo a quien reclama nuestra atención.
¡SEGURO QUE ASÍ LOS CREYENTES SEREMOS UN INTERROGANTE, SIEMPRE ACTUAL Y VIVO, PARA LOS NO CREYENTES!
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jueves, 1 de febrero de 2018

V DOMINGO ORDINARIO - B

LIBRO DE JOB 7, 1-4. 6-7
Job habló diciendo:
«¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los de un jornalero? Como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario.
Mí herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga. Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.
Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no verán más la dicha».

COMENTARIO

Job describe con gran expresividad la dureza de la vida del hombre sobre la tierra. Compara su propia vida a la de un jornalero que trabaja todo el día soportando la crudeza del tiempo y la dureza del trabajo para obtener una mísera recompensa al final de la jornada. Es más, Job es víctima de una enfermedad dolorosa en extremo e incurable: Las horas pasan lentamente y la noche se le hace insoportable. Al sufrimiento corporal se añade el dolor psíquico y espiritual de no sentirse merecedor de semejante desgracia. El final del texto resulta iluminador, pues Job, a pesar de todo, no ha perdido su confianza en Dios, a quien dirige su plegaria llena de fe y esperanza. Siente que Dios es lo único que le queda y a él se confía.
¿Cómo explicar el sentido del dolor inmerecido? ¿Qué respuesta podemos dar al hombre de hoy? ¿Qué hace Dios ante tanto sufrimiento de tanta gente inocente? «Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo nos esconderás tu rostro?» –se queja el buen israelita en el salmo 13.

Tal vez la mejor repuesta sea el silencio. Aparentemente Dios calla, pero Job no deja de invocarle y esperar en él. Y Dios no le defrauda.
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