miércoles, 14 de enero de 2026

II DOMINGO ORDINARIO - A

 Jn 1, 29- 34

            En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

-Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo:

-He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.

 

COMENTARIO:

Los primeros cristianos sabían que el bautizarse solo con agua no era suficiente, que había que bautizarse con Espíritu Santo. Los evangelistas resaltan unánimemente la diferencia entre el bautismo de Juan el Bautista (bautismo con agua) y el bautismo de Jesús (bautismo con Espíritu Santo). El que realmente transforma al hombre es el bautismo de Jesús, el bautismo con Espíritu Santo.

Con frecuencia, los cristianos de hoy olvidamos que hemos sido bautizados con Espíritu Santo. Si somos conscientes de este hecho, podremos aportar los frutos del Espíritu al mundo que nos contempla. Por el bautismo con el Espíritu estamos llamados, según el profeta Isaías, a ser luz de las naciones: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra». Si hemos sido transformados por el Espíritu, debemos dar los frutos propios del Espíritu: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley» (Gal 5, 22-23). El no ser conscientes del don recibido en el día del bautismo trae como consecuencia que los frutos no hayan madurado en la vida de tantos cristianos. Es por ello por lo que vemos tantos buenos cristianos tristes; en ocasiones, violentos, nerviosos, inquietos, ásperos en el trato, tacaños en generosidad, infieles al evangelio, desconfiados, escasos de fe y mirando el futuro sin esperanza. Y el caso es que todos fuimos bautizados en el mismo Espíritu y, desde aquel día, Dios Padre nos miró con la misma ternura a todos. ¿Por qué son tan diversos los frutos en unos y otros si todos estamos preparados para dar los mismos frutos?

Es necesario que hagamos un alto en el camino y retrocedamos, o bien emprendamos una nueva ruta, porque la gracia de Dios, derramada en nuestro bautismo, no se ha borrado en nosotros; Dios Padre sigue llamándonos a ser luz de las naciones: su gracia (amor) ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado (Rm 5, 5) y tenemos la responsabilidad de hacer visibles los frutos del Espíritu recibidos.

Al lado de Jesús, recorriendo con él su vida pública, anunciando la llegada del Reino, encontraremos de nuevo la ruta perdida y daremos los frutos que Dios Padre espera de nosotros. De este modo podremos afirmar con Juan Bautista: «Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». De esto se trata: dar testimonio de nuestra fe una vez que hemos recibido el bautismo y con él, el Espíritu Santo.

El dar testimonio tiene una importancia decisiva en todo el evangelio de Juan y refleja la vivencia de aquella comunidad en la que se escribe este cuarto evangelio. Con ello se nos transmite a las futuras comunidades cristianas la importancia que tiene el «dar testimonio de lo que hemos visto» (Jn 19, 35; 1Jn 1, 2).

A lo largo de los diversos domingos, una vez más, escucharemos las palabras de Jesús y recordaremos sus signos prodigiosos, que manifiestan que Jesús es el Hijo de Dios y que su mensaje de salvación viene de Dios. Seamos, pues un año más testigos del Señor resucitado en medio del mundo.

miércoles, 7 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR - A

 Mt 3, 13- 17


En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirle diciéndole:

- Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y acudes a mí?

Jesús le contestó:

- Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió.

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

- Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.

 

COMENTARIO:

Hoy celebramos el verdadero nacimiento de Jesús. Hoy Jesús ve que el Espíritu desciende sobre él e inunda todo su ser. A partir de este momento toda su predicación del Reino queda llena por esa fuerza de Dios que es el Espíritu.

Hoy se presenta Jesús en sociedad, recibe el espaldarazo de Dios Padre. A partir de ahora inicia el anuncio del Reino y corrobora su predicación con los signos prodigiosos que encontramos en el texto evangélico. El propio Padre inicia estos prodigios: aparece el Espíritu en forma de paloma y se oye la voz del Padre: «Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».

¿Cómo espera tantos años el Padre para que su hijo comience a evangelizar? Una pregunta que deben hacerse todos los que por su ministerio tienen el trabajo de evangelizar, y también todos los creyentes, pues estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. Las prisas nunca fueron buenas consejeras, y menos en el terreno de la predicación: Si somos conscientes de que la eficacia de nuestro testimonio y de nuestra palabra dependen de Dios Padre, es posible que demos más importancia a entablar una intimidad con Dios Padre antes que a la propia acción pastoral.

La aceptación humilde de la voluntad de Dios al ser bautizado es premiada con el ensalzamiento de Dios Padre ante los discípulos de Juan el Bautista, que contemplan el hecho prodigioso.

De forma semejante, cada uno de nosotros celebró su verdadero nacimiento el día del bautismo. Ese día el Espíritu inundó nuestra vida y, a partir de entonces nuestras palabras y obras manifiestan la acción de Dios en el mundo; al menos así debería de ser. Sin embargo, Dios Padre respeta nuestra libertad y podemos no reflejar la bondad que Dios Padre ha depositado en nosotros y que su Espíritu nos inspira en nuestro hablar y actuar.

Descubrir el Espíritu dentro de nosotros es lo que Jesús recomienda a Nicodemo en aquel encuentro que este fariseo, maestro de la Ley, tiene con él: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Xn 3, 5).

El día de nuestro bautismo Dios Padre trazó un proyecto sobre cada uno de nosotros y nos comprometimos a llevarlo a cabo. El sí dado a Dios Padre por nuestros padres y padrinos está llamado a ser asumido y madurado por nosotros a lo largo de nuestra vida.

Solo cuando seamos conscientes y hayamos interiorizado el proyecto de Dios sobre nosotros, podremos dar razón de nuestra esperanza, para que realmente sirva de testimonio y otros puedan acercarse a la fe. El gesto de humildad que Jesús hace en presencia de Juan Bautista también lo hacemos nosotros el día de nuestro bautismo y luego crecemos y maduramos en la fe, al tiempo que damos testimonio de lo que somos y de lo que nos comprometimos a vivir.

Descubrir a Dios en mi vida no es difícil, es un don que Dios Padre ya me ha concedido en el día de mi bautismo.

Dios Padre, concédeme la intimidad que tenía tu hijo Jesús contigo y la valentía de manifestarlo a los demás. El mundo espera el testimonio de la vida que llevo dentro de mí desde el día de mi bautismo.