miércoles, 11 de febrero de 2015

VI DOMINGO ORDINARIO - B

LIBRO DEL LEVÍTICO 13, 1-2.44-46
El Señor dijo a Moisés y a Aarón:
– «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.
El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡impuro, impuro! Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».

COMENTARIO

Este pasaje del Levítico nos presenta la enfermedad como uno de los obstáculos que impedían al hombre relacionarse con Dios; al tratarse de una enfermedad tan grave, prácticamente incurable en el mundo de entonces, la posibilidad de que el buen israelita pudiera acercarse a la presencia de Yahvé era mínima, salvo en caso de curación.
Si bien este pasaje cobra su sentido en el contexto del texto evangélico que escuchamos en este domingo. Jesús reabre el camino de la relación con Yahvé, la enfermedad ya no será un impedimento para ponerse en contacto con Dios: Dios es Padre; que abre su amor a todos sus hijos, y más en especial a los más enfermos y pecadores. Nadie puede quedar excluido de su amor. La curación de Jesús de la enfermedad, el perdón de los pecadores es apertura de la puerta que da acceso a Dios Padre. El enfermo y el pecador se sienten liberados más que de la enfermedad o del pecado, de la atadura, trenzada por la sociedad religiosa de todos los tiempos, y que imposibilita toda relación afectuosa con Dios.
Pensemos: ¿No estamos poblando nuestro mundo de ataduras similares a las de la lepra, apropiándonos del cariño de Dios Padre en exclusiva? Los pastores están llamados a romper las ataduras que impiden a tantos hijos de Dios sentirse amados con predilección por Dios Padre.
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