miércoles, 1 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN - A

 Juan 20, 1-9


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

MARÍA MAGDALENA VIO Y CREYÓ

¿Qué vio María Magdalena al llegar al lugar donde habían sepultado a Jesús? Lo mismo que vieron Pedro y Juan. Referido a Juan, el texto evangélico dice: «Vio y creyó». Esto mismo les sucede a Pedro y a María Magdalena: vieron y creyeron.

A lo largo de la mañana de aquel viernes los discípulos de Jesús, ante el curso que iban tomando los acontecimientos, desaparecen de la escena pública: son conscientes de que, si al Maestro le condenan, no tardarán en ir a por ellos también y les tocará la misma suerte que a Jesús. Tan solo se nos dice de algunas mujeres, que le habían seguido durante su vida pública, que se mantenían a distancia –la que se permitía ante un crucificado–; ellas, por ser mujeres no corren el mismo peligro que los hombres. ¿Dónde fueron los discípulos? Todas aquellas hermosas vivencias alrededor de Jesús se han terminado –así lo reconocen los discípulos camino de Emaús–.

¿Qué sucede la mañana de resurrección? ¿Por qué María Magdalena va al sepulcro? ¿Qué le mueve a ella para acercarse al sitio donde han sepultado a Jesús? ¿Tal vez el recuerdo tan impactante que ha tenido aquel hombre en su vida y que aún permanece fresco en ella? El caso es que María llega al sepulcro y se lo encuentra con la losa de entrada movida y la tumba vacía. En la tumba no está la vida que ella guarda en su recuerdo; en los sepulcros, en los cementerios no hay vida.

Y es aquí donde cae en la cuenta de que el Jesús, que ella guarda vivo en su recuerdo, no puede estar ahí, está dentro de ella y ya no necesitará ir al sepulcro a encontrarse con él: el Jesús biológico ya no existe; Jesús vive y vive de otra manera, en otras dimensiones que se nos escapan a nuestra comprensión; las vivencias que se mantienen en su recuerdo son la puerta que le lleva a la fe.

Algo similar les sucede a Pedro y a Juan: van buscando al Jesús biológico, al mesías que esperaban muchos israelitas, y se encuentran con el Jesús vivo. En ellos también afloran las vivencias que les encaminan a la fe.

San Pablo nos advierte en la carta a los colosenses: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba». San Pablo ya no dice Jesús, sino Cristo: Jesús es la vida terrena, Cristo es la Vida en Dios Padre.

¿Cuándo y cómo alcanza Jesús la Vida que le configura como el Cristo? Ciertamente ya antes de morir biológicamente: al entregar su vida totalmente por todos. Por ello no nos debe preocupar el perder la vida temporal, sino alcanzar la Vida eterna, siguiendo el camino de entrega de Jesús.

A muchos otros discípulos seguramente se les manifestó Jesús como Cristo, pero no aceptaron esta nueva vida de entrega total, que es la vida a la que debemos aspirar; siguen buscando al Jesús biológico, al mesías que esperaban tantos judíos.

Que María Magdalena nos ayude en nuestro camino de fe a descubrir al Cristo Vivo en nosotros.

miércoles, 18 de marzo de 2026

V DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 11, 1-45


En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro.

Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:

- Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús, al oírlo, dijo:

- Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos:

- Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le replican:

- Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?

Jesús contestó:

- ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque le falta la luz.

Dicho esto, añadió:

- Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.

Entonces le dijeron sus discípulos:

- Señor, si duerme, se salvará.

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les replicó claramente:

- Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

- Vamos también nosotros, y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:

- Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo:

- Tu hermano resucitará.

Marta respondió:

- Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dice:

- Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

¿Crees esto?

Ella le contestó:

- Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

- El Maestro está ahí, y te llama.

Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

- Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: - ¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron:

- Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

- ¡Cómo lo quería!

Pero algunos dijeron:

- Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?

Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa).

Dijo Jesús:

- Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

- Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús le dijo:

- ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

- Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.

Y dicho esto, gritó con voz potente:

- Lázaro, ven afuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

- Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

COMENTARIO:

 

«El que amas está enfermo». José María Rilke lo expresó de una forma poética:

Caen las hojas
Caen como de lejos
Caen como si se marchitasen lejanos jardines en los cielos.
Caen con ademanes que parece que todo lo niegan....
Todos nosotros caemos...
Y sin embargo, hay uno que 
con infinito cuidado
sostiene ese caer en sus manos.

 

La impotencia e incertidumbre ante la muerte es la losa que nos impide ver más allá de esta vida, y persiste en el hombre esa rebeldía contra la muerte. ¿Quién nos moverá la losa? –se dicen las mujeres camino del sepulcro del Señor. Es la eterna pregunta sin respuesta; solo desde la fe sabemos que el Señor tiene el poder para mover esa losa y permitirnos vislumbrar algo nuevo a través de la puerta entreabierta de la casa del Padre.

Esto es lo que busca san Juan con su relato: animar la fe de su comunidad y de todas las comunidades cristianas. El Señor resucitado tiene el poder sobre la muerte. Por otra parte, el hombre se resiste a entregar la vida. Se agarra a los avances de la medicina para prolongar lo más posible la vida, pero con escaso éxito, porque siempre hay una última enfermedad que nos la arrebata. El Señor es el único médico que nos hermosea definitivamente la vida que el Padre nos entregó para disfrutar en esta tierra, y le da plenitud.

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Esta misma pregunta nos plantea hoy Jesús a los hombres de nuestro siglo. En la respuesta afirmativa se encuentra la puerta que da acceso a la vida definitiva. El Señor nos pide fiarnos de él. Podemos inútilmente seguir agarrándonos a los múltiples cordones umbilicales que nos presenta la ciencia del hombre, pero nada ni nadie impide la continua e imparable caída, como las hojas de los árboles, en el otoño de la vida.

«Y, sin embargo, hay uno que con infinito cuidado sostiene ese caer en sus manos»: Es el Señor resucitado.

Quienes nos precedieron, hombres y mujeres de fe, se enfrentaron a este momento del paso hacia la vida definitiva y nos dejaron mensajes de esperanza. Nuestro poeta José Luis Martín Descalzo, hombre de fe recia, nos dejó este hermoso poema, lleno de confianza en su libro Testamento del pájaro solitario:

 

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto buscaba.

[…] Tener la paz, la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la noche-luz tras tanta noche oscura.