miércoles, 4 de noviembre de 2026

XXXII DOINGO ORDINARIO - A

 Mateo 25,1-13


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.

Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.

Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.

Pero las sensatas contestaron: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.
Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: Señor, señor, ábrenos.

Pero él respondió: Os lo aseguro: no os conozco.

Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

 

COMENTARIO

San Mateo imagina la fe, aún incipiente en las comunidades cristianas de su época, como una débil llama de una lámpara encendida. La lámpara, que es cada creyente, la imagina de barro; por lo tanto, es frágil y fácilmente puede hacerse añicos al menor golpe. Probablemente escuchó la parábola al propio Jesús y en ese momento la creyó oportuna para su comunidad de creyentes.

El caso es que nuestra fe, la de los creyentes del siglo XXI es esa llama tenue, que necesita avivarse constantemente para dar luz; y los cristianos de hoy también somos frágiles como los cacharros de arcilla, que con facilidad pueden quebrar.

Hoy puede ser un buen día para meditar en nosotros mismos, revisar y avivar la llama de nuestra fe. Los cristianos de la época de san Mateo consideraban larga la espera de la segunda venida del Señor. Qué larga se hace la vida al cristiano que vive con tristeza su fe, es decir sin ocuparse jamás de alimentarla con la escucha de la palabra de Dios, con la recepción de los sacramentos; en cambio, qué corta se le hace al que la vive con gozo. Para vivir la fe con alegría es necesario llevar alcuzas cargadas de aceite: la oración, la meditación de la palabra de Dios, la participación en los sacramentos y las buenas obras.

Vivimos en un mundo de prisas, de resultados inmediatos, de acción pronta y eficaz. A las empresas se les exige rapidez y calidad; a los deportistas, batir nuevas marcas; a la tecnología del espacio, superar la velocidad de la luz… La espera se nos antoja ya anticuada, no es propia del mundo de la informática, de internet, de la telefonía móvil. La fe, comenzamos a pensar, es de otra época: o bien se adapta a nuestro mundo, o está llamada a desaparecer por inservible.

Hoy más que nunca, necesitamos de los monasterios de vida contemplativa, en los que el reloj del mundo parece haberse parado. Necesitamos nuevos samaritanos, como el que encontramos en el evangelio de Lucas, que caminen sin prisas por nuestras calles y caminos, deteniéndose ante el necesitado. Necesitamos más Teresas de Calcuta, que aparquen el coche en el arcén de la carretera, porque hay alguien que les necesita y no les importe llegar tarde, o sencillamente no llegar. Cuentan de santa Teresa de Calcuta que, viajando en coche por Méjico a una cita con el obispo del lugar, advirtió la presencia de un necesitado a la orilla de la carretera por donde ella pasaba. Mandó detener el coche, a riesgo de llegar tarde o sencillamente no llegar a la cita, para interesarse por aquel enfermo. Lo atendió y siguió su camino.

Algo parecido a nosotros les debía estar pasando a las comunidades de cristianos de los tiempos de san Mateo. Ya entonces comenzaban las prisas y se les hacía larga la espera por el retorno de Jesús. El mismo san Pablo tendrá que recomendar a aquellos buenos cristianos que se pusieran a trabajar, que el Señor se tomaba las cosas con más calma que nosotros.

De todos modos, los creyentes necesitamos recuperar la serenidad, alimentar nuestra fe y esperar sin desmayar la venida del Señor. El Señor ciertamente vendrá. Que nos encuentre vigilantes: en oración, en la escucha de su palabra y haciendo el bien.

miércoles, 21 de octubre de 2026

XXX DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 22, 34-40


En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

- Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le dijo:

- “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 COMENTARIO:

Jesús es consciente de que Dios Padre emplea variados recursos pedagógicos para conseguir que su pueblo predilecto cumpla la Ley que un día dictó en el Sinaí a Moisés, Ley que se resume en el amor a Dios y al prójimo. Así en el libro del Éxodo el autor sagrado recoge algunos de los medios pedagógicos que Yahvé le dicta: Amarás al forastero, porque forastero fuiste tú en Egipto; te preocuparás del huérfano y de la viuda, porque si ellos se quejan a mí de no ser atendidos, yo los escucharé y te dejaré a ti viudo y huérfano. Así pues, se trata de usar de la misericordia con que uno ha sido tratado antes y del temor a ser tratado con la misma moneda. Y es que el pueblo de Israel era duro de cerviz y lento en superar su actitud vengativa, que llevaba en los genes. Los profetas lo intentaron, pero con escaso o ningún éxito.

Jesús lo vuelve a intentar: Lo importante es el amor; al menos amar a los otros como uno se ama a sí mismo. Se trata de un nuevo paso pedagógico en la superación del estricto cumplimiento de la Ley mosaica. Los textos evangélicos son ricos en invitaciones a amar desinteresadamente, incluso más que a uno mismo, llegando a la entrega de la propia vida a favor de los otros, incluidos los enemigos. El propio Jesús así lo hizo.

Entre el pueblo creyente hay multitud de santos modelo que siguieron el ejemplo del Maestro. Su vida nos estimula en el camino del cumplimiento de la nueva ley del amor, predicada y vivida por el propio Jesús.

Aquí tenemos la síntesis de la ley divina: Amar no solo como nos amamos a nosotros mismos, sino también despreciar la propia vida a favor de quien nos la reclame. Así manifestaremos al mundo que somos verdaderos hijos de Dios.

Con frecuencia la excesiva preocupación de ser fieles a las diversas normas de nuestra religión nos impide poner en práctica la ley del amor. Un exagerado rigorismo nos impide amar. Esto mismo les podía estar pasando a los fariseos, perfectos conocedores de las leyes y posiblemente buenos cumplidores de las mismas. Jesús denuncia este comportamiento erróneo de su tiempo y hoy nos invita a revisar el nuestro, a la luz de sus palabras.