miércoles, 2 de septiembre de 2026

XXIII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 18, 15-20


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo.

Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.


COMENTARIO:

Del texto de san Mateo parece desprenderse que este va dirigido a una pequeña comunidad de creyentes; no obstante, es válido para una gran comunidad e incluso para toda la Iglesia.

Las primeras comunidades cristianas eran grupos reducidos que se reunían cada domingo en casa de uno de ellos para recordar los dichos y hechos de Jesús; al menos así me imagino yo el comienzo del cristianismo y así se desprende del relato de Lucas en los Hechos de los Apóstoles: Escuchaban el relato de los apóstoles, tal vez leían alguna carta enviada a la comunidad, celebraban la Acción de Gracias (Eucaristía) y atendían a las necesidades de los más pobres.

Las manifestaciones masivas de fe, las celebraciones multitudinarias están bien como broche a una vivencia personal o de pequeño grupo; pero no es ese el cristianismo que renovará el mundo, que extenderá la fe por los diversos rincones de la tierra. Estos eventos pueden ser un estímulo para seguir adelante en nuestra vivencia del evangelio, pero no mucho más.

El futuro de la Iglesia, del cristianismo tal vez nos lo está retratando hoy san Mateo en el relato evangélico: pequeñas comunidades que viven intensamente su fe y la proyectan en la sociedad en la que viven, transformándola.

Los creyentes tenemos que volver a mirarnos en los primeros tiempos del cristianismo: aquellas comunidades reducidas (reales o utópicas) que nos describen los evangelistas, particularmente san Lucas en los Hechos de los Apóstoles: comunidades con plena autoridad del Señor para perdonar y corregir al hermano, con la eficacia de la plegaria en común ante el Padre y con la presencia constante del Señor hasta el final de los tiempos.

Así pues, no hemos de desanimarnos por ser pocos los que nos reunimos a celebrar la eucaristía o cualquier otro sacramento. En ese pequeño grupo reside la fuerza de la transformación del mundo. Las enormes catedrales, los amplios templos, construidos para albergar grandes multitudes están vacías; lo importante es que la fe vivida en las pequeñas comunidades de creyentes se mantenga siempre. Imaginemos las celebraciones de fe de la Iglesia del futuro en pequeñas asambleas familiares. Bastan dos o tres reunidos en el nombre del Señor, para ser escuchados por Dios Padre –asegura san Mateo.

Sin duda, que la fe de nuestros cristianos necesita de un proceso de purificación y renovación. ¿Habrá que volver al inicio del cristianismo?

miércoles, 26 de agosto de 2026

XXII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 16- 21- 27


En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

- ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

- Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

COMENTARIO

La tentación de abandonar, de dejar de creer, de no complicarnos la vida es una tentación que se nos presenta de vez en cuando. ¡Quién no se sintió abandonado, no reconocido, ridiculizado, olvidado incluso de Dios alguna vez?

Pues bien, esta es la tentación que le quema por dentro al profeta Jeremías. Siente ganas de dejarlo todo, de abandonar su vocación de profeta de Yahvé. Ninguno le hace caso. Su palabra es voz que clama en el desierto sin que nadie le preste atención. Se siente fracasado en su misión de profeta, de enviado. Experimenta la sensación de ser un inútil, de no acertar con lo que Dios le pide. La ineficacia de su palabra es absoluta. Por todo eso, piensa en abandonar, olvidarse de Dios y de su mandato. «No hablará más de él ni en su nombre». Pero es precisamente en ese momento cuando advierte que es imposible olvidar a su Dios, porque su palabra –la del profeta–, esa que Yahvé metió en sus entrañas es fuego que le abrasa por dentro y le impele a echarla fuera de sí. Jeremías no puede dejar de predicar la palabra de Dios. Emplea el idioma de dos enamorados: Yahvé le sedujo y el profeta se dejó seducir; el amor a su Dios penetró hasta la médula de sus huesos y ya no es capaz de dejar de amarlo y, por lo mismo, de cumplir la misión de profeta.

De esto va también el mensaje que escuchamos en la segunda lectura de este domingo. San Pablo exhorta a los romanos para que ofrezcan a Dios el culto verdadero, auténtico, que consiste en ofrecerse totalmente a Dios: hacer lo que le agrada a Dios, conformarse a su voluntad; y todo esto no porque Dios obtenga un beneficio, sino porque es el camino de nuestra felicidad.

Si la fe recibida en el bautismo todavía brilla como una débil llama en nosotros, busquemos siempre la voluntad de Dios, que sentiremos en nuestro interior como una llama irresistible, de igual modo que el profeta Jeremías. Que sea nuestra plegaria la del salmista: Dios mío, Dios mío, tú eres mi Dios y por ti madrugo, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, sedienta, sin agua (Sal 62).

La escena que ofrece el evangelista Mateo en este domingo nos presenta a un Pedro que se rebela contra los planes de Dios. Podríamos decir que su fe todavía está en proceso de maduración: es una fe infantil, de niño, que ante las primeras dificultades abandona. A pesar de esta imagen de Pedro, sabemos que el Señor le elegirá precisamente a él como el guía de todos los creyentes, y ciertamente que no le decepcionará, pues morirá dando testimonio de su fe.

«Si alguien quiere venir conmigo, reniegue de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien la pierda por mí, la encontrará». Esta es la invitación que el Señor nos hace también hoy a nosotros. Si queremos alcanzar la felicidad, el camino es la cruz.

La eucaristía que celebramos nos habla de todo esto: Jesús acepta la voluntad de su Padre Dios; recordamos y celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Dejémonos seducir por el Señor, como el profeta Jeremías por su Dios o Pedro por Jesús. Porque –nos razona el evangelista Mateo–: ¿De qué nos sirve ganar el mundo si al final nos perdemos a nosotros mismos?

Recemos con el salmo de la eucaristía de hoy: «Tu misericordia, Señor, es más preciosa que la vida, por eso te alaban mis labios. Toda mi vida te bendeciré y mis labios te alabarán jubilosos» (Sal 62).