miércoles, 15 de julio de 2026

XVI DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 13, 24-43


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:

- El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”.

Les propuso esta otra parábola:

- El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola:

- El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo".

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:

- Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

Él les contestó:

- El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

 

Mt 13, 24-43

Les dijo otra parábola:

-El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.

 

COMENTARIO

 San Mateo destaca como un buen catequista dentro de su comunidad cristiana en la que vive. Como buen catequista, recoge las imágenes de las que Jesús se sirve para transmitir su enseñanza a aquella gente sencilla que le escucha entusiasmada. En el texto evangélico de hoy hay varias imágenes muy ilustrativas: la cizaña, la semilla más pequeña que crece y se convierte en un gran arbusto que da cobijo a los pájaros; el grano de trigo, que germina y da fruto si cae en tierra fértil; y la cizaña, que siembra el maligno para mermar la cosecha que espera el labrador. Todas estas imágenes ilustran lo que es el comienzo del Reino y su posterior desarrollo, el proyecto que Jesús lleva en su mente.

Recuerdo, siendo muy niño en mi pueblo, la imagen que nos ofrece Jesús hoy de la levadura que hace fermentar toda la masa del pan. Cada quince días se preparaba la masa de harina y agua. Se mezclaba bien y al final se introducía en ella una pequeña cantidad de masa (la levadura), que se había guardado cuidadosamente la última vez que se había hecho el pan. Reposaba toda la noche y a la mañana siguiente ya había hecho su efecto, sin que yo supiera cómo, porque no veía exteriormente ningún cambio. De aquella masa se guardaba una pequeña cantidad para la próxima elaboración del pan.

Jesús recordaba esta escena, observada en multitud de ocasiones, y sabía que la gente comprendía fácilmente la enseñanza y se les quedaba grabada, como le sucedió a san Mateo.

La levadura, una pequeña cantidad, fermenta toda la masa de agua y harina mezcladas previamente y de ahí sale el sabroso pan y las aromáticas pastas.

Así es como imaginaba Jesús la extensión del Reino. Un pequeño grupo de entusiastas del proyecto de Jesús, el testimonio de un pequeño grupo es capaz de contagiar al resto. A Jesús no le preocupa el número de los que creen en él, sino que ofrezcan su testimonio de vida entregada a los demás, de modo especial a los más desfavorecidos, de los que nadie se ocupa.

A nosotros, el pequeño grupo que acudimos cada domingo a participar en la eucaristía, en la memoria de la Última Cena de Jesús con el grupo de sus más cercanos discípulos, tampoco nos debe preocupar el hecho de que seamos tan pocos; lo importante es nuestro testimonio, que seamos levadura en medio de la gran masa, es decir, testimonio de fe del Resucitado. Si llevamos una vida concorde con el evangelio, la levadura que somos se va infiltrando poco a poco en la gran masa de la humanidad. ¡Seamos, pues, testigos del evangelio!

miércoles, 8 de julio de 2026

XV DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 13, 1-23


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

- Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-¿Por qué les hablas en parábolas?

Él les contestó:

-A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure." ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

 

COMENTARIO:

El profeta Isaías asegura que la palabra de Dios, una vez pronunciada, no retorna a él sin antes haber cumplido su voluntad. Si esto es así, ¿De quién depende que la palabra de Dios no dé el fruto esperado? El problema radica en el hombre, quien la acoge o la rechaza.

Dios Padre siembra su palabra de salvación cada día en nuestro corazón. Sin embargo, de la parábola de Jesús se desprende que solo los sencillos, los que la aceptan venida de Dios consiguen que dé el fruto del ciento por uno. Hay quienes ponen infinidad de obstáculos a la gracia de Dios que reciben cada día, y por ello la semilla no germina ni puede desarrollarse para dar el fruto esperado.

Para que hoy dé fruto en nosotros la semilla de Dios Padre, no hemos de dedicar nuestro tiempo a imaginar la escena de las autoridades de Israel rechazando la palabra de Jesús. Esto es evadirse del problema y haría que despreciáramos la gracia de Dios que a cada momento nos llueve del cielo. Por el contrario, debemos ir por la vida atentos a esa lluvia de gracias que nos vienen: ese pobre que nos pide limosna, ese vecino que pasa por un mal momento, ese compañero de trabajo al que niego el saludo desde hace tiempo y me encuentro con él cada día, esa iglesia abierta que me ofrece la posibilidad de parar unos minutos en mi camino y pasar a hacer un momento de oración, esa anciana que camina a duras penas con el carro de la compra, ese enfermo que agradecería un rato de compañía… Todas son semillas de salvación que Dios Padre siembra en nuestro terreno y que no siempre encuentra preparado para que el fruto pueda ser exuberante.

La semilla es excelente, nos lo ha dicho el profeta Isaías en nombre del Sembrador. ¿Por qué no da apenas fruto? Será bueno que dediquemos un tiempo a meditarlo; nos hará bien.

Los fariseos, cuando iban a escuchar a Jesús, estaban al acecho para ver si lo cogían en algún error para poderlo denunciar ante las autoridades. Otros escuchaban porque les encantaba su forma de hablar tan elocuente y sencilla, o simplemente porque infundía serenidad y paz. El pueblo sencillo e inculto le escuchaba con gusto porque lo entendían, se sentían animados a vivir y les resultaba cercano y atento con cada uno -nadie se sentía ni más ni menos importante que los demás. Estos últimos eran el terreno adecuado para sembrar la palabra. Luego, no daba el mismo fruto en todos, porque no todos la ponían en práctica.

Vea cada uno de nosotros cuál es su actitud al escuchar o leer la palabra de Dios. ¿Qué buscamos en ella? ¿Escuchamos para poder criticar al papa, a los obispos, sacerdotes, catequistas, porque dicen y luego ellos no cumplen? ¿Escuchamos porque el predicador nos agrada? ¿Escuchamos esperando que sea breve y acabe pronto?

Según sea nuestra actitud así será el fruto que produzca en nosotros la semilla de la palabra de Dios.