miércoles, 18 de marzo de 2026

V DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 11, 1-45


En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro.

Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:

- Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús, al oírlo, dijo:

- Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos:

- Vamos otra vez a Judea.

Los discípulos le replican:

- Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?

Jesús contestó:

- ¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque le falta la luz.

Dicho esto, añadió:

- Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.

Entonces le dijeron sus discípulos:

- Señor, si duerme, se salvará.

Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les replicó claramente:

- Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

- Vamos también nosotros, y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:

- Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo:

- Tu hermano resucitará.

Marta respondió:

- Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dice:

- Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

¿Crees esto?

Ella le contestó:

- Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

- El Maestro está ahí, y te llama.

Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

- Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: - ¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron:

- Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

- ¡Cómo lo quería!

Pero algunos dijeron:

- Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?

Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa).

Dijo Jesús:

- Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

- Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús le dijo:

- ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

- Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.

Y dicho esto, gritó con voz potente:

- Lázaro, ven afuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

- Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

COMENTARIO:

 

«El que amas está enfermo». José María Rilke lo expresó de una forma poética:

Caen las hojas
Caen como de lejos
Caen como si se marchitasen lejanos jardines en los cielos.
Caen con ademanes que parece que todo lo niegan....
Todos nosotros caemos...
Y sin embargo, hay uno que 
con infinito cuidado
sostiene ese caer en sus manos.

 

La impotencia e incertidumbre ante la muerte es la losa que nos impide ver más allá de esta vida, y persiste en el hombre esa rebeldía contra la muerte. ¿Quién nos moverá la losa? –se dicen las mujeres camino del sepulcro del Señor. Es la eterna pregunta sin respuesta; solo desde la fe sabemos que el Señor tiene el poder para mover esa losa y permitirnos vislumbrar algo nuevo a través de la puerta entreabierta de la casa del Padre.

Esto es lo que busca san Juan con su relato: animar la fe de su comunidad y de todas las comunidades cristianas. El Señor resucitado tiene el poder sobre la muerte. Por otra parte, el hombre se resiste a entregar la vida. Se agarra a los avances de la medicina para prolongar lo más posible la vida, pero con escaso éxito, porque siempre hay una última enfermedad que nos la arrebata. El Señor es el único médico que nos hermosea definitivamente la vida que el Padre nos entregó para disfrutar en esta tierra, y le da plenitud.

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Esta misma pregunta nos plantea hoy Jesús a los hombres de nuestro siglo. En la respuesta afirmativa se encuentra la puerta que da acceso a la vida definitiva. El Señor nos pide fiarnos de él. Podemos inútilmente seguir agarrándonos a los múltiples cordones umbilicales que nos presenta la ciencia del hombre, pero nada ni nadie impide la continua e imparable caída, como las hojas de los árboles, en el otoño de la vida.

«Y, sin embargo, hay uno que con infinito cuidado sostiene ese caer en sus manos»: Es el Señor resucitado.

Quienes nos precedieron, hombres y mujeres de fe, se enfrentaron a este momento del paso hacia la vida definitiva y nos dejaron mensajes de esperanza. Nuestro poeta José Luis Martín Descalzo, hombre de fe recia, nos dejó este hermoso poema, lleno de confianza en su libro Testamento del pájaro solitario:

 

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva

y encontrar lo que tanto buscaba.

[…] Tener la paz, la luz, la casa juntas

y hallar, dejando los dolores lejos,

la noche-luz tras tanta noche oscura.

miércoles, 11 de marzo de 2026

IV DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 9, 1-41


En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron:

- Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:

- Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: Viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:

- Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

- ¿No es ese el que se sentaba a pedir?

Unos decían:

- El mismo.

Otros decían:

- No es él, pero se le parece.

Él respondía:

- Soy yo.

Y le preguntaban:

- ¿Y cómo se te han abierto los ojos?

Él contestó:

- Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver.

Le preguntaron:

- ¿Dónde está él?

Contestó:

- No sé.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.

(Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos).

También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

- Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.

Algunos de los fariseos comentaban:

- Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:

- ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?

Y estaban divididos.

Y volvieron a preguntarle al ciego:

- Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?

Él contestó:

- Que es un profeta.

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:

- ¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego?

¿Cómo es que ahora ve?

Sus padres contestaron:

- Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.

Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.

Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:

- Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.

Contestó él:

- Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.

Le preguntan de nuevo:

- ¿Qué te hizo?, ¿cómo te abrió los ojos?

Les contestó:

- Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?

Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:

- Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.

Replicó él:

- Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento: si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder.

Le replicaron:

- Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

- Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.

Él dijo:

- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Dijo Jesús:

- Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos.

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

 

COMENTARIO

Hemos escuchado un texto evangélico que nos invita a varias reflexiones sirviéndose de la imagen de la luz en contraposición a la ceguera. Aquí se habla de la luz y la ceguera espirituales.

Y de la luz habla san Pablo a los efesios: Sois hijos de la luz –les dice–; en otro tiempo erais hijos de las tinieblas, pero ahora es Cristo la luz que os iluminó y, por tanto, debéis proceder en la vida guiados por esa luz. Este mensaje tiene vigencia para nosotros hoy también. Hemos de abandonar las obras de las tinieblas, es decir, el pecado y vivir iluminados por las obras de la luz: la sinceridad, la humildad, la caridad, la honradez, la honestidad y demás virtudes cristianas, que conocemos sobradamente. Así es como hemos de prepararnos para la celebración de la Pascua.

El texto evangélico de hoy es muy sugerente y se presta a muchas y ricas reflexiones. Me limito a enmarcar algunas que me vienen a la mente en este momento.

En primer lugar, el estar ciego no es un problema, no es el fin del mundo, como vulgarmente se afirma ante una situación complicada: tiene solución. Es más, cualquier profeta puede curar la ceguera física; así parece desprenderse del texto. El ciego reconoce que un profeta, alguien venido de Dios le ha curado su ceguera, pero aún no es capaz de ver al Hijo de Dios; tan solo cuando el propio Jesús se encuentra de nuevo con él, le cura la ceguera del alma: le da la fe. La fe nos viene de Dios, quien la da gratuitamente a quien él quiere. Es más, él sale a nuestro encuentro cuando los demás nos expulsan de su lado. Es necesario ir despiertos por la vida, para que en el momento en el que el Señor salga a nuestro encuentro, le respondamos: Creo, Señor.

¿Quién se reconoce hoy ciego de nacimiento? ¿Quién se reconoce pecador? Aquí radica uno de los obstáculos más importantes que observamos hoy. Nadie se considera pecador, mal cristiano. Son mayoría los que nos reconocemos creyentes, aunque no muy buenos practicantes, pero al fin y al cabo dentro de la comunidad de creyentes. De aquí que nuestro pecado persista. Para el Señor es fácil perdonar a quien se reconoce pecador; sin embargo, le resulta imposible perdonar a quien se niega a ver su pecado, a quien se niega a reconocer su ceguera.

Por otra parte, son tantos hoy los ciegos de nacimiento: quienes no han vivido en el seno familiar la amistad de un Dios Padre, a quienes no se les ha transmitido la fe que nos viene ya de los apóstoles; se ha roto la cadena de transmisión de la fe y no han conocido ni vivido en los años de la infancia la filiación divina. Estos no son conscientes de su ceguera, son ciegos de nacimiento; para ellos no hay otro mundo distinto del que ellos perciben y del que nadie les ha hablado aún; necesitan de la ayuda del profeta que les devuelva la vista, condición indispensable para que la fe sea depositada en ellos.

Para emprender el camino de la fe se requiere de una gran dosis de humildad: reconocer la propia ceguera, la propia indigencia, el propio pecado. Solo así el Señor nos sacará de nuestras tinieblas.

 Cura, Señor, nuestra ceguera espiritual, la que nos impide reconocer que somos pecadores, necesitados de tu perdón. Que la eucaristía de hoy nos haga sentir tu proximidad y la fuerza curativa de tu perdón. Amén.