miércoles, 26 de agosto de 2026

DOMINGO XXII ORDINARIO - A

 Mt 16- 21- 27


En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

- ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

- Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

 

COMENTARIO

La tentación de abandonar, de dejar de creer, de no complicarnos la vida es una tentación que se nos presenta de vez en cuando. ¡Quién no se sintió abandonado, no reconocido, ridiculizado, olvidado incluso de Dios alguna vez?

Pues bien, esta es la tentación que le quema por dentro al profeta Jeremías. Siente ganas de dejarlo todo, de abandonar su vocación de profeta de Yahvé. Ninguno le hace caso. Su palabra es voz que clama en el desierto sin que nadie le preste atención. Se siente fracasado en su misión de profeta, de enviado. Experimenta la sensación de ser un inútil, de no acertar con lo que Dios le pide. La ineficacia de su palabra es absoluta. Por todo eso, piensa en abandonar, olvidarse de Dios y de su mandato. «No hablará más de él ni en su nombre». Pero es precisamente en ese momento cuando advierte que es imposible olvidar a su Dios, porque su palabra –la del profeta–, esa que Yahvé metió en sus entrañas es fuego que le abrasa por dentro y le impele a echarla fuera de sí. Jeremías no puede dejar de predicar la palabra de Dios. Emplea el idioma de dos enamorados: Yahvé le sedujo y el profeta se dejó seducir; el amor a su Dios penetró hasta la médula de sus huesos y ya no es capaz de dejar de amarlo y, por lo mismo, de cumplir la misión de profeta.

De esto va también el mensaje que escuchamos en la segunda lectura de este domingo. San Pablo exhorta a los romanos para que ofrezcan a Dios el culto verdadero, auténtico, que consiste en ofrecerse totalmente a Dios: hacer lo que le agrada a Dios, conformarse a su voluntad; y todo esto no porque Dios obtenga un beneficio, sino porque es el camino de nuestra felicidad.

Si la fe recibida en el bautismo todavía brilla como una débil llama en nosotros, busquemos siempre la voluntad de Dios, que sentiremos en nuestro interior como una llama irresistible, de igual modo que el profeta Jeremías. Que sea nuestra plegaria la del salmista: Dios mío, Dios mío, tú eres mi Dios y por ti madrugo, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca, sedienta, sin agua (Sal 62).

La escena que ofrece el evangelista Mateo en este domingo nos presenta a un Pedro que se rebela contra los planes de Dios. Podríamos decir que su fe todavía está en proceso de maduración: es una fe infantil, de niño, que ante las primeras dificultades abandona. A pesar de esta imagen de Pedro, sabemos que el Señor le elegirá precisamente a él como el guía de todos los creyentes, y ciertamente que no le decepcionará, pues morirá dando testimonio de su fe.

«Si alguien quiere venir conmigo, reniegue de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque quien quiera poner a salvo su vida, la perderá; pero quien la pierda por mí, la encontrará». Esta es la invitación que el Señor nos hace también hoy a nosotros. Si queremos alcanzar la felicidad, el camino es la cruz.

La eucaristía que celebramos nos habla de todo esto: Jesús acepta la voluntad de su Padre Dios; recordamos y celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Dejémonos seducir por el Señor, como el profeta Jeremías por su Dios o Pedro por Jesús. Porque –nos razona el evangelista Mateo–: ¿De qué nos sirve ganar el mundo si al final nos perdemos a nosotros mismos?

Recemos con el salmo de la eucaristía de hoy: «Tu misericordia, Señor, es más preciosa que la vida, por eso te alaban mis labios. Toda mi vida te bendeciré y mis labios te alabarán jubilosos» (Sal 62).

miércoles, 19 de agosto de 2026

XXI DOMINGO ORDINARIO - A

 


Mt 16, 13- 20

En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntaba a sus discípulos:

- ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Ellos contestaron:

- Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

Él les preguntó:

- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

- Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

COMENTARIO:

Jesús plantea a sus apóstoles una pregunta del catecismo y Pedro, que se lo sabe bien, le da la respuesta precisa. Así lo hacíamos también nosotros en la catequesis cuando memorizábamos el catecismo:

- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

- Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Sin embargo, Jesús es consciente de que deberá trabajar mucho con sus discípulos para que esa respuesta sea comprendida en toda su profundidad. Es más, el propio Jesús sabe que la comprensión de la respuesta depende de que el Espíritu Santo se la revele a cada uno personalmente y que luego se asuma con todas sus consecuencias.

Tras la respuesta correcta de Pedro, Jesús le nombra guía de la Iglesia incipiente. Seguro que Pedro tampoco asume el contenido de tal nombramiento con todo lo que ello comporta. Poco a poco el Espíritu le irá revelando lo que significa ese nombramiento.

Ser el Mesías, el Hijo de Dios y un Dios vivo, no muerto, implica estar dispuesto a dejarse sorprender cada día y a cada momento. Pedro y el resto del grupo tardarán en entenderlo, pero terminarán siendo seguidores del Hijo de Dios y entregarán también su vida en la construcción del Reino. Pedro, en particular, terminó comprendiendo que ser la piedra de la Iglesia significaba ir al frente del grupo en el testimonio de su fe.

Nosotros también aceptamos y confesamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. ¿Quién no? Hemos construido una imagen en nuestra mente que se adapta a nuestras necesidades y aspiraciones. Es una imagen que no molesta, que nos conforta, que no nos condena, que no nos exige en exceso. La hemos esculpido y pintado en nuestras iglesias. La tenemos entronizada en los retablos de los altares y en nuestros hogares. De este modo nos sentimos acompañados y protegidos. Sin embargo, no es esta la imagen de la que nos habla san Mateo hoy en el texto evangélico.

Pedro confiesa que Jesús es el Hijo de Dios. Efectivamente lo es y así lo creemos también nosotros. Pero nosotros nos hemos quedado con la primera parte de la confesión de Pedro; Nos hemos desprendido de la palabra última: “Vivo”. Esta es la palabra que no se puede esculpir en nuestras esculturas ni pintar en nuestros cuadros. Sin embargo, es la más importante.

Solo después de la Resurrección lo comprendió Pedro y los demás discípulos que lo siguieron. “Jesús vive” gritaban por las calles de Jerusalén.

Esta es la imagen que debemos transmitir también nosotros de Jesús. Jesús se nos manifiesta vivo cada día y nosotros hemos de actualizar esta imagen cada mañana para que el mundo vea en nosotros al Hijo de Dios, que se refleja con claridad en nuestras palabras y obras llenas de ternura, perdón, compasión, entrega, atención, acogida y acompañamiento.