miércoles, 24 de junio de 2026

XIII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mateo 10, 37-42


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

 

COMENTARIO

En el texto bíblico de la primera lectura de hoy llama la atención la forma misteriosa de actuar de Dios a través de los acontecimientos humanos más sencillos de nuestra vida.

La mujer que atiende al profeta Eliseo no ha pedido nada al profeta a cambio de su generosa y desprendida acogida. Podemos decir que es esta la disposición que Dios Padre espera de nosotros: una total confianza en él, sentirnos completamente amparados y protegidos en todo momento. Dios Padre no se olvida de sus hijos y nos concede aún aquello que no nos atrevemos a pedir –leemos en la Biblia.

Esta ha de ser nuestra actitud en la oración de petición a Dios Padre. La mujer del relato del Libro de los Reyes se muestra totalmente confiada en Dios. Es consciente de la protección de Dios en su vida, a pesar de no haberle concedido un hijo, como cualquier mujer israelita deseaba y esperaba, para no sentirse maldita y abandonada por Yahvé, su dios. Ella no pide nada, se siente completamente feliz con lo que es y tiene.

Dios Padre no puede hacer más de lo que ya está haciendo por cada uno de nosotros. Solo desde esta actitud humilde y confiada es desde donde podemos iniciar nuestra plegaria de petición, expresar a Dios Padre nuestros deseos y necesidades. Es muy humano desahogarnos ante Dios, manifestar nuestras dudas y preocupaciones porque a veces nos da la sensación de no ser escuchados. Dios Padre nos comprende.

La mujer sunita se nos presenta como modelo de oración. Se despreocupa de sí misma y está atenta tan solo a atender a aquel profeta, en el que ve a un hombre de Dios. Y es precisamente desde esta actitud desde donde Dios no se deja ganar en generosidad.

La catequesis que nos ofrece el evangelista san Mateo en el texto evangélico de hoy camina en esta misma línea.

«El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo». La mujer que acoge al profeta Eliseo lo hace por ver en él a un enviado de Dios, no por ser profeta o por ser santo, que esto es lo que significa “justo”.

«El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Así pues, cuando atendamos al necesitado seamos conscientes de que es a un hijo de Dios a quien atendemos, que es el mismo Jesús quien está llamando a la puerta de nuestra generosidad. Nuestra acción no quedará sin recompensa por pequeña que sea.

En la eucaristía celebramos la entrega total de Jesús al Padre. Hagamos nosotros lo mismo. No quedaremos sin recompensa –nos asegura Jesús.

miércoles, 17 de junio de 2026

XII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mateo 10, 26-33


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que todos los gorriones juntos.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

 

COMENTARIO

Rezamos en el salmo 68 de hoy con las palabras del salmista: «Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu compasión, vuélvete hacia mí».

Todos hemos vivido experiencias de dolor, momentos de preocupación y, en muchos casos, de impotencia ante una enfermedad incurable o ante la muerte de algún ser querido. Tal vez, nos hemos podido sentir abandonados hasta por el mismo Dios. «No comprendo y me cuesta creer en un Dios, que me aseguran es Padre bondadoso y compasivo y calla ante el sufrimiento de tanta gente inocente». Afirmaciones parecidas a esta hemos escuchado y sentido la tentación de hacerla propia.

Estas oraciones de angustia y desolación las encontramos con frecuencia en los salmos. Y quienes se dirigen a Dios quejándose amargamente de situaciones dolorosas con las palabras del salmista de hoy no son menos creyentes que el resto. Estas plegarias están ahí en el libro de los salmos y forman parte de la plegaria de la Iglesia. Las podemos y debemos usar en nuestra oración. Al mismo papa Francisco le escuchábamos palabras parecidas ante situaciones de guerra en Ucrania y otros países, o ante la tragedia de tantos barcos de inmigrantes hundidos en el mar. Él también expresaba su confianza en Dios y nos animaba a confiar nuestro dolor en las manos de Dios y de María Santísima.

Dios Padre no se sorprende por nuestro grito de dolor y de decepción por no sentirnos escuchados por él. El evangelista Mateo (Mt 27, 47) pone en boca de Jesús, en el momento de agonizar en la cruz, palabras del salmo 22, que expresan su más hondo sentimiento: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al final, Jesús, al igual que el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy, termina su plegaria confiando totalmente en Dios su Padre: «Alabad al Señor que libera la vida del pobre» (Jeremías). «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Jesús) (Lc 23, 46).

Sin embargo, el mensaje de las lecturas de hoy se centra principalmente en la necesidad imperiosa de que el mundo conozca la verdad, aunque cueste ser mensajero de noticias que no agradan al mundo, porque delatan las injusticias, el abandono del hermano que pasa necesidad o es víctima de la opresión. El profeta –todos nosotros lo somos–  tiene que tener la valentía de denunciar estas situaciones, que el corazón de un Dios, Padre de todos, no puede permitir. Dios Padre quiere la felicidad de todos y cada uno de sus hijos, y nos insta a vivir como hermanos, preocupándonos los unos de los otros, con especial interés por los más necesitados.

Las palabras finales del evangelio de hoy son imperiosas y, al mismo tiempo, esperanzadoras. Después de invitar a sus discípulos a la confianza total en Dios, termina con firmeza: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Y declararse por Jesús es apoyar al pobre, defender al que sufre injusticias y denunciar al opresor.

Seamos profetas valientes de la Buena Noticia de Jesús. Jesús nos recomendará ante Dios su Padre.