miércoles, 21 de octubre de 2026

XXX DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 22, 34-40


En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

- Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Él le dijo:

- “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 COMENTARIO:

Jesús es consciente de que Dios Padre emplea variados recursos pedagógicos para conseguir que su pueblo predilecto cumpla la Ley que un día dictó en el Sinaí a Moisés, Ley que se resume en el amor a Dios y al prójimo. Así en el libro del Éxodo el autor sagrado recoge algunos de los medios pedagógicos que Yahvé le dicta: Amarás al forastero, porque forastero fuiste tú en Egipto; te preocuparás del huérfano y de la viuda, porque si ellos se quejan a mí de no ser atendidos, yo los escucharé y te dejaré a ti viudo y huérfano. Así pues, se trata de usar de la misericordia con que uno ha sido tratado antes y del temor a ser tratado con la misma moneda. Y es que el pueblo de Israel era duro de cerviz y lento en superar su actitud vengativa, que llevaba en los genes. Los profetas lo intentaron, pero con escaso o ningún éxito.

Jesús lo vuelve a intentar: Lo importante es el amor; al menos amar a los otros como uno se ama a sí mismo. Se trata de un nuevo paso pedagógico en la superación del estricto cumplimiento de la Ley mosaica. Los textos evangélicos son ricos en invitaciones a amar desinteresadamente, incluso más que a uno mismo, llegando a la entrega de la propia vida a favor de los otros, incluidos los enemigos. El propio Jesús así lo hizo.

Entre el pueblo creyente hay multitud de santos modelo que siguieron el ejemplo del Maestro. Su vida nos estimula en el camino del cumplimiento de la nueva ley del amor, predicada y vivida por el propio Jesús.

Aquí tenemos la síntesis de la ley divina: Amar no solo como nos amamos a nosotros mismos, sino también despreciar la propia vida a favor de quien nos la reclame. Así manifestaremos al mundo que somos verdaderos hijos de Dios.

Con frecuencia la excesiva preocupación de ser fieles a las diversas normas de nuestra religión nos impide poner en práctica la ley del amor. Un exagerado rigorismo nos impide amar. Esto mismo les podía estar pasando a los fariseos, perfectos conocedores de las leyes y posiblemente buenos cumplidores de las mismas. Jesús denuncia este comportamiento erróneo de su tiempo y hoy nos invita a revisar el nuestro, a la luz de sus palabras.

miércoles, 14 de octubre de 2026

XXIX DOMINGO ORDINARIO - A

 


Mt 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

- Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:

- Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

Le presentaron un denario. Él les preguntó:

- ¿De quién son esta cara y esta inscripción?

Le respondieron:

- Del César.

Entonces les replicó:

- Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


COMENTARIO

San Pablo da gracias a Dios en sus cartas a los cristianos de las iglesias por donde él ha pasado anunciando el evangelio, porque le han hablado de la actividad caritativa que ha producido aquella fe incipiente, que él dejó; del aguante de la esperanza de aquellos buenos cristianos y del esfuerzo de su amor. Él atribuye esta madurez en la fe a la fuerza del Espíritu.

Jesús, en el relato del evangelio que hoy escuchamos, se duele de los fariseos, porque en ellos, muy al contrario que en los cristianos de Tesalónica, solo hay palabrería, pero les falta la convicción y la fuerza del Espíritu. Efectivamente, Jesús admira a los fariseos por su conocimiento de la ley, posiblemente también por su predicación al pueblo; sin embargo, les acusa de ser sepulcros blanqueados, y al pueblo sencillo le aconseja que sigan su doctrina, pero no su hipocresía en el vivir.

Una vez más Jesús deja en evidencia a los fariseos ante el pueblo. No se presentan ellos directamente ante el Maestro, se hacen representar por medio de unos discípulos para dejar su imagen limpia ante la gente. Su proceder y su pregunta no buscan la verdad, tan solo coger en una trampa a Jesús. La acusación de ‘hipócritas’ es la adecuada a su proceder. La respuesta que da el maestro también es la correcta y no admite réplica: la moneda es del César y debe retornar al César; a su vez la moneda y el César son de Dios, y a Dios han de retornar ambos; pues todo y todos venimos de Dios y a él estamos destinados a volver, como hijos de él que somos. Él es un padre solícito, que cuida de todos sus hijos como un pastor cuida de su rebaño y no permite que nadie le arrebate ninguna de sus ovejas.

Evitemos la actitud de los fariseos, que aparentan lo que no son, y buscan excusas de todo tipo para no aceptar al hijo de Dios. Nuestra actitud ha de ser la de los tesalonicenses: aceptar por la fe al Señor y dar fruto de buenas obras con la fuerza del Espíritu Santo y el ejercicio constante del amor.

Hoy celebramos también la jornada mundial de las misiones –el DOMUND–. El lema de este año, «Uno en Cristo, unidos en la misión», nos invita a ser testigos del evangelio con nuestras palabras y obras, todos unidos, para que la fuerza de nuestro testimonio sea más eficaz.

Este año es un año muy especial porque se celebra el primer centenario de la institución de la jornada por el papa Pío XI. El papa León XIV nos deja este mensaje: «Que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

María, madre de la entrega generosa, llévanos tú a Jesús.