miércoles, 8 de abril de 2026

II PASCUA - A

 Jn 20, 19- 3


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

 

COMENTARIO

Juan Pablo II, en la inauguración de su pontificado saludaba a la muchedumbre con estas palabras: No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Hoy le contemplamos ya entre nuestros santos. Tal vez sean estas palabras las que hoy necesitemos los creyentes. Estamos muy encerrados en nuestros cenáculos, como los apóstoles después de la crucifixión de Jesús. No nos atrevemos a confesar nuestra fe, nos cuesta reconocer en público que somos creyentes; solo en Semana Santa salimos a la calle a manifestar lo que llevamos en nuestro interior durante el resto del año.

Nuestra fe ha de salir a la calle cada mañana con nosotros (nos lo recordaba el papa Francisco a cada momento), para que el mundo crea que el Señor está vivo entre nosotros, e invitar a creer con nuestro propio testimonio.

San Pedro alababa la fe de aquella primitiva comunidad con estas palabras: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación». Si hoy nos escribiera a nosotros, ¿hablaría así de nuestra fe? ¿Resplandecen nuestros rostros como los de aquellos cristianos de entonces? ¿Hemos alcanzado la meta de nuestra fe? Si así fuera, los que aún no creen se maravillarían de ver nuestros rostros pletóricos de alegría y se preguntarían el porqué. ¿Nos ha preguntado alguien el porqué de nuestra alegría?

Los primeros cristianos eran bien vistos por el pueblo y cada día se agregaban nuevos miembros a aquella comunidad. ¿Somos bien vistos los creyentes hoy? ¿Se agregan nuevos miembros a nuestra comunidad parroquial?

En fin, tal vez los relatos de Lucas y de Pedro sean pura creación literaria, imaginación o un buen deseo: una gran utopía de cara al futuro de la Iglesia. Sin embargo, no creo que sea del todo así, porque hoy sigue habiendo, dentro de la Iglesia, comunidades eclesiales que viven la fe como la idílica comunidad que nos refleja Lucas y el mismo Pedro. Esto quiere decir que es posible vivir así la fe; pero aún son pocas las comunidades contagiosas de la alegría que encierra la vivencia de la fe en el Resucitado.

Hoy es un buen día para pedirle al Padre, por intercesión de san Juan Pablo II que perdamos el miedo a abrir nuestras puertas al Señor Resucitado.

Si nuestro caso es el del apóstol Tomás, que nuestra fe es vacilante, acudamos a Jesús y él la afianzará. Confesaremos con santo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». De todos modos, acojamos siempre con misericordia a aquellos hermanos en la fe que pasan por momentos de inseguridad y duda.

miércoles, 1 de abril de 2026

DOMINGO DE RESURRECCIÓN - A

 Juan 20, 1-9


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

MARÍA MAGDALENA VIO Y CREYÓ

¿Qué vio María Magdalena al llegar al lugar donde habían sepultado a Jesús? Lo mismo que vieron Pedro y Juan. Referido a Juan, el texto evangélico dice: «Vio y creyó». Esto mismo les sucede a Pedro y a María Magdalena: vieron y creyeron.

A lo largo de la mañana de aquel viernes los discípulos de Jesús, ante el curso que iban tomando los acontecimientos, desaparecen de la escena pública: son conscientes de que, si al Maestro le condenan, no tardarán en ir a por ellos también y les tocará la misma suerte que a Jesús. Tan solo se nos dice de algunas mujeres, que le habían seguido durante su vida pública, que se mantenían a distancia –la que se permitía ante un crucificado–; ellas, por ser mujeres no corren el mismo peligro que los hombres. ¿Dónde fueron los discípulos? Todas aquellas hermosas vivencias alrededor de Jesús se han terminado –así lo reconocen los discípulos camino de Emaús–.

¿Qué sucede la mañana de resurrección? ¿Por qué María Magdalena va al sepulcro? ¿Qué le mueve a ella para acercarse al sitio donde han sepultado a Jesús? ¿Tal vez el recuerdo tan impactante que ha tenido aquel hombre en su vida y que aún permanece fresco en ella? El caso es que María llega al sepulcro y se lo encuentra con la losa de entrada movida y la tumba vacía. En la tumba no está la vida que ella guarda en su recuerdo; en los sepulcros, en los cementerios no hay vida.

Y es aquí donde cae en la cuenta de que el Jesús, que ella guarda vivo en su recuerdo, no puede estar ahí, está dentro de ella y ya no necesitará ir al sepulcro a encontrarse con él: el Jesús biológico ya no existe; Jesús vive y vive de otra manera, en otras dimensiones que se nos escapan a nuestra comprensión; las vivencias que se mantienen en su recuerdo son la puerta que le lleva a la fe.

Algo similar les sucede a Pedro y a Juan: van buscando al Jesús biológico, al mesías que esperaban muchos israelitas, y se encuentran con el Jesús vivo. En ellos también afloran las vivencias que les encaminan a la fe.

San Pablo nos advierte en la carta a los colosenses: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba». San Pablo ya no dice Jesús, sino Cristo: Jesús es la vida terrena, Cristo es la Vida en Dios Padre.

¿Cuándo y cómo alcanza Jesús la Vida que le configura como el Cristo? Ciertamente ya antes de morir biológicamente: al entregar su vida totalmente por todos. Por ello no nos debe preocupar el perder la vida temporal, sino alcanzar la Vida eterna, siguiendo el camino de entrega de Jesús.

A muchos otros discípulos seguramente se les manifestó Jesús como Cristo, pero no aceptaron esta nueva vida de entrega total, que es la vida a la que debemos aspirar; siguen buscando al Jesús biológico, al mesías que esperaban tantos judíos.

Que María Magdalena nos ayude en nuestro camino de fe a descubrir al Cristo Vivo en nosotros.