miércoles, 22 de abril de 2026

IV DOMINGO DE PASCUA - A

 Juan 10, 1-10


[…] Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños... las ovejas no los escucharon.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.


COMENTARIO

En algunos ambientes de la Iglesia se insiste en la necesidad imperiosa de un magisterio eclesiástico, hoy más que nunca, ante la gran desorientación que reina en el grupo de los creyentes: ¿Cómo distinguir, si no, la voz del Pastor? Puede que sea cierto, pero no parece desprenderse esta idea del texto evangélico de san Juan.

En el capítulo 10 del evangelio de san Juan se habla de un pastor –Jesús– y de unas ovejas –creyentes y no creyentes–. Se nos dice que las ovejas conocen la voz de su pastor y por eso solo le escuchan a él.

Oímos hablar a nuestros obispos en sus cartas pastorales, no siempre coincidentes, en ocasiones discordantes. Oímos también a nuestros sacerdotes y no siempre identificamos la voz del Pastor. Oímos a los teólogos y no los comprendemos porque siguen interpretando los textos sagrados en un lenguaje demasiado lejano ya para nosotros, porque los términos que usan ya no se reflejan en los avances de las ciencias actuales. ¿Cómo distinguir la voz de Jesús en medio de esta mezcla de lenguajes? Algo semejante les debió de pasar a los constructores de la torre de Babel (Gén 11, 1-9).

¿Dónde escuchar la voz de Jesús, nuestro pastor?

Se me ocurren algunas ideas:

-La voz de nuestro pastor está en su palabra, en el Evangelio, en las Escrituras.

-La voz del Pastor resuena con fuerza en nuestras casas en nuestras calles, en el mundo, en aquel que demanda un gesto de respeto, de acogida, de amor.

-Su voz la identificamos en el enfermo, en el pobre, en el indigente que nos tiende su mano en la calle.

-Está también en el hospital postrado en la cama; en el que está en su casa solo, sin poder salir, ni tener con quien compartir un rato de charla amigable o a quien pedirle que le acompañe al médico o a dar un paseo por la vecindad, porque se halla impedido.

-La voz del Pastor se oye con fuerza en las naciones en guerra, en los campos de refugiados e inmigrantes, en las cárceles, en pueblos que viven en la más clamorosa miseria.

En estos y otros lugares similares, sí se reconoce la voz del Pastor. Difícilmente distinguimos hoy la voz del Pastor en las homilías de las iglesias, en las conferencias de los teólogos, en las reuniones parroquiales, en las catequesis. En estos ambientes no es fácil de distinguir, hay demasiadas voces, discordantes unas de otras.

La lectura y meditación del evangelio en el silencio de la oración nos abrirá nuevos caminos que nos ayuden a encontrar los lugares donde reconocer la voz del Pastor: «Oí tu voz, que me llamaba con amor, // oí tu voz y tu dulzura me cautivó. // Tú me llamaste mi Señor y aquí estoy yo. // Oí tu voz, que me llamaba con amor, // oí tu voz y tus palabras yo escuché. // Tú me guiaste mi Señor y aquí estoy yo».

miércoles, 15 de abril de 2026

III PASCUA-A

 Lc 24, 13-35


Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea a donde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

COMENTARIO

El relato de Lucas, cuidado al detalle en su descripción y narración, nos pone en contexto inmediato de lo que ha de ser el encuentro eucarístico del primer día de la semana, el domingo.

Hay un primer momento de encuentro grupal: «Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando». Es necesario tomar la iniciativa: ponerse en camino; y además ha de ser en grupo, formando comunidad: dos discípulos, en este caso. Entre ellos comparten su vida, lo que les ha acontecido últimamente y cómo se sienten. Se lo cuentan a Jesús cuando se une a ellos en el camino hacia Emaús.

Parece claro que el sepulcro vacío no demuestra en absoluto que Jesús haya resucitado –para Lucas no cuenta–. Para Lucas lo importante del discipulado es ponerse en camino en grupo, y compartir vivencias y sentimientos; así entiende también la vida de Jesús en su camino de Galilea a Jerusalén. En el camino es el propio Jesús quien toma la iniciativa de caminar con ellos: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Perdidos en sus razonamientos y desalentados, es el propio Jesús –la escucha y meditación del Evangelio para nosotros– quien les ayuda a comprender el sentido de las Escrituras en lo referente a él.

Ahora son los dos discípulos quienes toman la iniciativa e invitan a Jesús a compartir su pan y alojamiento. Jesús acepta y es en el gesto de bendecir el pan y repartirlo cuando se les abren los ojos y le reconocen como resucitado: es en la celebración de la eucaristía cuando experimentan a Jesús vivo; y emprenden el regreso inmediato a Jerusalén al encuentro con la comunidad de discípulos, quienes –deducimos– están también celebrando la eucaristía.

Recopilemos lo que me parece más importante del relato de Lucas:

- La vida cristiana es un camino que recorremos desde el bautismo hasta el encuentro definitivo con Cristo.

- Es importante recorrer el camino en comunidad –«donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20)–, no en solitario.

- Durante el camino la lectura y meditación de las Escrituras nos iluminan y es el propio Jesús quien, por propia iniciativa, se une a nosotros y nos facilita la comprensión de las mismas.

- Finalmente es la comunidad quien suplica a Jesús que se quede con nosotros y nos reparta el pan que compartimos.

- Y en el pan de la eucaristía es el Señor quien nos entrega la vida que él ahora goza como resucitado.

- Esta vivencia nos animará a salir –regresar a Jerusalén– al encuentro de otros para comunicarles nuestra experiencia de vida.

San Lucas quiere decirnos que, aunque no conocimos a Jesús ni recorrimos los caminos de Galilea, la eucaristía hace posible esta experiencia de vida de los primeros discípulos, que recibieron sus enseñanzas y compartieron con él su vida en aquel encuentro camino de Emaús.