miércoles, 4 de febrero de 2026

V DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 5, 13- 16


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

 COMENTARIO:

 Muchas veces nos preguntamos cuál será el mejor método, el lenguaje más comprensible para anunciar el evangelio. Nos planteamos, en las parroquias, en las reuniones de sacerdotes y catequistas, qué tenemos que hacer para que el mensaje del evangelio sea atrayente, interrogue, llegue al corazón, llame la atención a los que no creen y a los cristianos poco preocupados de vivir o madurar la fe recibida en el bautismo. ¿Por qué los jóvenes apenas acuden a las iglesias y por qué tienen a la Iglesia entre las instituciones menos valoradas? ¿Por qué la vida religiosa no atrae a las nuevas generaciones? ¿Por qué tanto se critica a los cristianos cumplidores, a los catequistas comprometidos, a los propios religiosos, a los sacerdotes, obispos y al mismo papa? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué más tenemos que hacer? ¿Qué no hacemos, si es que se trata de hacer?

El pasaje evangélico de san Mateo escuchado hoy nos aporta luz para encontrar una correcta respuesta a estas y otras preguntas. San Mateo era un excelente catequista para las comunidades cristianas de su tiempo y se sirve de imágenes sencillas y comprensibles para los cristianos de aquellos tiempos, en su mayoría poco cultos. Les dice que los creyentes somos como la sal y la luz: la sal es para hacer más apetecibles y sabrosos los alimentos, y la luz sirve para alumbrar en la oscuridad. Entonces yo creo que por aquí es por dónde hay que orientar nuestra tarea de evangelización y catequesis; aunque no solo bastan las palabras, se necesitan también las obras que dan testimonio de nuestra fe y nos hagan convincentes en medio de un mundo descreído; y con frecuencia, ni esto es suficiente para acercar a la fe.

San Mateo dice a la iglesia de su tiempo que falta sal y luz en la vida cristiana. Entonces, como ahora, no se trata de llenar nuestras iglesias de velas, ni proyectar potentes focos sobre el altar para que se vea bien al sacerdote oficiante. No es lo más importante cuidar y solemnizar nuestras celebraciones litúrgicas, ni hacerlas amenas para los jóvenes, ni alargarlas hasta hacerlas pesadas; aunque estemos convencidos de que este es el camino a emprender. San Mateo y los primeros cristianos vivían bastante ajenos a estos montajes que ahora preparamos con tanto esmero para atraer al mundo juvenil.

San Mateo les recuerda el texto del profeta Isaías de la primera de las lecturas de este domingo: «Que vean vuestras buenas obras» (Mt.5, 16). «Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Is.58, 10). ¡Y cuántas veces no recitarían el salmo 111 en las asambleas dominicales: «¡En las tinieblas brilla como una luz / el que es justo, clemente y compasivo!».

Ya tenemos la respuesta clara y diáfana como la misma luz. No hay que estudiar mucho ni acudir a hombres de ciencia, ni rebuscar en gruesos libros antiguos. La tenemos escrita en el corazón y en la mente. Se trata de despertar la conciencia y ablandar el corazón, para saber que seremos luz y sal para cuantos nos contemplen si nos compadecemos de los hambrientos y desnudos, si nos damos sin reservas. ¿Acaso no lo estamos haciendo ya los cristianos? Sin duda, pero son aún pocos; o sea, no somos todos; y con frecuencia presumimos más de ser lo que en verdad no somos.

Interioricemos la palabra de Dios escuchada, para ser sal y luz en nuestro mundo.

miércoles, 28 de enero de 2026

IV DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 5, 1- 12a


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

COMENTARIO

 El evangelista Mateo nos describe maravillosamente la escena que da lugar al Sermón de las Bienaventuranzas. Al ver Jesús una gran multitud, se coloca en un lugar visible y, sin más, se pone a enseñar. Sin embargo, tan solo sus discípulos se acercan a escucharlo; el resto se mantiene a cierta distancia.  San Mateo no explicita más, pero nos imaginamos la escena que se produce a continuación: paulatinamente se acercan algunos curiosos, se añaden al grupo de oyentes quienes se sienten identificados con lo que dice, los que encuentran palabras de consuelo o de ánimo, y no faltan los que buscan encontrar alguna razón para denunciarle ante las autoridades. Por momentos crece el número de los que se sienten a gusto a su lado, porque escuchan palabras de misericordia, compasión, ánimo y cierta esperanza.

A Jesús se le conmueven sus entrañas llenas de misericordia ante aquellas gentes sencillas abandonadas de sus guías religiosos y de sus semejantes, y desgrana pausadamente sus palabras:

Dichosos los pobres: los que son felices aun sin tener nada; los que comparten lo mucho o poco que poseen; los que se les agota el sueldo antes de final de mes y no pierden la alegría ni la confianza en Dios Padre, quien embellece los lirios del campo y alimenta las aves del cielo; los que agradecen, a la puerta del templo o en la acera de la calle, la mísera limosna recibida; los que no acaparan, sino que reparten con largueza.

Dichosos los que lloran: quienes no encuentran consuelo a sus penas, quienes derraman lágrimas de soledad y abandono, quienes lamentan la pérdida de un ser querido en silencio y se ponen en manos de Dios Padre, quienes sufren el azote de la guerra, de la miseria, del hambre, de la enfermedad incurable y lloran a mares porque no ven una luz de esperanza.

Dichosos los sufridos: los ascetas, los que aguantan lo inaguantable, los que dominan sus arranques de ira, los que no se rebelan con violencia ante la injusticia de los otros. Estos serán los reyes de la tierra.

Dichosos los que esperan que les hagan justicia y pasan los días y no llega el momento; el Padre saciará su hambre y apagará su sed.

Dichosos los misericordiosos: los compasivos, los que siempre encuentran una palabra de perdón y disculpa, los que se apiadan del indigente y encuentran la felicidad acogiendo a los pobres y pecadores; el Padre les dará el perdón de sus culpas.

Dichosos los limpios de corazón: los que no ven segundas intenciones, los sinceros y sencillos, los que encuentran alegría deseando el bien a todos incluso a sus enemigos, los que no albergan odio en su pecho, los que solo ven la bondad de sus semejantes. Estos están preparados para ver a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz: quienes no buscan motivos de discordia, quienes no ven la paja en el ojo ajeno, quienes no incordian, quienes buscan eslabones de unión, quienes hacen de mediadores, quienes se interponen en medio de un conflicto para contenerlo. Estos son imagen de Dios Padre, quien hace lucir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos.

Y dichosos nosotros cuando nos insulten, nos calumnien y nos persigan, porque seguimos este programa que el Maestro proclamó con toda solemnidad en la montaña ante sus discípulos expectantes y el asombro del gentío en la distancia.