miércoles, 6 de mayo de 2026

VI DOMINGO PASCUA - A

 Jn 14, 15-21


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo.

Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros.

El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

 

COMENTARIO:

Jesús se despide de sus más íntimos amigos. Intenta tranquilizarlos: no os dejaré huérfanos, le diré a mi Padre que os mande un defensor –el Espíritu de la verdad–, vosotros me seguiréis viendo.

En contraste claro con los discípulos íntimos de Jesús se encuentra el resto del mundo que no lo ha aceptado y no ha querido reconocerlo: esos no le seguirán viendo; Jesús habrá pasado inadvertido para ellos.

En cambio, aquellos que guardan los mandamientos de Jesús, es señal de que le aman y, por lo tanto, el Padre los amará y también el propio Jesús los amará y se manifestará a ellos y no los dejará huérfanos.

Cuando alguien nos deja para siempre, sentimos tristeza; si este además ha guiado nuestra vida, ha sido nuestro sostén en los momentos difíciles y nos ha entusiasmado en multitud de ocasiones con sus palabras y actuaciones; entonces no va a resultar fácil encontrar consuelo una vez desaparecido de nuestra vista; todas nuestras ilusiones y proyectos se desploman en un momento. Jesús es consciente de ello y por lo mismo trata de animarlos.

Hoy estas palabras de despedida de Jesús tienen que ser un consuelo en nuestras vidas de creyentes. Las palabras de Jesús nos las transmite san Juan para animarnos también a nosotros. Al propio san Juan le animaron en su momento y él pretendió animar a aquella primitiva comunidad de la que él formaba parte; por ello hoy también deben ser estimuladoras para los que tratamos de ser fieles cada día a su evangelio, para los que nos esforzamos día a día en cumplir sus mandatos. ¡Sintámonos amados por el Padre y por Jesús!

Por otra parte, en la primera de las lecturas de hoy se nos habla de la actividad evangelizadora de la primitiva comunidad. Felipe, uno de los apóstoles, bajó a la ciudad de Samaría y les anunciaba el nuevo modo de vida que Jesús les había inculcado a ellos. El autor nos dice que la gente le escuchaba con atención y se producían los signos milagrosos de los tiempos de Jesús; esto les llenaba de alegría y quedaban a la espera de que vinieran Pedro y Juan y les impusieran las manos para recibir así el Espíritu Santo. Este texto de los Hechos resume perfectamente lo que ha sucedido también en nuestras propias vidas: recibimos el bautismo y nos fuimos preparando en el propio hogar y en la catequesis para recibir el Espíritu Santo el día de nuestra confirmación. A partir de entonces también nosotros estamos llamados a evangelizar a otros que no hayan oído hablar de Jesús y del nuevo modo de vida que él nos enseñó.

En el evangelio es san Juan quien nos resume cuál ha de ser el mensaje de nuestro anuncio evangélico: Dios es Padre y ama a su hijo Jesús, quien a su vez nos ama con el mismo amor con el que él se siente amado por su Padre. También nosotros podemos continuar este torrente impetuoso de amor, amándonos los unos a los otros. Así sentiremos a Jesús vivo entre nosotros.

miércoles, 29 de abril de 2026

V PASCUA-A

 Jn 14, 1-12


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.

Tomás le dice:

- Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?

Jesús le responde:

- Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.

Felipe le dice:

- Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

Jesús le replica:

- Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.


COMENTARIO

Aquel pequeño grupo de apóstoles no las tiene todas consigo. Apenas les dice Jesús que él se va al Padre, ya tiemblan al sentirse solos, crece la inseguridad en ellos: sin el Maestro al lado, no son nada. De poco sirven las palabras de confianza que les dice Jesús: se sienten huérfanos. No acaban de entender que Jesús no puede mostrarles al Padre con mayor claridad: Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Y ahí están las obras que manifiestan claramente que Jesús viene del Padre. Dios Padre ha dejado de ser un misterio para ellos.

Pues bien, en este grupo, de fe tan débil, fía Jesús el inicio de la Iglesia. El resultado ya lo estamos viendo. Hoy también el Señor pone en nuestras manos la continuidad de su obra de salvación. Él está ahí presente, no nos ha abandonado nunca; pero la tarea es nuestra y somos capaces de llevarla a cabo, porque el Señor nos conoce mejor que nosotros mismos. Es humano que surja en nosotros la duda, la incertidumbre, la inseguridad en nuestras propias fuerzas y en nuestra capacidad; sin embargo, tenemos la seguridad que nos da el Señor al fiarse de nosotros y la valentía que nos da su presencia, invisible a los ojos humanos, pero clara para los ojos de la fe.

Nuestra mirada ha de estar ahora en aquel primer grupo de discípulos. En los Hechos se nos describe cómo comenzaron a organizarse material y espiritualmente. Naturalmente hay inquietud, dudas, preguntas sin fáciles respuestas, mucha incertidumbre. Sin embargo, El Padre y Jesús están con nosotros y su Espíritu ilumina nuestra inteligencia y anima nuestro espíritu. Exactamente igual que entonces, ahora también se nos invita a la colaboración. No todo es obra de los sacerdotes y catequistas, el resto de los fieles también están llamados a colaborar en el servicio, en el cuidado de nuestros lugares de encuentro, celebraciones litúrgicas y de convivencia. Hay que dedicarse también al servicio de la Palabra, a leer y meditar el Evangelio y ver qué nos pide hoy el Señor. Ya son muchos los que están manos a la obra: colaboran en la limpieza y adorno de nuestros lugares de culto, en las tareas de Cáritas, en la recogida y reparto de alimentos, ropa, medicinas, hacen la compra de cada día, traen las medicinas a los más ancianos y personas con dificultad de movimiento. Exactamente igual que se organizaban los primeros cristianos. Estamos pues en el buen camino. Se trata de que cada día seamos más.  San Pedro, en su carta, nos llama piedras vivas del nuevo templo, que es la comunidad cristiana. También debemos cuidarnos interiormente con la oración, así se nos sugiere en el libro de los “Hechos de los apóstoles”.

Conocemos a Jesús, y conocemos al Padre, al contemplar al hijo. Nuestras limitaciones humanas no nos permiten mayor claridad, pero esto nos basta. El Señor Jesús es el camino para llegar al Padre. Su proyecto de salvación es realizable y nosotros somos los encargados de darle continuidad y difusión; si no fuera así, ya nos lo hubiera manifestado el Señor.

Así pues, que ni la comodidad ni el miedo nos lo impidan. Nuestra seguridad aumentará en la medida que profundicemos en el conocimiento del Señor, porque en la misma medida se nos manifestará Dios Padre y ello nos dará firmeza en nuestro obrar.