miércoles, 11 de marzo de 2026

IV DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 9, 1-41


En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron:

- Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?
Jesús contestó:

- Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: Viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:

- Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:

- ¿No es ese el que se sentaba a pedir?

Unos decían:

- El mismo.

Otros decían:

- No es él, pero se le parece.

Él respondía:

- Soy yo.

Y le preguntaban:

- ¿Y cómo se te han abierto los ojos?

Él contestó:

- Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver.

Le preguntaron:

- ¿Dónde está él?

Contestó:

- No sé.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.

(Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos).

También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:

- Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.

Algunos de los fariseos comentaban:

- Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:

- ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?

Y estaban divididos.

Y volvieron a preguntarle al ciego:

- Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?

Él contestó:

- Que es un profeta.

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:

- ¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego?

¿Cómo es que ahora ve?

Sus padres contestaron:

- Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.

Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.

Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:

- Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.

Contestó él:

- Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo.

Le preguntan de nuevo:

- ¿Qué te hizo?, ¿cómo te abrió los ojos?

Les contestó:

- Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?

Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:

- Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.

Replicó él:

- Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento: si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder.

Le replicaron:

- Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:

- ¿Crees tú en el Hijo del hombre?

Él contestó:

- ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?

Jesús le dijo:

- Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.

Él dijo:

- Creo, Señor.

Y se postró ante él.

Dijo Jesús:

- Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos.

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:

- ¿También nosotros estamos ciegos?

Jesús les contestó:

- Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

 

COMENTARIO

Hemos escuchado un texto evangélico que nos invita a varias reflexiones sirviéndose de la imagen de la luz en contraposición a la ceguera. Aquí se habla de la luz y la ceguera espirituales.

Y de la luz habla san Pablo a los efesios: Sois hijos de la luz –les dice–; en otro tiempo erais hijos de las tinieblas, pero ahora es Cristo la luz que os iluminó y, por tanto, debéis proceder en la vida guiados por esa luz. Este mensaje tiene vigencia para nosotros hoy también. Hemos de abandonar las obras de las tinieblas, es decir, el pecado y vivir iluminados por las obras de la luz: la sinceridad, la humildad, la caridad, la honradez, la honestidad y demás virtudes cristianas, que conocemos sobradamente. Así es como hemos de prepararnos para la celebración de la Pascua.

El texto evangélico de hoy es muy sugerente y se presta a muchas y ricas reflexiones. Me limito a enmarcar algunas que me vienen a la mente en este momento.

En primer lugar, el estar ciego no es un problema, no es el fin del mundo, como vulgarmente se afirma ante una situación complicada: tiene solución. Es más, cualquier profeta puede curar la ceguera física; así parece desprenderse del texto. El ciego reconoce que un profeta, alguien venido de Dios le ha curado su ceguera, pero aún no es capaz de ver al Hijo de Dios; tan solo cuando el propio Jesús se encuentra de nuevo con él, le cura la ceguera del alma: le da la fe. La fe nos viene de Dios, quien la da gratuitamente a quien él quiere. Es más, él sale a nuestro encuentro cuando los demás nos expulsan de su lado. Es necesario ir despiertos por la vida, para que en el momento en el que el Señor salga a nuestro encuentro, le respondamos: Creo, Señor.

¿Quién se reconoce hoy ciego de nacimiento? ¿Quién se reconoce pecador? Aquí radica uno de los obstáculos más importantes que observamos hoy. Nadie se considera pecador, mal cristiano. Son mayoría los que nos reconocemos creyentes, aunque no muy buenos practicantes, pero al fin y al cabo dentro de la comunidad de creyentes. De aquí que nuestro pecado persista. Para el Señor es fácil perdonar a quien se reconoce pecador; sin embargo, le resulta imposible perdonar a quien se niega a ver su pecado, a quien se niega a reconocer su ceguera.

Por otra parte, son tantos hoy los ciegos de nacimiento: quienes no han vivido en el seno familiar la amistad de un Dios Padre, a quienes no se les ha transmitido la fe que nos viene ya de los apóstoles; se ha roto la cadena de transmisión de la fe y no han conocido ni vivido en los años de la infancia la filiación divina. Estos no son conscientes de su ceguera, son ciegos de nacimiento; para ellos no hay otro mundo distinto del que ellos perciben y del que nadie les ha hablado aún; necesitan de la ayuda del profeta que les devuelva la vista, condición indispensable para que la fe sea depositada en ellos.

Para emprender el camino de la fe se requiere de una gran dosis de humildad: reconocer la propia ceguera, la propia indigencia, el propio pecado. Solo así el Señor nos sacará de nuestras tinieblas.

 Cura, Señor, nuestra ceguera espiritual, la que nos impide reconocer que somos pecadores, necesitados de tu perdón. Que la eucaristía de hoy nos haga sentir tu proximidad y la fuerza curativa de tu perdón. Amén.

miércoles, 4 de marzo de 2026

III DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 4,5-42


En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial.

Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

-Dame de beber.

La samaritana le dice:

-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

Jesús le contestó:

-Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

La mujer le dice:

-Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Jesús le contesta:

-El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

La mujer le dice:

-Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

-Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

Jesús le dice:

-Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre.

Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.

La mujer le dice:

-Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.

Jesús le dice:

-Soy yo: el que habla contigo.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

-Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

 

COMENTARIO

 «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

¿Qué es lo que fascinó realmente de la persona de Jesús a la samaritana? Una lectura superficial del texto evangélico nos revela los asombrosos descubrimientos que Jesús va haciendo de su vida: «cinco maridos has tenido…». Sin embargo, una lectura pausada y atenta nos desvela lo más importante de aquel encuentro inesperado. Hasta ahora, ningún hombre había salido al encuentro ni hablado a una mujer como ella con aquella delicadeza, con aquel respeto, hasta con ternura; ni siquiera se habría dirigido a ella para pedirle de beber, y menos siendo un judío. Aquel hombre, sin duda profeta, le miraba con verdadero amor: se interesaba por su vida y le ofrecía de beber del manantial de amor que manaba a raudales de su interior.

El diálogo con aquel hombre le hace olvidarse de su cántaro y del agua que venía a sacar del pozo de Jacob. El agua espiritual que proporcionaba aquel profeta era la única que saciaba su sed de amor, hasta ahora no satisfecha con ninguno de los cinco maridos que había tenido, ni con el que convivía sin serlo. Nadie le había hablado así jamás.

En la Samaritana tenemos todo un ejemplo a imitar. Es necesario dejarnos ver por el Señor, que sale a nuestro encuentro en medio de cualquier actividad de nuestra vida; sentirnos acogidos, contarle nuestras inquietudes, abordarle con nuestros interrogantes y permitirle que nos muestre el manantial de amor que brota de su corazón. El miedo no tiene sentido en el encuentro con el Señor. La Samaritana y los grandes santos afirman que su poder de atracción es irresistible. Se trata de sentirse amados por él; se trata de escuchar y no hablar, para descubrir a uno que es más que profeta: Es el amor de Dios derramado en nuestro mundo para saciar la sed de divinidad que tenemos los hombres, reflejados en la Samaritana.

En el relato del encuentro de Jesús con la samaritana, san Juan también nos deja una hermosa lección de pedagogía del encuentro con el otro, con aquel que espera de nosotros una palabra de ánimo y esperanza. Todos –obispos, sacerdotes, catequistas, creyentes– somos invitados a reproducir este encuentro de Jesús con la samaritana en nuestros encuentros con los demás. Preguntémonos qué veía aquella mujer en Jesús para pasar de una actitud de desprecio e indiferencia a sentirse profundamente atraída por aquel judío que le habla de otra agua, que sacia la sed de vida eterna.

Todo ello nos manifiesta una vida interior de Jesús enriquecida en sus encuentros íntimos con Dios en la oración, donde se le revela como Padre lleno de misericordia y ternura para con todos y de modo especial para los más desposeídos de este mundo.

Pidamos a Dios Padre que nos dé un corazón lleno de compasión y ternura para tantos hijos de Dios y hermanos nuestros a los que nadie escucha ni atiende. Salgamos de nosotros mismos en su búsqueda y mostrémosles, con nuestro testimonio, a ese Dios de ternura y misericordia infinitas en el que nosotros sí creemos.