miércoles, 4 de marzo de 2026

III DOMINGO DE CUARESMA - A

 Juan 4,5-42


En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial.

Era alrededor del mediodía.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:

-Dame de beber.

La samaritana le dice:

-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

Jesús le contestó:

-Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

La mujer le dice:

-Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?

Jesús le contesta:

-El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

La mujer le dice:

-Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

-Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

Jesús le dice:

-Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre.

Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.

La mujer le dice:

-Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo.

Jesús le dice:

-Soy yo: el que habla contigo.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:

-Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

 

COMENTARIO

 «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

¿Qué es lo que fascinó realmente de la persona de Jesús a la samaritana? Una lectura superficial del texto evangélico nos revela los asombrosos descubrimientos que Jesús va haciendo de su vida: «cinco maridos has tenido…». Sin embargo, una lectura pausada y atenta nos desvela lo más importante de aquel encuentro inesperado. Hasta ahora, ningún hombre había salido al encuentro ni hablado a una mujer como ella con aquella delicadeza, con aquel respeto, hasta con ternura; ni siquiera se habría dirigido a ella para pedirle de beber, y menos siendo un judío. Aquel hombre, sin duda profeta, le miraba con verdadero amor: se interesaba por su vida y le ofrecía de beber del manantial de amor que manaba a raudales de su interior.

El diálogo con aquel hombre le hace olvidarse de su cántaro y del agua que venía a sacar del pozo de Jacob. El agua espiritual que proporcionaba aquel profeta era la única que saciaba su sed de amor, hasta ahora no satisfecha con ninguno de los cinco maridos que había tenido, ni con el que convivía sin serlo. Nadie le había hablado así jamás.

En la Samaritana tenemos todo un ejemplo a imitar. Es necesario dejarnos ver por el Señor, que sale a nuestro encuentro en medio de cualquier actividad de nuestra vida; sentirnos acogidos, contarle nuestras inquietudes, abordarle con nuestros interrogantes y permitirle que nos muestre el manantial de amor que brota de su corazón. El miedo no tiene sentido en el encuentro con el Señor. La Samaritana y los grandes santos afirman que su poder de atracción es irresistible. Se trata de sentirse amados por él; se trata de escuchar y no hablar, para descubrir a uno que es más que profeta: Es el amor de Dios derramado en nuestro mundo para saciar la sed de divinidad que tenemos los hombres, reflejados en la Samaritana.

En el relato del encuentro de Jesús con la samaritana, san Juan también nos deja una hermosa lección de pedagogía del encuentro con el otro, con aquel que espera de nosotros una palabra de ánimo y esperanza. Todos –obispos, sacerdotes, catequistas, creyentes– somos invitados a reproducir este encuentro de Jesús con la samaritana en nuestros encuentros con los demás. Preguntémonos qué veía aquella mujer en Jesús para pasar de una actitud de desprecio e indiferencia a sentirse profundamente atraída por aquel judío que le habla de otra agua, que sacia la sed de vida eterna.

Todo ello nos manifiesta una vida interior de Jesús enriquecida en sus encuentros íntimos con Dios en la oración, donde se le revela como Padre lleno de misericordia y ternura para con todos y de modo especial para los más desposeídos de este mundo.

Pidamos a Dios Padre que nos dé un corazón lleno de compasión y ternura para tantos hijos de Dios y hermanos nuestros a los que nadie escucha ni atiende. Salgamos de nosotros mismos en su búsqueda y mostrémosles, con nuestro testimonio, a ese Dios de ternura y misericordia infinitas en el que nosotros sí creemos.

miércoles, 25 de febrero de 2026

II DOMINGO DE CUARESMA - A

 Mateo 17,1-9


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

- Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

- Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y tocándolos les dijo:

- Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

- No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

 

COMENTARIO

 ¡Dios no nos deja en paz! Se diría que se resiste a quedar encerrado en un templo, en nuestra ciudad, en nuestra casa, en nuestro círculo de amigos, en nuestro grupo de creyentes comprometidos o en nuestra comunidad religiosa.

Un buen día le dijo a Abraham que se pusiera en camino: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré». Otro día le dijo a su pueblo predilecto que se pusiera en camino hacia la tierra que había prometido dar a sus padres. Hoy escuchamos el relato evangélico en el que Jesús dijo a Pedro, Santiago y Juan que era hora de bajar de la montaña. Cuando sus discípulos le preguntan dónde vive, les dice que el Hijo del Hombre no tenía un sitio donde reclinar su cabeza, o sea, carecía de hogar estable y confortable, que no se hicieran falsas ilusiones. En una palabra, que Dios no nos deja tranquilos. Se niega a que le moldeemos una imagen y la pongamos en un lugar de la casa para que nos proteja en los momentos difíciles cuando le invoquemos: «No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra» (Ex. 20, 4), porque sabe muy bien que haremos la imagen de un dios que nos convenga, que no nos moleste y esté a nuestro servicio.

Sin embargo, nosotros tenemos la tendencia de construirnos un hogar estable y con todo lo necesario para vivir con cierta comodidad y sin que nadie nos moleste. Buscamos, con esfuerzo y mucho trabajo, cierto bienestar y seguridad, porque luego queremos disfrutar de una bien ganada jubilación: ¡Tenemos derecho a ella! –así decimos.

Pues bien, el Señor nos invita a salir de esa vida tranquila. El Señor hoy nos dice que mientras peregrinamos por la tierra es tiempo de no parar, de moverse, de construir el Reino; que nunca se acaba el programa que nos ha trazado Dios Padre a sus hijos: sigue habiendo pobres sin apenas recursos, inmigrantes que nadie quiere acoger, enfermos necesitados de compañía, ancianos que viven solos, pueblos a los que aún no se les ha anunciado el Evangelio, la buena noticia de Jesús; hay aún demasiada miseria en el mundo, demasiada desigualdad entre los hijos de Dios, demasiada hambre, demasiada ignorancia. San Pablo invita a Timoteo a evangelizar sin descanso según las fuerzas que Dios nos ha dado: «Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios».

¿No sentimos la sensación de que aún somos muchos los cristianos que vivimos tranquilos, acomodados, disfrutando ya de un merecido descanso? ¿No tenemos la sensación de que ya hemos cumplido y que solo nos queda esperar el descanso del cielo que Jesús nos adelanta en la visión de la montaña?

Hoy el Señor nos quiere despertar de esa especie de sueño en el que estamos sumidos. La escena de la montaña es imagen de esa jubilación tan ansiada y buscada. Sin embargo, Jesús nos despierta y dice que hay que bajar de la cumbre, donde se está tan bien. Abajo nos espera una gran tarea: el Reino aún no está totalmente construido, queda mucho por hacer.

No obstante, no temamos; el Señor nos invita a confiar. ¡Adentrémonos en el campo del Reino y pongámonos a sembrar! Es tiempo de siembra.

Nosotros esperamos en el Señor: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti».