miércoles, 20 de mayo de 2026

PENTECOSTÉS-A

 Jn 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

COMENTARIO

«Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo».

San Pablo nos advierte que tan solo podemos evangelizar con acierto cuando nos dejemos llevar por el Espíritu Santo.

Hoy la Iglesia celebra esta festividad, consciente de la importancia clave que tiene la venida del Espíritu en su tarea de evangelización.

Después del acontecimiento vivido tras la muerte del Señor, los apóstoles, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, permanecían en el mismo lugar –nos dice el libro de los Hechos de los apóstoles– en oración, esperando la venida del Espíritu Santo que Jesús había prometido les enviaría el Padre.

Este es el acontecimiento transcendental que marca el inicio de la Iglesia en su labor evangelizadora. Es por esto por lo que los creyentes lo celebramos con particular solemnidad y, con esta fiesta, cerramos los cincuenta días de las celebraciones pascuales: Cristo ha resucitado y él es nuestra salvación.

Pero hay otros mensajes que se unen a este mensaje central de la irrupción del Espíritu en el seno de aquella primitiva comunidad de creyentes, discípulos del Señor.

El salmo 103 nos invita a rezar: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra». En él se nos habla del poder de este Espíritu, capaz de infundir su aliento y dar vida a todas las criaturas, retirar su aliento y volver al polvo –a la nada– toda la creación. El salmista nos invita a alabar y bendecir a Dios por la inmensidad y grandeza de sus obras, que ha puesto en manos de su criatura preferida, el hombre. ¡Qué gran responsabilidad la nuestra cuidar de la creación! El papa Francisco nos invitaba a responsabilizarnos de esta nuestra tarea.

El autor del libro de los Hechos nos cuenta la experiencia vivida por aquel grupo, que perseveraba en la oración esperando la venida del Espíritu prometido. Es una experiencia única que él nos narra con imágenes y palabras que nos den una idea de lo que ellos vivieron en ese momento. Cuando nosotros recibimos la fuerza del Espíritu Santo el día de nuestra confirmación sucede algo similar, aunque no sintamos nada especial que nos permita contar luego nuestra experiencia de forma parecida. La fe nos dice que algo parecido sucede en nuestro interior: El Espíritu Santo desciende sobre nosotros y nos impulsa a dar testimonio de nuestra fe con valentía, como lo hicieron aquellos primeros seguidores de Jesús.

Que nuestra fe renovada en este día tan señalado en el calendario de celebraciones litúrgicas de la Iglesia nos impulse a rezar con el salmista: «Bendice, alma mía, al Señor: Dios mío, ¡qué grande eres!».

miércoles, 13 de mayo de 2026

LA ASCENSIÓN - A

 Mt 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

- Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

COMENTARIO:

Por fin Jesús se va, asciende hasta el Padre, vuelve a casa. Para el último encuentro con sus discípulos los ha convocado en Galilea. Allí precisamente los conoció, fue el primer encuentro con ellos; encuentro que se ha prolongado durante un tiempo y que ha creado lazos de intimidad, de unión inseparable. Aquel pequeño grupo, avisado por las mujeres, se pone en camino hacia Galilea. ¡Allí le verán!

Efectivamente, Jesús sale a su encuentro, se adelanta a Galilea. Algunos aún vacilan, no las tienen todas consigo. Jesús nada les reprocha. Aquel grupo de hombres, de fe frágil, va a ser quien revolucione el mundo. Jesús se fía de ellos, no los abandonará, estará siempre con ellos, les enviará el Espíritu que los entusiasme y les dé valentía.

¿Acaso no nos parecemos a aquel pequeño grupo de discípulos, siempre vacilantes en la fe, en ocasiones desesperanzados, otras veces ilusionados? Sin embargo, siempre el Señor nos apoya y da ánimos desde la casa del Padre. Allí ha ido a prepararnos sitio. Nada nos reprocha; a pesar de nuestras dudas, infidelidades, negaciones, él sigue confiando en nosotros.

Y el Señor nos encomienda una tarea: la misma de los apóstoles. Somos enviados a extender el discipulado por todo el mundo. No nos manda hacer grandes discursos, enseñar doctrina, escribir voluminosos libros de profunda teología sobre él y su doctrina; tan solo que hagamos discípulos, que invitemos a los hombres a ser discípulos del Señor: vivir como él, entregados a los demás, atentos a los que nos necesitan, cuidar de los enfermos, visitar a los presos, acompañar a los que viven en soledad, alimentar a los hambrientos, defender a los inocentes injustamente condenados, perdonar a los pecadores hasta setenta veces siete…, hacer lo que el Maestro hizo mientras estuvo entre nosotros. Esta es nuestra tarea y la de los nuevos discípulos.

Salgamos de la Pascua decididos a vivir como el Señor vivió y a invitar a otros a vivir del mismo modo.