miércoles, 15 de abril de 2026

III PASCUA-A

 Lc 24, 13-35


Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea a donde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Pero él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

COMENTARIO

El relato de Lucas, cuidado al detalle en su descripción y narración, nos pone en contexto inmediato de lo que ha de ser el encuentro eucarístico del primer día de la semana, el domingo.

Hay un primer momento de encuentro grupal: «Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando». Es necesario tomar la iniciativa: ponerse en camino; y además ha de ser en grupo, formando comunidad: dos discípulos, en este caso. Entre ellos comparten su vida, lo que les ha acontecido últimamente y cómo se sienten. Se lo cuentan a Jesús cuando se une a ellos en el camino hacia Emaús.

Parece claro que el sepulcro vacío no demuestra en absoluto que Jesús haya resucitado –para Lucas no cuenta–. Para Lucas lo importante del discipulado es ponerse en camino en grupo, y compartir vivencias y sentimientos; así entiende también la vida de Jesús en su camino de Galilea a Jerusalén. En el camino es el propio Jesús quien toma la iniciativa de caminar con ellos: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Perdidos en sus razonamientos y desalentados, es el propio Jesús –la escucha y meditación del Evangelio para nosotros– quien les ayuda a comprender el sentido de las Escrituras en lo referente a él.

Ahora son los dos discípulos quienes toman la iniciativa e invitan a Jesús a compartir su pan y alojamiento. Jesús acepta y es en el gesto de bendecir el pan y repartirlo cuando se les abren los ojos y le reconocen como resucitado: es en la celebración de la eucaristía cuando experimentan a Jesús vivo; y emprenden el regreso inmediato a Jerusalén al encuentro con la comunidad de discípulos, quienes –deducimos– están también celebrando la eucaristía.

Recopilemos lo que me parece más importante del relato de Lucas:

- La vida cristiana es un camino que recorremos desde el bautismo hasta el encuentro definitivo con Cristo.

- Es importante recorrer el camino en comunidad –«donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20)–, no en solitario.

- Durante el camino la lectura y meditación de las Escrituras nos iluminan y es el propio Jesús quien, por propia iniciativa, se une a nosotros y nos facilita la comprensión de las mismas.

- Finalmente es la comunidad quien suplica a Jesús que se quede con nosotros y nos reparta el pan que compartimos.

- Y en el pan de la eucaristía es el Señor quien nos entrega la vida que él ahora goza como resucitado.

- Esta vivencia nos animará a salir –regresar a Jerusalén– al encuentro de otros para comunicarles nuestra experiencia de vida.

San Lucas quiere decirnos que, aunque no conocimos a Jesús ni recorrimos los caminos de Galilea, la eucaristía hace posible esta experiencia de vida de los primeros discípulos, que recibieron sus enseñanzas y compartieron con él su vida en aquel encuentro camino de Emaús.

miércoles, 8 de abril de 2026

II PASCUA - A

 Jn 20, 19- 3


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

 

COMENTARIO

Juan Pablo II, en la inauguración de su pontificado saludaba a la muchedumbre con estas palabras: No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo. Hoy le contemplamos ya entre nuestros santos. Tal vez sean estas palabras las que hoy necesitemos los creyentes. Estamos muy encerrados en nuestros cenáculos, como los apóstoles después de la crucifixión de Jesús. No nos atrevemos a confesar nuestra fe, nos cuesta reconocer en público que somos creyentes; solo en Semana Santa salimos a la calle a manifestar lo que llevamos en nuestro interior durante el resto del año.

Nuestra fe ha de salir a la calle cada mañana con nosotros (nos lo recordaba el papa Francisco a cada momento), para que el mundo crea que el Señor está vivo entre nosotros, e invitar a creer con nuestro propio testimonio.

San Pedro alababa la fe de aquella primitiva comunidad con estas palabras: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación». Si hoy nos escribiera a nosotros, ¿hablaría así de nuestra fe? ¿Resplandecen nuestros rostros como los de aquellos cristianos de entonces? ¿Hemos alcanzado la meta de nuestra fe? Si así fuera, los que aún no creen se maravillarían de ver nuestros rostros pletóricos de alegría y se preguntarían el porqué. ¿Nos ha preguntado alguien el porqué de nuestra alegría?

Los primeros cristianos eran bien vistos por el pueblo y cada día se agregaban nuevos miembros a aquella comunidad. ¿Somos bien vistos los creyentes hoy? ¿Se agregan nuevos miembros a nuestra comunidad parroquial?

En fin, tal vez los relatos de Lucas y de Pedro sean pura creación literaria, imaginación o un buen deseo: una gran utopía de cara al futuro de la Iglesia. Sin embargo, no creo que sea del todo así, porque hoy sigue habiendo, dentro de la Iglesia, comunidades eclesiales que viven la fe como la idílica comunidad que nos refleja Lucas y el mismo Pedro. Esto quiere decir que es posible vivir así la fe; pero aún son pocas las comunidades contagiosas de la alegría que encierra la vivencia de la fe en el Resucitado.

Hoy es un buen día para pedirle al Padre, por intercesión de san Juan Pablo II que perdamos el miedo a abrir nuestras puertas al Señor Resucitado.

Si nuestro caso es el del apóstol Tomás, que nuestra fe es vacilante, acudamos a Jesús y él la afianzará. Confesaremos con santo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». De todos modos, acojamos siempre con misericordia a aquellos hermanos en la fe que pasan por momentos de inseguridad y duda.