miércoles, 3 de junio de 2026

CORPUS CHRISTI - A

 Juan 6,51-58


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:

- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.

Disputaban entonces los judíos entre sí:

- ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo:

- Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.


COMENTARIO

¿Acaso no nos suenan estas palabras de san Juan tan raras como a aquellos buenos judíos que escuchaban a Jesús? No les cabía en la cabeza semejante enseñanza y hoy podemos decir que una inmensa multitud de cristianos las encuentran desconcertantes, sin sentido, incomprensibles, en el mejor de los casos, poco convincentes porque no aprecian los efectos que produce el alimentarse del cuerpo y sangre del Señor. Tal vez esté aquí la creciente disminución de presencia de cristianos en la eucaristía dominical, y mucho más numeroso es el grupo que no se alimenta con el pan de la eucaristía.

¿Qué les sucede a nuestras eucaristías? ¿Por qué no atraen al pueblo cristiano como en los primeros tiempos del cristianismo? Nos cuenta el autor del libro de los “Hechos de los apóstoles” que en aquellos primeros tiempos sí se reunía el pueblo creyente y, al parecer, salía transformado: rostros alegres, dispuesto a compartir, más hermanados y generosos con todos.

Sin embargo, llegó un buen día en que la Iglesia se vio obligada a imponer el precepto dominical de acudir a misa, de confesar y comulgar al menos una vez al año por Pascua. Resulta evidente que los buenos de los cristianos de aquellos segundos tiempos de la Iglesia ya no entendían las palabras que hoy nos transmite san Juan: no sentían la fuerza interior que aportaba el comulgar el cuerpo y sangre del Señor.

Y en estas estamos hoy todavía, solo que cada vez aumenta el número de los que no entienden casi nada del mensaje eucarístico de san Juan, que no palpan los efectos de la participación en la eucaristía dominical. ‘¡A qué voy a ir a misa si ya no oigo nada!’ –decía un anciano. Tal vez por aquí tengamos que iniciar una reflexión seria de lo que hemos estado haciendo de nuestras eucaristías: lo importante era el sermón de un gran orador, los cantos de una buena coral, el cuidado de los ritos de la celebración litúrgica.

Necesitamos un cambio profundo y cuanto antes.

¿Por dónde debe encaminarse esta transformación? ¿Cómo hacer para que las palabras de san Juan sean atractivas, porque se comprenden y se creen? Hay necesidad de que quienes encuentran vida en la eucaristía nos aporten su testimonio. Los cambios de los ritos son muy secundarios.

De todos modos, hoy es un día de manifestación pública de nuestra fe acompañando el recorrido del Señor Sacramentado por nuestras calles. Pues bien, como en los primeros tiempos del cristianismo, seamos los creyentes quienes llevemos al Señor proyectado en nuestros rostros y en nuestras acciones, para que todos vean que este año el Señor pasea también por nuestras calles y visita los hogares de todos compartiendo alegrías, ayudando a todos, siendo más generosos con los que nos necesitan. Hoy el Señor Resucitado debe transparentarse en nosotros los creyentes. Que nunca falten el alimento necesario y una vida humanamente digna a quienes estén cerca de nosotros.

miércoles, 27 de mayo de 2026

SANTÍSIMA TRINIDAD - A

 Jn 3, 16-18


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 COMENTARIO

 

Hoy la Iglesia nos invita a celebrar a Dios, en quien «vivimos, nos movemos y existimos», como decía el apóstol san Pablo a los atenienses en el Areópago de Atenas. Es el Dios a quien invocamos cuando rezamos, especialmente presente en la Eucaristía y en cada eucaristía; en las personas que nos encontramos a diario, de forma particular en los más necesitados, y en los acontecimientos de la vida. Es el Dios que nos llama a vivir en una unión más consciente con él. Es el Dios totalmente desconocido para tantas personas aún. Estamos llamados a ser testigos de su presencia, aunque no podamos presentar ninguna prueba irrefutable. Cuando hablamos de él, las palabras resultan insuficientes para expresar su misterio. No obstante, hay que hablar de Dios, proclamar su bondad y su grandeza en todas partes.

Es el Dios que el libro del Éxodo nos describe: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34).

Es el Dios al que el profeta Daniel invoca: Bendito eres en la bóveda del cielo, en los abismos, en el templo, en tu trono. Es decir, Dios lo llena todo, lo abarca todo, lo gobierna todo. Es el Dios de nuestros padres, y, por tanto, también nuestro (Dn 3, 52-56).

No es un dios de venganza, ni de guerra; es Dios de amor y de paz (Cor 13, 11-13). «Tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros». Es decir, en la medida en que vivamos en paz y nos amemos los unos a los otros, veremos con mayor claridad a Dios, percibiremos con mayor nitidez la imagen de Dios y la proyectaremos así ante el mundo.

En este día la Iglesia celebra también la Jornada Pro Orantibus, que trata de focalizar la atención en una vocación eclesial tan particular e importante como la vida contemplativa. Ahí están los monasterios por toda la geografía mundial como banderas que nos recuerdan permanentemente que hay otra forma de vivir, vivir solo para Dios, para contemplar su misterio, para adorarlo en el silencio, recordándonos a todos que Dios es lo primero y más importante, que él debe estar en el centro de nuestra vida, y que si Dios está en el centro de nuestro corazón todo lo demás estará en su justo lugar.

Los monasterios de clausura se vacían –nos dicen–, aun así, la vida de clausura sigue generando esperanza. «No es difícil encontrar motivos para la tristeza y la desazón» en la realidad cotidiana. «Amanecemos cada día con noticias de violencia, injusticia, egoísmo, exclusión, pobreza y sinsentido»: Una "percepción amarga" que ha contagiado a las nuevas generaciones, donde «se detectan altas dosis de desmoralización y abatimiento, e incluso un preocupante aumento de suicidios». Frente a estas realidades, la vida contemplativa alienta nuestra esperanza. Hombres y mujeres que «al renunciar al espíritu mundano y entregar radicalmente la vida 'a querer tocar lo grande […], la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor', se convierten en parábola de la esperanza última para la Iglesia y para toda la humanidad».