miércoles, 14 de octubre de 2026

XXIX DOMINGO ORDINARIO - A

 


Mt 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

- Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:

- Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

Le presentaron un denario. Él les preguntó:

- ¿De quién son esta cara y esta inscripción?

Le respondieron:

- Del César.

Entonces les replicó:

- Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.


COMENTARIO

San Pablo da gracias a Dios en sus cartas a los cristianos de las iglesias por donde él ha pasado anunciando el evangelio, porque le han hablado de la actividad caritativa que ha producido aquella fe incipiente, que él dejó; del aguante de la esperanza de aquellos buenos cristianos y del esfuerzo de su amor. Él atribuye esta madurez en la fe a la fuerza del Espíritu.

Jesús, en el relato del evangelio que hoy escuchamos, se duele de los fariseos, porque en ellos, muy al contrario que en los cristianos de Tesalónica, solo hay palabrería, pero les falta la convicción y la fuerza del Espíritu. Efectivamente, Jesús admira a los fariseos por su conocimiento de la ley, posiblemente también por su predicación al pueblo; sin embargo, les acusa de ser sepulcros blanqueados, y al pueblo sencillo le aconseja que sigan su doctrina, pero no su hipocresía en el vivir.

Una vez más Jesús deja en evidencia a los fariseos ante el pueblo. No se presentan ellos directamente ante el Maestro, se hacen representar por medio de unos discípulos para dejar su imagen limpia ante la gente. Su proceder y su pregunta no buscan la verdad, tan solo coger en una trampa a Jesús. La acusación de ‘hipócritas’ es la adecuada a su proceder. La respuesta que da el maestro también es la correcta y no admite réplica: la moneda es del César y debe retornar al César; a su vez la moneda y el César son de Dios, y a Dios han de retornar ambos; pues todo y todos venimos de Dios y a él estamos destinados a volver, como hijos de él que somos. Él es un padre solícito, que cuida de todos sus hijos como un pastor cuida de su rebaño y no permite que nadie le arrebate ninguna de sus ovejas.

Evitemos la actitud de los fariseos, que aparentan lo que no son, y buscan excusas de todo tipo para no aceptar al hijo de Dios. Nuestra actitud ha de ser la de los tesalonicenses: aceptar por la fe al Señor y dar fruto de buenas obras con la fuerza del Espíritu Santo y el ejercicio constante del amor.

Hoy celebramos también la jornada mundial de las misiones –el DOMUND–. El lema de este año, «Uno en Cristo, unidos en la misión», nos invita a ser testigos del evangelio con nuestras palabras y obras, todos unidos, para que la fuerza de nuestro testimonio sea más eficaz.

Este año es un año muy especial porque se celebra el primer centenario de la institución de la jornada por el papa Pío XI. El papa León XIV nos deja este mensaje: «Que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

María, madre de la entrega generosa, llévanos tú a Jesús.

miércoles, 7 de octubre de 2026

XXVIII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 22, 1-14


En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

-El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda". Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda". Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?". El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes". Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

 

COMENTARIO:

Una vez más Jesús se siente rechazado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, o sea, por los pastores del pueblo de Israel. La parábola va dirigida a ellos buscando que recapaciten de su actitud y se conviertan.

Por otra parte, la parábola va dirigida también al resto de los oyentes, entre los que nos encontramos hoy nosotros.

Es una buena nueva la que Jesús nos presenta hoy. Ya no es solo el pueblo de Israel el invitado al banquete de bodas, somos todos sin exclusión alguna: todos somos convocados, llamados. Así pues, debemos sentirnos contentos por ser invitados a formar parte de los comensales del Reino, sea cual sea nuestra situación; tampoco importan nuestras cualidades, nuestra inteligencia, nuestra capacidad o habilidad de trabajo. Hay sitio reservado para todos en el Reino.

La única condición que se nos pone es ir con traje de fiesta. ¿Y quién no va a una boda con traje de gala? A nadie se nos ocurriría, quedaríamos en evidencia ante el resto, pasaríamos gran vergüenza, haríamos el ridículo. Para hacerse este traje de fiesta no se requiere un sastre o modista expertos. El traje, hemos comprendido, es el de las buenas obras, el de la buena acogida de la enseñanza del Señor. Se trata de perfilar nuestro actuar y conformarlo con la Buena Nueva que el Señor nos trae. Se trata de aceptar y creer que el Señor es el Mesías, el Hijo de Dios, el Esperado de las naciones.

Resulta justa la condena del invitado que se presenta sin traje adecuado a la fiesta. No admite excusas.

Así pues, si hemos sido invitados al Reino de Dios, se entiende que hemos de vestirnos el traje que requiere tal invitación. San Pablo nos enseña cómo confeccionar el traje de bodas: Revestíos de todo lo que es verdadero, noble, justo, puro amable, loable, todo lo que es virtud o mérito (Fil 4,8). Este es el traje que debemos llevar.

Santa Teresa de Jesús nos recuerda cómo vestirnos de fiesta para la boda a la que nos invita Dios Padre: «Quien a Dios tiene (se viste de Dios), nada le falta: sólo Dios basta». Y a Dios lo llevamos siempre en nosotros, porque se nos da gratuitamente desde el día en que somos engendrados en su corazón. Mantengamos siempre limpio el traje de hijos de Dios.