miércoles, 27 de mayo de 2026

SANTÍSIMA TRINIDAD - A

 Jn 3, 16-18


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

 COMENTARIO

 

Hoy la Iglesia nos invita a celebrar a Dios, en quien «vivimos, nos movemos y existimos», como decía el apóstol san Pablo a los atenienses en el Areópago de Atenas. Es el Dios a quien invocamos cuando rezamos, especialmente presente en la Eucaristía y en cada eucaristía; en las personas que nos encontramos a diario, de forma particular en los más necesitados, y en los acontecimientos de la vida. Es el Dios que nos llama a vivir en una unión más consciente con él. Es el Dios totalmente desconocido para tantas personas aún. Estamos llamados a ser testigos de su presencia, aunque no podamos presentar ninguna prueba irrefutable. Cuando hablamos de él, las palabras resultan insuficientes para expresar su misterio. No obstante, hay que hablar de Dios, proclamar su bondad y su grandeza en todas partes.

Es el Dios que el libro del Éxodo nos describe: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34).

Es el Dios al que el profeta Daniel invoca: Bendito eres en la bóveda del cielo, en los abismos, en el templo, en tu trono. Es decir, Dios lo llena todo, lo abarca todo, lo gobierna todo. Es el Dios de nuestros padres, y, por tanto, también nuestro (Dn 3, 52-56).

No es un dios de venganza, ni de guerra; es Dios de amor y de paz (Cor 13, 11-13). «Tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros». Es decir, en la medida en que vivamos en paz y nos amemos los unos a los otros, veremos con mayor claridad a Dios, percibiremos con mayor nitidez la imagen de Dios y la proyectaremos así ante el mundo.

En este día la Iglesia celebra también la Jornada Pro Orantibus, que trata de focalizar la atención en una vocación eclesial tan particular e importante como la vida contemplativa. Ahí están los monasterios por toda la geografía mundial como banderas que nos recuerdan permanentemente que hay otra forma de vivir, vivir solo para Dios, para contemplar su misterio, para adorarlo en el silencio, recordándonos a todos que Dios es lo primero y más importante, que él debe estar en el centro de nuestra vida, y que si Dios está en el centro de nuestro corazón todo lo demás estará en su justo lugar.

Los monasterios de clausura se vacían –nos dicen–, aun así, la vida de clausura sigue generando esperanza. «No es difícil encontrar motivos para la tristeza y la desazón» en la realidad cotidiana. «Amanecemos cada día con noticias de violencia, injusticia, egoísmo, exclusión, pobreza y sinsentido»: Una "percepción amarga" que ha contagiado a las nuevas generaciones, donde «se detectan altas dosis de desmoralización y abatimiento, e incluso un preocupante aumento de suicidios». Frente a estas realidades, la vida contemplativa alienta nuestra esperanza. Hombres y mujeres que «al renunciar al espíritu mundano y entregar radicalmente la vida 'a querer tocar lo grande […], la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor', se convierten en parábola de la esperanza última para la Iglesia y para toda la humanidad».

miércoles, 20 de mayo de 2026

PENTECOSTÉS-A

 Jn 20, 19-23


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

 

COMENTARIO

«Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo».

San Pablo nos advierte que tan solo podemos evangelizar con acierto cuando nos dejemos llevar por el Espíritu Santo.

Hoy la Iglesia celebra esta festividad, consciente de la importancia clave que tiene la venida del Espíritu en su tarea de evangelización.

Después del acontecimiento vivido tras la muerte del Señor, los apóstoles, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, permanecían en el mismo lugar –nos dice el libro de los Hechos de los apóstoles– en oración, esperando la venida del Espíritu Santo que Jesús había prometido les enviaría el Padre.

Este es el acontecimiento transcendental que marca el inicio de la Iglesia en su labor evangelizadora. Es por esto por lo que los creyentes lo celebramos con particular solemnidad y, con esta fiesta, cerramos los cincuenta días de las celebraciones pascuales: Cristo ha resucitado y él es nuestra salvación.

Pero hay otros mensajes que se unen a este mensaje central de la irrupción del Espíritu en el seno de aquella primitiva comunidad de creyentes, discípulos del Señor.

El salmo 103 nos invita a rezar: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra». En él se nos habla del poder de este Espíritu, capaz de infundir su aliento y dar vida a todas las criaturas, retirar su aliento y volver al polvo –a la nada– toda la creación. El salmista nos invita a alabar y bendecir a Dios por la inmensidad y grandeza de sus obras, que ha puesto en manos de su criatura preferida, el hombre. ¡Qué gran responsabilidad la nuestra cuidar de la creación! El papa Francisco nos invitaba a responsabilizarnos de esta nuestra tarea.

El autor del libro de los Hechos nos cuenta la experiencia vivida por aquel grupo, que perseveraba en la oración esperando la venida del Espíritu prometido. Es una experiencia única que él nos narra con imágenes y palabras que nos den una idea de lo que ellos vivieron en ese momento. Cuando nosotros recibimos la fuerza del Espíritu Santo el día de nuestra confirmación sucede algo similar, aunque no sintamos nada especial que nos permita contar luego nuestra experiencia de forma parecida. La fe nos dice que algo parecido sucede en nuestro interior: El Espíritu Santo desciende sobre nosotros y nos impulsa a dar testimonio de nuestra fe con valentía, como lo hicieron aquellos primeros seguidores de Jesús.

Que nuestra fe renovada en este día tan señalado en el calendario de celebraciones litúrgicas de la Iglesia nos impulse a rezar con el salmista: «Bendice, alma mía, al Señor: Dios mío, ¡qué grande eres!».