miércoles, 1 de julio de 2026

XIV DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 11, 25-30


En aquel tiempo, exclamó Jesús:

- Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

 

COMENTARIO

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla».

Jesús comienza hoy diciendo que da gracias al Padre porque le ha parecido bien dar a conocer lo importante a los sencillos, a los que carecen de inteligencia y ciencia, a los que carecen de medios económicos e influencias para conseguir el bienestar y, con él, la felicidad y el descanso.

En nuestro mundo los sabios y entendidos gozan de mayor prestigio y honores; ocupan los primeros puestos en la sociedad, en la política y también en la Iglesia. Pues bien, a estos el Padre no ha querido manifestarles lo que verdaderamente importa, lo que nos acerca a Dios Padre y trae la felicidad.

Nosotros nos inclinamos por los “sabios y entendidos”, precisamente porque saben y tienen experiencia, y les elegimos en las asambleas y en las elecciones. De los “sencillos”, por ser pobres e ignorantes no nos fiamos lo más mínimo, ni les miramos a la cara, ni tan siquiera les saludamos, porque consideramos que no tienen nada que darnos.

Pues bien, que nos quede claro que el Padre ha preferido a los necios del mundo para confundir a los “sabios y entendidos”.

La oración de alabanza de Jesús es de reconocimiento de la forma de obrar del Padre, que es la mejor y que el propio Jesús hace suya, convierte en su proyecto de vida.

La pregunta es obvia: ¿A quién preferimos nosotros para nuestros planes? ¿Nos podemos considerar verdaderos discípulos de Jesús?

 «Venid a mí todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». ¿Quién no está cansado y agobiado en nuestros días? ¡Son tantas las necesidades que tenemos y nos creamos! ¡Son tantas las preocupaciones y problemas que nos despiertan cada mañana antes de lo esperado, que no conseguimos descansar por la noche! Es tal nuestra tensión de vida que nos proponemos unas cortas vacaciones, con el fin de desconectar de la vida ajetreada que llevamos; sin embargo, con frecuencia sucede que regresamos a nuestra vida ordinaria tan cansados como fuimos. Jesús se nos ofrece como descanso y alivio en su palabra y en la eucaristía.

Finalmente, Jesús se nos propone como ejemplo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

Acerquémonos a Jesús, aprendamos de él, vayamos a su escuela. San Lucas nos dice que pasaba las noches en oración y diálogo con el Padre. San Marcos asegura que madrugaba para retirarse a un lugar apartado para orar. En los monasterios de vida contemplativa, tan poco valorados por nuestra sociedad, podemos acercarnos a la escuela de oración y contemplación de Jesús.

En la eucaristía dominical nos encontramos con Jesús, manso y humilde y con otros creyentes que han encontrado ya el camino acertado o que están a la búsqueda de él. Acudamos cada domingo a participar en ella.

miércoles, 24 de junio de 2026

XIII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mateo 10, 37-42


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

 

COMENTARIO

En el texto bíblico de la primera lectura de hoy llama la atención la forma misteriosa de actuar de Dios a través de los acontecimientos humanos más sencillos de nuestra vida.

La mujer que atiende al profeta Eliseo no ha pedido nada al profeta a cambio de su generosa y desprendida acogida. Podemos decir que es esta la disposición que Dios Padre espera de nosotros: una total confianza en él, sentirnos completamente amparados y protegidos en todo momento. Dios Padre no se olvida de sus hijos y nos concede aún aquello que no nos atrevemos a pedir –leemos en la Biblia.

Esta ha de ser nuestra actitud en la oración de petición a Dios Padre. La mujer del relato del Libro de los Reyes se muestra totalmente confiada en Dios. Es consciente de la protección de Dios en su vida, a pesar de no haberle concedido un hijo, como cualquier mujer israelita deseaba y esperaba, para no sentirse maldita y abandonada por Yahvé, su dios. Ella no pide nada, se siente completamente feliz con lo que es y tiene.

Dios Padre no puede hacer más de lo que ya está haciendo por cada uno de nosotros. Solo desde esta actitud humilde y confiada es desde donde podemos iniciar nuestra plegaria de petición, expresar a Dios Padre nuestros deseos y necesidades. Es muy humano desahogarnos ante Dios, manifestar nuestras dudas y preocupaciones porque a veces nos da la sensación de no ser escuchados. Dios Padre nos comprende.

La mujer sunita se nos presenta como modelo de oración. Se despreocupa de sí misma y está atenta tan solo a atender a aquel profeta, en el que ve a un hombre de Dios. Y es precisamente desde esta actitud desde donde Dios no se deja ganar en generosidad.

La catequesis que nos ofrece el evangelista san Mateo en el texto evangélico de hoy camina en esta misma línea.

«El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo». La mujer que acoge al profeta Eliseo lo hace por ver en él a un enviado de Dios, no por ser profeta o por ser santo, que esto es lo que significa “justo”.

«El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Así pues, cuando atendamos al necesitado seamos conscientes de que es a un hijo de Dios a quien atendemos, que es el mismo Jesús quien está llamando a la puerta de nuestra generosidad. Nuestra acción no quedará sin recompensa por pequeña que sea.

En la eucaristía celebramos la entrega total de Jesús al Padre. Hagamos nosotros lo mismo. No quedaremos sin recompensa –nos asegura Jesús.