miércoles, 17 de junio de 2026

XII DOMINGO ORDINARIO - A

 Mateo 10, 26-33


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que todos los gorriones juntos.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

 

COMENTARIO

Rezamos en el salmo 68 de hoy con las palabras del salmista: «Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu compasión, vuélvete hacia mí».

Todos hemos vivido experiencias de dolor, momentos de preocupación y, en muchos casos, de impotencia ante una enfermedad incurable o ante la muerte de algún ser querido. Tal vez, nos hemos podido sentir abandonados hasta por el mismo Dios. «No comprendo y me cuesta creer en un Dios, que me aseguran es Padre bondadoso y compasivo y calla ante el sufrimiento de tanta gente inocente». Afirmaciones parecidas a esta hemos escuchado y sentido la tentación de hacerla propia.

Estas oraciones de angustia y desolación las encontramos con frecuencia en los salmos. Y quienes se dirigen a Dios quejándose amargamente de situaciones dolorosas con las palabras del salmista de hoy no son menos creyentes que el resto. Estas plegarias están ahí en el libro de los salmos y forman parte de la plegaria de la Iglesia. Las podemos y debemos usar en nuestra oración. Al mismo papa Francisco le escuchábamos palabras parecidas ante situaciones de guerra en Ucrania y otros países, o ante la tragedia de tantos barcos de inmigrantes hundidos en el mar. Él también expresaba su confianza en Dios y nos animaba a confiar nuestro dolor en las manos de Dios y de María Santísima.

Dios Padre no se sorprende por nuestro grito de dolor y de decepción por no sentirnos escuchados por él. El evangelista Mateo (Mt 27, 47) pone en boca de Jesús, en el momento de agonizar en la cruz, palabras del salmo 22, que expresan su más hondo sentimiento: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al final, Jesús, al igual que el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy, termina su plegaria confiando totalmente en Dios su Padre: «Alabad al Señor que libera la vida del pobre» (Jeremías). «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Jesús) (Lc 23, 46).

Sin embargo, el mensaje de las lecturas de hoy se centra principalmente en la necesidad imperiosa de que el mundo conozca la verdad, aunque cueste ser mensajero de noticias que no agradan al mundo, porque delatan las injusticias, el abandono del hermano que pasa necesidad o es víctima de la opresión. El profeta –todos nosotros lo somos–  tiene que tener la valentía de denunciar estas situaciones, que el corazón de un Dios, Padre de todos, no puede permitir. Dios Padre quiere la felicidad de todos y cada uno de sus hijos, y nos insta a vivir como hermanos, preocupándonos los unos de los otros, con especial interés por los más necesitados.

Las palabras finales del evangelio de hoy son imperiosas y, al mismo tiempo, esperanzadoras. Después de invitar a sus discípulos a la confianza total en Dios, termina con firmeza: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Y declararse por Jesús es apoyar al pobre, defender al que sufre injusticias y denunciar al opresor.

Seamos profetas valientes de la Buena Noticia de Jesús. Jesús nos recomendará ante Dios su Padre.

miércoles, 10 de junio de 2026

XI DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 9, 36-10, 8


En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:

«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:

«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

 

COMENTARIO

El evangelio de este domingo inicia el discurso apostólico de Jesús. En él presenta una síntesis de lo que es su proyecto del Reino. Esta síntesis nos sirve a los creyentes, a los seguidores de Jesús, para identificar nuestra vocación, la llamada de la entera comunidad cristiana en nuestro mundo actual.

La comunidad eclesial y cada miembro en particular se siente llamado a participar y comprometerse con el proyecto de Jesús. Se trata del proyecto de construcción del Reino, sin caer en la tentación de preocuparse cada uno por sus intereses personales o de grupo particular.

La fe nos invita a una experiencia personal vivida en la comunidad cristiana. Y la medida apropiada de esta experiencia no es la eficacia inmediata de la acción, sino la fidelidad a la voluntad de Dios.

El evangelio de hoy nos traza unas líneas de acción, fijándonos en el modo de proceder del propio Jesús.

Jesús parte de la observación del entorno en el que se mueve y nos presenta una imagen desoladora y fácil de entender: ovejas abandonadas, extenuadas, desorientadas, sin un guía.

Jesús no dice a sus apóstoles que, cuanto antes, se dispersen por todo el mundo y anuncien el evangelio. No es la prisa el mensaje de Jesús, sino asimilar su proyecto de salvación, hacerlo propio, vivirlo y por sí mismo se propagará: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel».

¿En qué consiste el proyecto del Reino que debemos anunciar y realizar? No es una tarea de culto religioso, de ceremonias litúrgicas, se trata de una labor humanitaria: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios». Y les advierte contra el defecto que estamos aún muy lejos de corregir en la Iglesia: la codicia. «Gratis habéis recibido, dad gratis». Dios Padre es pura gratuidad, vaciedad total de amor, y quiere que sus hijos seamos igual que él.

Además, nos da plena autoridad, todos los poderes necesarios para combatir el mal: «Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia». ¿Quién no se anima así a tomar parte de este proyecto de salvación?

Todos somos invitados: en los doce apóstoles estamos representados todos, sin exclusión de creyentes y no creyentes, de buenos y malos: ni siquiera es excluido Judas Iscariote, que le traicionó al final.

Finalmente nos invita a la oración, motor de toda nuestra actividad pastoral: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».