Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma-IV-C. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma-IV-C. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de marzo de 2025

IV DOMINGO DE CUARESMA - C

 Lc 15- 1-3.11-32


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

-Ese acoge a los pecadores y come con ellos.

Jesús les dijo esta parábola:

- Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando lo suyo, emigró a un país lejano y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se puso en camino a donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile; y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y se negaba a entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.


COMENTARIO

¿Quién no se ha conmovido alguna vez escuchando este pasaje del evangelio de san Lucas? Creo que este texto no necesita explicación alguna, sino que debe ser objeto de meditación. ¡Qué bien haríamos si en este domingo, en lugar de hacer una reflexión sobre el perdón, nos tomáramos un tiempo de silencio y de oración! No obstante, ofrezco una pequeña historieta que nos puede ayudar a fijar nuestra atención en el mensaje fundamental que nos deja.

Cuenta una leyenda que había llegado el mundo a su final. A las puertas del cielo fueron llegando de todos los rincones del mundo: de todas las razas, creencias y hasta los que dicen no creer en nada ni en nadie, fuera de lo que está al alcance de la percepción y ciencia humanas. Comienzan a impacientarse unos y otros porque Dios Padre no acababa de hacer acto de presencia para el Juicio Final. De pronto se corre la voz de que Dios Padre va a dejar entrar a todos en el Paraíso: esta noticia alegra de manera especial a los pecadores empedernidos y a los no creyentes. Y he aquí que surge un ligero murmullo que pronto cambia en comentarios de indignación y protesta: ‘¡Tantos años de privaciones, de rezos, de buenas acciones…, total para nada!’. ‘¡Ah, ni hablar, yo con ese, con aquel otro y con esa…no entro en el Paraíso!’ Y de pronto se abrieron las puertas del cielo y quedaron abiertas para siempre… Tan solo los que no fueron capaces de perdonar, olvidar… no entraron, porque ellos mismos no quisieron aceptar la compañía de los que consideraban inferiores en méritos. Algo similar le pasó al hijo mayor del evangelio de San Lucas: se excluyó a sí mismo del banquete de fiesta.

¡Con cuánta frecuencia representamos el papel del hijo mayor de la parábola! Tantos años de fidelidad, así lo creemos, y ahora que nos vengan con esta historia de un padre que perdona siempre, que no pone condiciones, que no exige nada a cambio, que sencillamente se conmueve al ver al hijo que creía perdido para siempre y le abre sus brazos de padre y madre al mismo tiempo. Nada pide este padre a cambio de tan tierna y generosa acogida.

Pensad qué mal hemos interpretado, en la Iglesia, esta parábola de san Lucas, insertada en su evangelio. ¡Cuántas condiciones hemos puesto en la Iglesia para perdonar! ¡Cuántas aún seguimos exigiendo para obtener el perdón!

Pedro le pregunta a Jesús, ¿hasta cuándo debo perdonar?, ¿tal vez hasta siete veces? La respuesta la sabemos bien: hasta setenta veces siete, es decir, siempre. Si sabemos la respuesta, ¿Por qué no ponemos este mandato del Señor en práctica?

Ahora podemos hacernos esta sencilla reflexión: Pues que comience la Iglesia. Pero es que la Iglesia somos todos, no solo el papa, obispos y sacerdotes. La Iglesia la formamos todos los cristianos. La Iglesia cambiará en la medida en que cada uno de sus miembros cambie de actitud. Somos cada uno de nosotros los que tenemos que cambiar nuestro corazón demasiado lleno de envidia, de odio y de rencor, incapaz de olvidar.

Que Dios, Padre lleno de entrañas de misericordia, transforme nuestro corazón de piedra en un corazón misericordioso y tierno. Abramos siempre nuestros brazos a quien nos ha ofendido; es más, salgamos a su encuentro cada día, como el padre de la parábola.

jueves, 3 de marzo de 2016

IV DOMINGO DE CUARESMA - C

LIBRO DE JOSUÉ 5, 9a.10-12
En aquellos días, el Señor dijo a Josué:
- Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron el fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas.
Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

COMENTARIO

Las promesas de Dios a Abraham y a sus descendientes comienzan a ser realidad. El pueblo ha llegado a la tierra prometida. Guilgal es un adelanto de la promesa y con el rey David, llegará a su culmen. Así pues, Dios cumple sus promesas. El pueblo ahora celebra la primera pascua en la tierra prometida de la que toma posesión. A partir de ahora desaparece el maná que cada mañana Dios les preparaba para su sustento diario; ahora es el pueblo quien disfrutará de los frutos de la tierra que consiga con su esfuerzo. Comienza una nueva historia de fidelidad a Dios.
¿Qué nos aporta a nosotros este texto?
En primer lugar, que Dios es fiel y cumple sus promesas de salvación, a pesar de nuestras continuas infidelidades; no obstante, Dios siempre espera nuestro retorno para darnos nuevamente su abrazo paternal.
Por otra parte, Dios espera de nuestro esfuerzo y trabajo la colaboración para construir el reino que inauguró su hijo en la tierra. Deja de suministrarnos el ‘maná’, porque cuenta con nuestro empeño.
También Dios Padre espera de nosotros fe ciega en él, confianza plena en que nunca nos dejará de su mano: Nos ha llevado en volandas a la ‘tierra prometida’; ahora espera de nosotros que nos pongamos a caminar por nuestra cuenta, sin dejarnos por ello de su mano.
Para los casos de mayor olvido y abandono de la casa paterna ha insertado en nuestro ‘disco duro’ un ‘chip’ que nos orienta siempre hacia Dios Padre y restaura nuestro sistema operativo, que nos permite reiniciar nuestra historia una y otra vez, hasta ‘setenta veces siete’. La parábola del hijo pródigo es la prueba de ello.
***********

jueves, 7 de marzo de 2013

IV DOMINGO DE CUARESMA - C

SEGUNDA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS 5, 17-21

Hermanos:
El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

COMENTARIO:

Lo antiguo ha pasado y ha comenzado lo nuevo –asegura san Pablo. ¿Qué es lo nuevo y qué es lo viejo? Entiendo, que en consonancia con el texto del evangelio que escuchamos en este domingo, lo viejo es la Ley del Talión: ‘Ojo por ojo y diente por diente’; en cambio lo nuevo, es el perdón incondicional a todos, incluidos los enemigos.

En la comunidad cristiana de Corinto parece que esta novedad, que les recuerda Pablo, no acaban de asimilarla: el perdón sin exigir el rendimiento de cuentas no se acepta sin más ni más.

¿Será que Dios Padre, con el transcurso del tiempo, se vuelve menos misericordioso que en los tiempos de Jesús? El padre que abraza al hijo que regresa a casa no le deja pronunciar palabra, no le escucha, simplemente lo abraza y organiza una fiesta.

Por si hemos entendido mal el evangelio de Lucas, san Pablo sale al paso y afirma que Dios envió a su hijo al mundo para reconciliarlo sin pedirle cuentas de sus pecados.

Hay más, por si alguno se cree con el derecho de poner límites al perdón generoso de Dios Padre, san Pablo afirma que Cristo, el Señor, el Hijo de Dios, ha confiado a la Iglesia el mensaje de la reconciliación; nada dice de anunciar el castigo de Dios. Podemos concluir que somos nosotros mismos los que nos excluimos del abrazo reconciliador del Padre; pues tenemos la libertad de arrojarnos en los brazos acogedores del Padre o de rechazarlos.

Finalmente, acoger el mensaje de la reconciliación es estar dispuestos a perdonar siempre y perdonar de corazón, pues si no perdonamos tampoco Dios Padre nos perdonará a nosotros –dice el propio Jesús.
*********