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miércoles, 28 de enero de 2026

IV DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 5, 1- 12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

 

COMENTARIO

 El evangelista Mateo nos describe maravillosamente la escena que da lugar al Sermón de las Bienaventuranzas. Al ver Jesús una gran multitud, se coloca en un lugar visible y, sin más, se pone a enseñar. Sin embargo, tan solo sus discípulos se acercan a escucharlo; el resto se mantiene a cierta distancia.  San Mateo no explicita más, pero nos imaginamos la escena que se produce a continuación: paulatinamente se acercan algunos curiosos, se añaden al grupo de oyentes quienes se sienten identificados con lo que dice, los que encuentran palabras de consuelo o de ánimo, y no faltan los que buscan encontrar alguna razón para denunciarle ante las autoridades. Por momentos crece el número de los que se sienten a gusto a su lado, porque escuchan palabras de misericordia, compasión, ánimo y cierta esperanza.

A Jesús se le conmueven sus entrañas llenas de misericordia ante aquellas gentes sencillas abandonadas de sus guías religiosos y de sus semejantes, y desgrana pausadamente sus palabras:

Dichosos los pobres: los que son felices aun sin tener nada; los que comparten lo mucho o poco que poseen; los que se les agota el sueldo antes de final de mes y no pierden la alegría ni la confianza en Dios Padre, quien embellece los lirios del campo y alimenta las aves del cielo; los que agradecen, a la puerta del templo o en la acera de la calle, la mísera limosna recibida; los que no acaparan, sino que reparten con largueza.

Dichosos los que lloran: quienes no encuentran consuelo a sus penas, quienes derraman lágrimas de soledad y abandono, quienes lamentan la pérdida de un ser querido en silencio y se ponen en manos de Dios Padre, quienes sufren el azote de la guerra, de la miseria, del hambre, de la enfermedad incurable y lloran a mares porque no ven una luz de esperanza.

Dichosos los sufridos: los ascetas, los que aguantan lo inaguantable, los que dominan sus arranques de ira, los que no se rebelan con violencia ante la injusticia de los otros. Estos serán los reyes de la tierra.

Dichosos los que esperan que les hagan justicia y pasan los días y no llega el momento; el Padre saciará su hambre y apagará su sed.

Dichosos los misericordiosos: los compasivos, los que siempre encuentran una palabra de perdón y disculpa, los que se apiadan del indigente y encuentran la felicidad acogiendo a los pobres y pecadores; el Padre les dará el perdón de sus culpas.

Dichosos los limpios de corazón: los que no ven segundas intenciones, los sinceros y sencillos, los que encuentran alegría deseando el bien a todos incluso a sus enemigos, los que no albergan odio en su pecho, los que solo ven la bondad de sus semejantes. Estos están preparados para ver a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz: quienes no buscan motivos de discordia, quienes no ven la paja en el ojo ajeno, quienes no incordian, quienes buscan eslabones de unión, quienes hacen de mediadores, quienes se interponen en medio de un conflicto para contenerlo. Estos son imagen de Dios Padre, quien hace lucir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos.

Y dichosos nosotros cuando nos insulten, nos calumnien y nos persigan, porque seguimos este programa que el Maestro proclamó con toda solemnidad en la montaña ante sus discípulos expectantes y el asombro del gentío en la distancia.

jueves, 26 de enero de 2017

IV DOMINGO ORDINARIO - A

1ª CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 1, 26-31
Queridos hermanos:
Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría, de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así -como está escrito-: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

COMENTARIO

Dios lleva a cabo su proyecto de salvación de la humanidad desde la indigencia, desde la pobreza, desde la ignorancia, desde la incapacidad humana más extrema. Esta es la idea que desea transmitir Pablo a la comunidad de Corinto.
Aquí nos ofrece una descripción de la situación social y humana de aquel grupo de creyentes que forman la pequeña comunidad de Corinto. En esta comunidad no parece haber grandes intelectuales, filósofos, matemáticos; ni hay grandes estrategas, ni siquiera pueden presumir de grandes sabios ni dirigentes religiosos.
Pues bien, Pablo intenta convencerles que es desde aquí desde donde puede palparse con mayor claridad que la obra salvadora de Cristo se realiza desde la cruz, es decir, desde la imposibilidad de intervenir humanamente, pues quien está clavado en la cruz está incapacitado para actuar. La salvación nos viene de Dios, es obra del Padre, que quiere que todos sus hijos estén siempre a su lado.

Así pues, no hay motivo para presumir de las palabras ni de las obras de los guías de la comunidad creyente, como si ellos fueran los actores de nuestra santificación; porque la salvación nos viene del Señor: su cruz se ha convertido en signo de sabiduría y de santificación. Desde la cruz, desde la incapacidad de actuar, comprendemos que todo es obra de Dios, que es quien realmente nos hace santos.
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