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miércoles, 23 de octubre de 2024

XXX DOMINGO ORDINARIO - B

 Mc 10, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

-Hijo de David, ten compasión de mí.

Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

-Hijo de David, ten compasión de mí.

Jesús se detuvo y dijo:

- Llamadlo.

Llamaron al ciego diciéndole:

- Ánimo, levántate, que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

- ¿Qué quieres que haga por ti?

El ciego le contestó:

- Maestro que pueda ver.

Jesús le dijo:

- Anda, tu fe te ha curado.

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


COMENTARIO

Hoy el evangelio de Marcos nos habla del ciego de Jericó y de otros ciegos también. San Marcos insinúa que son muchos los ciegos que no sienten necesidad de ver porque ignoran que exista la luz más allá de su ceguera. Jesús ha pasado por Jericó y tan sólo un grupo, de entre los numerosos habitantes de la urbe, advierte que un personaje de excepción pasa por aquella gran ciudad. Este grupo de curiosos, que le observa de cerca, oye sus palabras y está atento a ver si el Maestro realiza alguno de aquellos signos prodigiosos de los que sin duda ya han oído hablar. Únicamente uno al borde del camino, ya a la salida de Jericó, a la que podemos llamar “La ciudad de los ciegos”, aprecia su presencia en todo lo que vale, precisamente uno que no ve y que reconoce su ceguera. Los que van alrededor de Jesús y los que quedan en Jericó son también ciegos, pero, a diferencia del ciego del camino, no son conscientes de su ceguera –son doblemente ciegos–, y por ello seguirán en la oscuridad tras el paso del Señor.

Sin duda que san Marcos quiere hacer entender a sus lectores que el Señor pasa cada día por nuestras vidas preguntándonos: «¿Qué quieres que haga por ti?». Es importante situarse al borde del camino, reconociendo nuestra ceguera. Luego se necesita reiteración y constancia en la súplica: Dios Padre se complace en la insistencia de nuestras peticiones; no hay que dejarse vencer por el cansancio. La Biblia nos muestra multitud de casos en que Yahvé se hace de rogar y se lamenta de la poca paciencia y constancia de su pueblo. Jesús, buen conocedor de las Sagradas Escrituras y que habla, en la intimidad de la oración, con el Padre, nos anima a orar sin desfallecer.

El papa Francisco nos anima a suplicar como el ciego de Jericó, que grita más que los que quieren hacerle callar para que no moleste al Maestro. Porque el mismo Jesús –nos recuerda el Santo Padre– nos ha enseñado a orar como “el amigo fastidioso” a medianoche, o como “la viuda con el juez corrupto”, quien termina haciéndole justicia, «para que no siga viniendo a importunarlo». Concluye el Señor: «Prestad atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a él día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les hará justicia sin tardanza» (Lc 18, 1-8). Rezar –dice el papa– «es molestar a Dios, atraer los ojos y el corazón de Dios hacia nosotros». 

En resumen, Dios Padre no puede perdonar nuestro pecado si no nos reconocemos pecadores ni vemos nuestras miserias, situándonos al borde del camino en actitud de súplica y no entre la multitud de los que se creen justos y satisfechos; porque si no nos sentimos pecadores, ¿de qué le vamos a pedir perdón al Señor?; y si estamos satisfechos con lo que tenemos y no aspiramos a más, ¿qué más le vamos a pedir si ya lo tenemos todo?

Señor, somos ciegos y sentimos necesidad de vida eterna. Perdona nuestra soberbia y nuestra autosuficiencia. Que sintamos siempre sed de perdón y de felicidad eterna.

miércoles, 21 de octubre de 2015

XXX DOMINGO ORDINARIO - B

Libro del profeta Jeremías (31, 7-9)
Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob. Regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y bendecid. El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del Norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos. Una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano que no tropezarán. Seré un padre para Israel.

COMENTARIO

Este texto se puede entender como una invitación a Judá para que reciba con alegría de hermano a Israel, que regresa del exilio. A la par que Isaías, también este profeta interpreta el retorno del destierro como una nueva salida de Egipto. En el retorno se invita al regocijo: proclamad, alabad y bendecid. A pesar de la exhortación al júbilo, la escena queda impregnada del dolor e indigencia de los peregrinos: entre ellos hay ciegos y cojos.
Ahora proyectemos esa escena y hagamos un paralelismo con la marcha de los refugiados que caminan hacia Europa. Se nos antoja que la Biblia tiene mucho que aportar y que somos nosotros los creyentes quienes debemos ser conscientes de ello y hacer conscientes a los demás: denunciar y actuar.
Nosotros representamos el papel de Judá. Se nos invita a recibir con alegría de hermanos a los que vienen soñando en una Tierra Prometida. Nos imaginan con los brazos abiertos de hermanos, que aliviarán su sufrimiento y compartan una parte de su bienestar. Una avanzadilla ya se ha adelantado a auxiliarlos con comida, ropa, medicinas…; estos son, así queremos imaginar, quienes les animan a alegrarse por el final feliz de su penoso camino.
¿Qué es lo que encuentran al llegar a  Europa (Tierra Prometida)? Estos días la primera página de la prensa nos muestra una imagen de una multitud anónima caminando penosamente: con esperanza al comienzo del itinerario, pero con el transcurso de los días, cansados, desilusionados; tal vez aún les quede un rescoldo de esperanza a muchos de ellos; en último término, la opción de volverse atrás se nos antoja imposible.
¿Qué les ofrecemos nosotros, supuestamente hermanos suyos? ¿Los recibimos como Judá recibiría a Israel?: Tendréis cánticos como en la noche en que celebráis la fiesta, y alegría de corazón como cuando uno marcha al son de la flauta, para ir al monte del Señor, a la Roca de Israel (Is.30, 29). Desde luego, la imagen de esos refugiados atravesando Eslovenia y escoltados por la policía y el ejército nos hace pensar que no en todos los sitios se les recibe con júbilo. Queda muy lejos esta imagen, de la que describe el profeta Isaías o de la del Padre que recibe al hijo pródigo del evangelio de San Lucas (Lc. 15, 11-32). Más bien la imagen vista en los medios de comunicación de estos últimos días nos rememora la imagen de tiempos que creíamos superados: la marcha de los judíos hacia los campos de exterminio nazi –a juicio de algún periódico de esta semana pasada.
Los creyentes no nos tenemos que dejar llevar por la corriente de xenofobia que pueda darse en nuestro mundo occidental. No es fácil remar contra corriente, pero ahí están los innumerables ejemplos de voluntariado, creyentes y no creyentes; sencillamente gentes de corazón grande, que se conmueven ante tanta miseria humana. A este ejército debemos incorporarnos también nosotros. El Señor camina a nuestro lado, en medio de esa incontable muchedumbre, pidiendo angustiado nuestra ayuda.
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jueves, 25 de octubre de 2012

XXX DOMINGO ORDINARIO - B

CARTA A LOS HEBREOS 5, 1-6

Hermanos:
Todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón.
Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de Sumo Sacerdote: sino Aquel que le dijo:
- Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
O como dice otro pasaje de la escritura:
- Tú eres Sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

COMENTARIO

Cristo fue constituido por el Padre en Sumo Sacerdote, no se confirió a sí mismo tal dignidad. Él murió en la Cruz y nos rescató de nuestros pecados.
Cristo, el Señor, guarda gran similitud con los sumos sacerdotes de la Antigua Alianza: El autor de la carta a los hebreos quiere dejar clara la similitud, pero también destaca su diferencia. Cristo, aun siendo el hijo de Dios, comparte nuestras debilidades, a excepción del pecado, y por ello las comprende, adoptando una actitud de compasión y misericordia hacia los pobres, los enfermos, los desheredados del mundo, y también hacia los pecadores. Él se ofrece a sí mismo en sacrificio por la salvación de los pecadores.
La contemplación de esta imagen del Hijo de Dios nos ha de mover al agradecimento por tan gran generosidad de Dios Padre para con nosotros.
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