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miércoles, 12 de noviembre de 2025

XXXIII DOMINGO ORDINARIO - C

 Lc 21, 5-19


En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:

-Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.

Ellos le preguntaron:

-Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

Él contestó:

-Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "el momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.

Luego les dijo:

-Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

 

COMENTARIO:

«Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal?».

Los discípulos están más interesados por el “cuándo” y el “cómo” que por el mensaje de Jesús: «Todo será destruido». El grandioso templo de Jerusalén, en el que el pueblo judío se sentía protegido y escuchado por Yahvé va a ser totalmente destruido, y para siempre. El lugar del culto a Dios ya no va a ser el Templo; así dice Jesús a la Samaritana junto al pozo de Siquem: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…). Los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Jn 4, 23).

¿Qué veía el Señor en aquel templo, tan deslumbrante a los ojos del buen judío, quien se sentía protegido y escuchado por Yahvé? No es fácil interpretar sus palabras atinadamente. Intentarlo nos puede ayudar a entender nuestra propia vida, y tal vez enderezar nuestro rumbo.

Jesús miraba en el interior de los corazones, no la apariencia externa. Su gesto de compasión y perdón estaba al alcance de los más pecadores: no quería perder a nadie de los que el Padre le había encomendado.

Jesús ve más allá de las piedras del Templo: se adentra en la religiosidad de su pueblo y concluye que esa forma de honrar a Dios Padre ya no es válida, que su pueblo, particularmente sus dirigentes, están cerrados a la novedad y frescura que trae el anuncio del Reino. Es por ello por lo que de toda aquella religiosidad hipócrita no quedará piedra sobre piedra: de la multitud de prescripciones absurdas, no quedará nada, porque el mandamiento del amor se bastará por sí mismo para honrar a Dios Padre; de toda la parafernalia de ceremonias litúrgicas y cumplidos religiosos externos, no quedará nada; para nada servirán alargar las filacterias de los mantos, ni las reverencias en las calles, ni el título de maestro ni de señor. A partir de ahora, a Dios Padre habrá que adorarlo en espíritu y verdad. Las piedras del nuevo templo –la Iglesia– habrán de estar talladas con compasión y misericordia.

Aquí está el camino de conversión. Benedicto XVI decía, en Santiago de Compostela, que el hombre es un peregrino, siempre en camino hacia su interior, en busca de la verdad. El cristiano es un peregrino en la búsqueda de lo que Dios Padre quiere de él. Es tarea de todos los cristianos pulir y limpiar las piedras del nuevo templo, la Iglesia.

La Iglesia y los creyentes que la formamos corremos el peligro de creer que ya todo está hecho, que no se necesita mejorar el esplendor de este templo del Espíritu. Sin embargo, la evidencia se impone: son excesivas las cosas que no convencen a los no creyentes y que a muchos cristianos nos preocupan.

Al final de este año litúrgico será bueno plantearnos el camino de renovación que debemos emprender al comienzo del adviento. Tal vez hayamos de derribar el templo que hemos edificado con esmero, pero no de acuerdo a las expectativas del Reino. ¡Que el Señor no vuelva a llorar, al contemplar el templo que le hemos construido los cristianos de hoy!

Así pues, no importan ni el “cuándo” ni el “cómo”. Y el texto evangélico de hoy termina así: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas».

jueves, 10 de noviembre de 2016

XXXIII DOMINGO ORDINARIO - C

PROFECÍA DE MALAQUÍAS 3, 19-20a
Mirad que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja; los consumirá el día que está llegando, dice el Señor del universo, y no les dejará ni copa ni raíz. Pero a vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra.

COMENTARIO

Se acerca el final del año y es más próximo el final del año litúrgico que finaliza con la fiesta de Cristo Rey. Es por esto por lo que la Iglesia nos invita hoy a reflexionar en aquellos textos de la Escritura que nos hablan del final.
Sin embargo, los creyentes hemos de leer estos textos del Antiguo Testamento a la luz del mensaje de Jesús en el evangelio y cartas de los apóstoles. Situados en esta perspectiva, nuestra reflexión puede llevarnos al mensaje que nos quiere dejar la profecía de Malaquías.
Malaquías nos recuerda que este mundo tiene su fin, que el ser humano también tiene marcado un tiempo de peregrinaje aquí en la tierra. Nuestra propia experiencia de vida nos muestra que nuestra existencia se acaba. Nuestro poeta, Jorge Manrique, nos lo recuerda en las coplas a la muerte de su padre: Nuestras vidas son los ríos // que van a dar a la mar, // que es el morir. Este mundo bueno fue // si bien usáramos de él // como debemos, // porque, según nuestra fe, // es para ganar aquel // que atendemos…
Los creyentes vemos nuestro final aquí en la tierra con esperanza, la esperanza de que para nosotros brillará un sol de justicia y hallaremos salud (la vida soñada) a su sombra. Los cristianos apreciamos con alegría los avances de la humanidad, los logros y transformaciones con los que conseguimos una vida mejor, de más calidad; sin embargo, proclamamos que la esperanza cristiana se orienta hacia un mundo transcendente y definitivamente feliz.

Las imágenes del fuego que destruye y la luz que da vida, empleadas por el Malaquías, pretenden hacer entender al pueblo sencillo y rudo cómo ha de ser nuestra transformación, obrada ya no por un fuego sino por el poder de Dios Padre.
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jueves, 14 de noviembre de 2013

XXXIII DOMINGO ORDINARIO - C

SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS TESALONICENSES 3, 7-12
Hermanos:
Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar. Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

COMENTARIO
            La impresión primera que percibimos es la de un Pablo que se las da de cristiano ejemplar; sin embargo, hemos de tener en cuenta que la carta ha sido escrita por uno de sus discípulos, quien pone a los apóstoles, entre los que se encuentra el propio Pablo, como ejemplo a seguir.
            Mientras esperamos la segunda venida del Señor, la que no debemos temer sus elegidos, según palabras del propio Jesús en el evangelio, hemos de atarearnos por hacer realidad el Reino: no sólo se trata de trabajar para ganar el sustento de cada día, sino principalmente llevar una vida honrada, haciendo el bien a todos.
            Nuestra laboriosidad, siempre inquieta, es la que hará posible la proximidad de la llegada del Reino; nuestra ociosidad lo retrasará. Ciertamente que el Reino ha de venir, el Señor ha empeñado su palabra, pero sería una lástima que cuando venga nos tenga que decir que fuimos invitados a labrar su viña y no fuimos; por lo tanto, no tenemos derecho a beber del vino de la viña del Reino.
            Al final del año litúrgico la Iglesia nos invita a meditar estos textos que nos ayudarán a revisar nuestra colaboración en el advenimiento cercano del Reino. Son textos que avivan la esperanza y motivan nuestra actividad.
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