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miércoles, 7 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR - A

 Mt 3, 13- 17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirle diciéndole:

- Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y acudes a mí?

Jesús le contestó:

- Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Entonces Juan se lo permitió.

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

- Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.

 

COMENTARIO:

Hoy celebramos el verdadero nacimiento de Jesús. Hoy Jesús ve que el Espíritu desciende sobre él e inunda todo su ser. A partir de este momento toda su predicación del Reino queda llena por esa fuerza de Dios que es el Espíritu.

Hoy se presenta Jesús en sociedad, recibe el espaldarazo de Dios Padre. A partir de ahora inicia el anuncio del Reino y corrobora su predicación con los signos prodigiosos que encontramos en el texto evangélico. El propio Padre inicia estos prodigios: aparece el Espíritu en forma de paloma y se oye la voz del Padre: «Este es mi hijo, el amado, mi predilecto».

¿Cómo espera tantos años el Padre para que su hijo comience a evangelizar? Una pregunta que deben hacerse todos los que por su ministerio tienen el trabajo de evangelizar, y también todos los creyentes, pues estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe. Las prisas nunca fueron buenas consejeras, y menos en el terreno de la predicación: Si somos conscientes de que la eficacia de nuestro testimonio y de nuestra palabra dependen de Dios Padre, es posible que demos más importancia a entablar una intimidad con Dios Padre antes que a la propia acción pastoral.

La aceptación humilde de la voluntad de Dios al ser bautizado es premiada con el ensalzamiento de Dios Padre ante los discípulos de Juan el Bautista, que contemplan el hecho prodigioso.

De forma semejante, cada uno de nosotros celebró su verdadero nacimiento el día del bautismo. Ese día el Espíritu inundó nuestra vida y, a partir de entonces nuestras palabras y obras manifiestan la acción de Dios en el mundo; al menos así debería de ser. Sin embargo, Dios Padre respeta nuestra libertad y podemos no reflejar la bondad que Dios Padre ha depositado en nosotros y que su Espíritu nos inspira en nuestro hablar y actuar.

Descubrir el Espíritu dentro de nosotros es lo que Jesús recomienda a Nicodemo en aquel encuentro que este fariseo, maestro de la Ley, tiene con él: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Xn 3, 5).

El día de nuestro bautismo Dios Padre trazó un proyecto sobre cada uno de nosotros y nos comprometimos a llevarlo a cabo. El sí dado a Dios Padre por nuestros padres y padrinos está llamado a ser asumido y madurado por nosotros a lo largo de nuestra vida.

Solo cuando seamos conscientes y hayamos interiorizado el proyecto de Dios sobre nosotros, podremos dar razón de nuestra esperanza, para que realmente sirva de testimonio y otros puedan acercarse a la fe. El gesto de humildad que Jesús hace en presencia de Juan Bautista también lo hacemos nosotros el día de nuestro bautismo y luego crecemos y maduramos en la fe, al tiempo que damos testimonio de lo que somos y de lo que nos comprometimos a vivir.

Descubrir a Dios en mi vida no es difícil, es un don que Dios Padre ya me ha concedido en el día de mi bautismo.

Dios Padre, concédeme la intimidad que tenía tu hijo Jesús contigo y la valentía de manifestarlo a los demás. El mundo espera el testimonio de la vida que llevo dentro de mí desde el día de mi bautismo.

sábado, 7 de enero de 2017

BAUTISMO DEL SEÑOR - A

LIBRO DE ISAÍAS 42, 1-4.6-7

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará.
Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas. “Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan las tinieblas”».

COMENTARIO

El Profeta Isaías nos habla de la figura del Siervo de Yahvé; en ella la Iglesia ha visto representada la figura del Hijo de Dios. Sobre él, Dios Padre ha puesto su espíritu. Vendrá para instaurar la justicia, sin gritos ni violencia. No viene en plan de revancha contra nadie. Trae paz y esperanza para todos, de modo especial para los más pusilánimes: La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará. No se trata de palabras hermosas de un profeta que pronostica el futuro; estas palabras vienen corroboradas por acciones concretas: los ojos del ciego se abren y los cautivos son liberados de la prisión.
Acojamos la invitación del profeta Isaías: Mirad a mi Siervo… sobre él he puesto mi espíritu. Se nos invita a mirar e imitar la actuación de Jesús, quien se acerca, como uno más, a recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista, quien confiesa no ser digno ni de desatar las correas de sus sandalias. Es una llamada importante en estos tiempos en que escasean modelos sólidos e iluminadores de imitación. Jesús, el Hijo de Dios es la luz y camino del creyente.
Jesús asume el proyecto del Siervo y nos invita a sus seguidores a imitarlo. Su programa de actuación nos lo sintetiza el evangelista san Juan: «He venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
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jueves, 9 de enero de 2014

BAUTISMO DEL SEÑOR - A

HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10, 34-38
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
-«Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y práctica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él».

COMENTARIO

El texto recoge las palabras de Pedro en casa de Cornelio, un gentil. En esta predicación de Pedro en casa de un pagano destacan tres ideas importantes para cualquier discípulo del Señor
Queda claro -afirma Pedro- que todos estamos llamados a la salvación, porque Dios no hace distinciones. Para los creyentes todos son hijos de Dios, todos son llamados a la filiación adoptiva.
Jesús es ungido por el Espíritu, quien le animará en su tarea evangelizadora. Es la fuerza con la que también contarán sus discípulos hasta el final de los tiempos. La tarea evangelizadora conlleva rechazo y sufrimiento para abrirse camino; y el evangelizador casi nunca llega a ver los frutos de su siembra; sin embargo, la fuerza del Espíritu le acompaña siempre.
El apóstol está llamado a pasar por el mundo haciendo el bien a todos: curar a los enfermos, perdonar a los pecadores, sanar a los oprimidos por el diablo, entregar su vida por la salvación de todos. Se trata de la misión del Sievo de Yahvé.
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