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miércoles, 11 de febrero de 2026

VI DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos; pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos.

Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.

Habéis oído el mandamiento: «No cometerás adulterio». Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.

Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo.

Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio». Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- le induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.

Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del maligno.


COMENTARIO

¿En qué quedamos: hay que cumplir la Ley o hay que pasar de ella? Esta podría ser la pregunta que los fariseos le hacen a Jesús.

La respuesta de Jesús está bien clara en el evangelio de san Mateo: No hay que saltarse ni el más pequeño de los preceptos. Entonces hay que concluir que los fariseos y los letrados estaban en el buen camino: Conocían a la perfección las leyes y procuraban ser fieles hasta el más mínimo detalle. Al oír hablar a Jesús, seguro que se sintieron halagados y satisfechos con las palabras del Maestro. Sin embargo, Jesús no terminó aquí su discurso. Prosiguió diciendo:  si vuestra conducta no supera a la de los letrados y fariseos, no entraréis en el reino de Dios. Así pues, ¿qué hacían mal estos buenos judíos?

La comunidad cristiana de san Mateo debía estar hecha un lío y el propio san Mateo es quien sale al paso del problema. Sin duda, Mateo recuerda la explicación del Maestro sobre algunos de los mandatos de Moisés. Y es que no basta con ser fieles a cada uno de los mandamientos de los antiguos, sino que hay que reformarlos sin suprimirlos.

Así pues, una correcta interpretación de la ley nos lleva a orientar nuestra vida más allá de la ley y, de este modo, terminaremos olvidándola porque ya no la necesitaremos. Esto se consigue con la observancia del único mandato, que engloba a todos: el mandato del amor. Efectivamente –dice san Pablo– el que ama se preocupa del otro, le ayuda, se adelanta a sus necesidades, perdona siempre, solicita el perdón del ofendido, no se irrita ni engríe. ¿Cómo puedes matar al que amas? Donde hay amor no tiene cabida el adulterio ni el divorcio. Si amas no te saldrá espontáneo el insulto ni la calumnia ni el desprecio. ¿Cómo vas a denunciar ante el juez a quien te esfuerzas cada día por comprender y ceder generosamente a sus pretensiones justas? Si amas, siempre responderás con un sí o un no sincero. En una palabra, si nos dejamos guiar por el amor, estaremos dispuestos a darlo todo: un ojo, la mano, el pie, la lengua…, con tal de no perder este tesoro. Y solo desde el amor se puede comprender este modo de proceder del discípulo de Jesús.

Ahora bien, ¿Cómo llegar a este ideal del amor? San Mateo nos propone una estrategia. Se trata de no estar siempre en ese límite, en esa línea fronteriza entre el bien y el mal: «Hasta aquí me está permitido; más allá, no». Los fariseos y cuantos los imitan se sitúan siempre en este límite; no traspasar ese límite es vivir de acuerdo con la Ley; es decir, situarse en la misma línea que separa el bien del mal es cumplir la Ley; sin embargo, quienes nos consideramos discípulos de Jesús –nos dice Mateo– y vivimos de la fe y no de la Ley –añade san Pablo– debemos alejarnos de esa línea. En la medida en que nos alejamos nos acercamos al ideal del amor, que todo lo perdona, que se adelanta siempre, que da sin esperar nada a cambio.

Uniéndonos a la oración del salmista rezamos: «Enséñame, Señor, a cumplir tu ley y a guardarla de todo corazón».

jueves, 9 de febrero de 2017

VI DOMINGO ORDINARIO - A

LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 15, 16-21
Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera. Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo. Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre. A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar.

COMENTARIO

El autor sagrado quiere dejar claro que el mal no reside en Dios: Este no da permiso al hombre para que peque ni obliga a nadie a ser impío. Entonces, ¿de dónde procede el mal? ¿Por qué peca el hombre?
La respuesta la encuentra en la libertad que Dios ha dado al hombre: ante él ha puesto vida y muerte y el hombre puede optar por escoger lo que quiera: el bien o el mal. Si quieres, guardarás los mandamientos  -asegura el autor sagrado.
Los mandamientos no son una carga pesada que haya que cumplir necesariamente, parece decirnos el autor; sin embargo, es de prudentes guardarlos por el beneficio que nos reportan.
Por otra parte, los mandatos de Dios están a la altura de nuestra capacidad de fidelidad: son racionales y justos; buscan nuestra perfección. La sabiduría de Dios los ha elaborado.

Ahora podemos entender mejor por qué Jesús dijo que él no había venido a abolir la Ley, si no a darle plenitud. Jesús quiere que los mandamientos de la Ley no nos resulten un yugo insoportable (esto es lo que habían logrado los malos pastores del pueblo) y propone una ley superior, la del amor. Quien ama de verdad no necesita de leyes que le obliguen a amar.
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jueves, 13 de febrero de 2014

VI DOMINGO ORDINARIO - A

PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 2, 6-10

Hermanos:
Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.
Y Dios nos lo ha revelado, por el Espíritu, y el Espíritu lo sondea todo incluso lo profundo de Dios

COMENTARIO

San Pablo está hablando aquí de la sabiduría de la Cruz: inconcebible para los sabios griegos y escándalo para los judíos. Sin embargo, de esto se trata: este es el mensaje que debemos hacer llegar al mundo de forma comprensible. Para ello, primero tenemos que aceptarlo nosotros mismos: Sin cruz no hay resurrección.

Los creyentes hemos de comenzar por ver al Señor crucificado en cada hombre que sufre, que es víctima de la incomprensión, de la explotación, del hambre, de la injusticia, de la mofa, del abandono…

El segundo paso que debemos dar es el de subir a la cruz del crucificado, para hacerle compañía, aliviarle su dolor, sacarle de esa situación de la que él solo no puede salir: Se trata del mandato del amor fraterno.

Es posible que no veamos nunca el final de esa situación de dolor que compartimos, pero la fe nos dice que tras la cruz está la resurrección, y esta última es ya tarea del Padre de todos.
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