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miércoles, 30 de julio de 2025

XVIII DOMINGO ORDINARIO - C

 Lc 12, 13-21


En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

-Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

Él le contestó:

-Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?

Y dijo a la gente:

-Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Y les propuso una parábola:

-Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos:

«¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida Lo que has acumulado, ¿de quién será?». Así será el que amasa riqueza para sí y no es rico ante Dios.


COMENTARIO

A Jesús le buscaba la gente sencilla, la gran multitud del pueblo; le entendían cuando les hablaba, porque usaba el lenguaje sencillo y coloquial del pueblo; sus palabras eran claras y muy comprensibles, acompañadas de imágenes tomadas de la vida; nadie regresaba a sus hogares desilusionado, por no haberle entendido: «Nadie jamás habló así» –decían de él. Por el contrario, los sacerdotes y maestros de la Ley aburrían al auditorio, su lenguaje era culto, muy lejos de la lengua coloquial del pueblo sencillo; su ciencia quedaba reducida a un pequeño círculo de oyentes de cierta cultura religiosa; además lo que decían no les servía de gran ayuda para la vida, porque los preceptos que enseñaban eran difíciles de entender y cumplir y ni ellos mismos los practicaban –como el propio Jesús les critica.

San Lucas, en su evangelio, ha acertado a reflejar el estilo sencillo y elocuente del Maestro. La parábola que nos ofrece hoy no tiene desperdicio y es comprensible para el auditorio más exigente; al mismo tiempo infunde esperanza en aquella pobre gente que se siente explotada por los ricos. Jesús observa cómo los grandes terratenientes de las ciudades de Tiberíades y Séforis acumulan riquezas sin que les preocupe lo más mínimo la miseria de los pobres de las aldeas vecinas a los que ellos abruman con impuestos. Jesús siente compasión y, de su corazón indignado, brota esta parábola para consuelo de sus oyentes, en su mayoría pobres.

El pobre suele ser desprendido y comparte su miseria con alegría; dan con generosidad, de lo poco que tienen, a otros que aún tienen menos que ellos. Recuerdo que hace ya algún tiempo, en la calle vi a un indigente tocando una guitarra, un gorro en el suelo con unas monedas y un perro fiel a su lado. Se acercó a él un conocido, tan necesitado como él, le saludó y este le invitó a coger algo de lo recaudado hasta entonces. Recogió unas monedas, le dio una palmada en la espalda mientras le agradecía el donativo y siguió su camino.

Hoy nos advierte san Lucas que de nada sirve poner nuestras esperanzas en el acaparar, amontonar dinero y bienes. Solo quien pone su esperanza en Dios y comparte lo que tiene acierta en esta vida, porque el día de la cuenta ante Dios tendrá recopilado un gran tesoro. Observemos que este tesoro se agranda cuanto más compartimos generosamente con los necesitados.

San Pablo recomienda a los colosenses, y con ellos, a nosotros, buscar las cosas de arriba, atesorar en el cielo donde la polilla no carcome los bienes acumulados. Nos aconseja abandonar la impureza, la fornicación, la pasión, la codicia, la avaricia y la idolatría; por el contrario, nos anima a adornarnos con la pureza, la honradez, la bondad, la compasión, el desprendimiento: todas ellas son virtudes propias de los hijos de Dios, con las que acumularemos un gran tesoro en el cielo.

Recordemos la lección magistral que nos deja el evangelio de hoy: almacenar un gran tesoro desprendiéndonos de todo: este es el objetivo único de nuestro quehacer aquí en la tierra; todo lo demás es vaciedad y siembra de viento, como nos recuerda el autor del Eclesiastés en la primera lectura de este día.

viernes, 29 de julio de 2016

XVIII DOMINGO ORIDNARIO - C

LIBRO DEL ECLESIASTÉS 1,2; 2, 21-23
¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

COMENTARIO

El autor del libro observa la experiencia humana y esta es la conclusión que saca tras una vida prolongada: Todo es vanidad o vaciedad. Cuando todo parece conseguido, de pronto, un infortunio, cualquier desgracia, derrumba todo un proyecto de vida, el fruto del trabajo y sudor de toda una existencia.
Este texto y el del evangelio de este día tienen particular resonancia en la actualidad. Habíamos puesto toda nuestra ilusión y esperanzas en la recuperación económica que iba por buen camino; hay quienes han trabajado mucho en la vida y alcanzado una cierta comodidad de vida, bien merecida; muchos jóvenes han finalizado sus estudios y esperan ahora un buen puesto de trabajo; hay quien por fin ha conseguido un piso para formar un hogar… Sin embargo, la dura realidad se nos vuelve en contra: el terrorismo, que llega a todos los pueblos, incluso a los que gozan de una mayor seguridad; las guerras que parecen no acabar nunca y terminan por afectarnos a todos; las desgracias familiares que se nos presentan en cualquier momento…
¿Qué saca el hombre de todos sus trabajos y esfuerzos bajo el sol? –se pregunta el autor.
La conclusión última del libro nos puede ayudar también a nosotros: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque en esto consiste ser hombre. Pues Dios juzgará todas las acciones, incluso las ocultas, para ver si son buenas o malas (Qo, 12).

Hay pues un valor superior a todos los valores humanos, que orienta nuestra vida por el camino correcto: el temor de Dios.

viernes, 26 de julio de 2013

XVIII DOMINGO ORDINARIO - C

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS COLOSENSES3, 1-5.9-11
Hermanos:
Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que ya se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

COMENTARIO

Por el bautismo hemos sido incorporados a una vida nueva, la de Cristo, la definitiva; por lo tanto hemos de cultivar las virtudes propias de esa vida, comenzando por desprendernos de los vicios de la fornicación, la avaricia, la envidia, la codicia… San Pablo dice que esta es la forma de acabar con las diferencias entre unos y otros: Todos estamos revestidos de Cristo por el bautismo, y esa vestidura nos iguala a todos.
Sin embargo, parece que aún tenemos una tarea que hacer en la tierra. La resurrección del Señor nos incorpora a la vida divina por medio del bautismo; pero ahora somos nosotros quienes hemos de esforzarnos por vivir de acuerdo con esa nueva condición. Los sacramentos nos ayudan a mantener viva esa nueva vida; no podemos dejarlo todo al propio empeño por vivir de acuerdo con el evangelio, necesitamos de la ayuda divina de los sacramentos.
En la medida que desaparezcan las diferencias entre nosotros va creciendo nuestra identificación con la imagen que quiere de nosotros Cristo. Si aún no sentimos al otro como hermano es evidente que nos queda mucho por conseguir.
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