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miércoles, 3 de julio de 2024

XIV DOMINGO ORDINARIO - B

 Mc 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».

Y se escandalizaban a cuenta de él.

Les decía:

«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

 

COMENTARIO

«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?».

En Nazaret, a Jesús sus paisanos le admiraban seguramente por ser un buen vecino y de buena familia; tal vez también por su inteligencia, sus dotes de comunicador y sus signos asombrosos; sin embargo, se resistían a creer que de Nazaret pudiera salir un gran profeta, porque no constaba en las Escrituras.

¿Qué nos quiere comunicar san Marcos a los cristianos de hoy con este relato? San Marcos observa que, en algunas de aquellas primitivas comunidades de creyentes, para las que él escribe, no se acepta el mensaje evangélico independientemente de quien lo transmita. A Pedro, Santiago, Juan…, a cualquiera de los apóstoles, que vivieron al lado de Jesús, sí es fácil aceptar su mensaje –son dignos de ser creídos–, pero los que les siguen como nuevos apóstoles o evangelizadores ya no ofrecen las mismas garantías; y se hacen preguntas parecidas a las que se hacían los vecinos de Nazaret respecto a su paisano Jesús: ¿Quién es este para que le creamos? «¿No es el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas, ¿no viven con nosotros aquí?». A Jesús y a su familia les conocían demasiado bien como para imaginar que de aquella familia pudiera salir un profeta.

San Marcos nos advierte que también a nosotros nos puede pasar lo mismo. Sin embargo, el mensaje del evangelio debe aceptarse por sí mismo, porque viene de Dios, porque nos hace mejores, porque nos ayuda a ser buenos seguidores de Jesús.

El profeta Ezequiel ya advertía a Dios de la misma dificultad para ser creído; sin embargo, Dios le anima a proclamar su mensaje al pueblo: «Al menos sabrán que hubo un profeta entre ellos» –le dice Yahvé, su dios.

Es cierto que, al papa, obispos, sacerdotes, evangelizadores y a los cristianos en general se nos pide ser consecuentes con lo que anunciamos para facilitar la transmisión de la fe que proclamamos, porque sucede lo que le sucedía a Jesús y a tantos profetas: nos conocen demasiado bien. Sin embargo, siendo importante el testimonio que damos, nunca la falta de testimonio puede ser excusa para no abrirse a la fe, que nos viene dada gratuitamente de Dios. El mismo san Marcos nos dice de Jesús que «no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe».

Que cada domingo acudamos a la eucaristía con buena disposición para acoger la palabra de Dios, aunque el testimonio de sus transmisores no nos convenza.

sábado, 4 de julio de 2015

XIV DOMINGO ORDINARIO - B

LIBRO DE EZEQUIEL 2, 2-5
En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía:
-Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor”. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.

COMENTARIO

¡Qué cuesta arriba se hace el esperar el éxito, el premio, la meta final!
Nuestros mayores (abuelos, bisabuelos) eran pacientes, aceptaban el sufrimiento, la espera; atisbaban una tenue luz en el horizonte y se ponían en camino porque ya amanecía. No nos sucede así a nosotros, necesitamos que el sol aparezca de inmediato en toda su luminosidad. La generación de la posguerra era consciente de que el éxito requiere un tiempo de esfuerzo y una espera prolongada hasta que el triunfo final llegue.
Nosotros hemos sido maleducados en la abundancia, hemos vivido de los ahorros de nuestros mayores, hemos pensado que el éxito está en conseguir metas sin esfuerzo propio, aprovechándonos del trabajo ajeno. De vez en cuando alguien nos para en el camino y nos dice que sin sacrificio, sin duro trabajo, sin renuncia no es posible gozar de un bienestar futuro; y nos sorprendemos y rebelamos contra estos tales, que pretenden enseñarnos a vivir. La actual crisis económica nos está abriendo los ojos en este sentido. Del dinero de los ‘ricos’ (ganado justamente o robado) no es posible vivir mucho tiempo, es necesario auparnos desde nuestro propio esfuerzo, sacrificio y renuncia.
Somos testarudos y obstinados, calificativos que Yahvé aplica también a su pueblo por medio del profeta Ezequiel. Este pueblo no es capaz de ver la acción salvadora de Dios y se obstina en ir por caminos que le llevan a la esclavitud.
Señor, danos un grano de mostaza de fe en tu acción salvadora sobre nosotros, que implantó en nuestro ser todas las posibilidades de éxito, confiando ciegamente en el trabajo generoso de nuestras manos.
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martes, 3 de julio de 2012

XIV DOMINGO ORDINARIO - B

SEGUNDA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 12, 7b-10
Hermanos:
Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: "Te basta con mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad". Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

COMENTARIO:

El virus de la incomprensión no parece atacar en exclusiva al pueblo español. Ya san Pablo se lamentaba en su tiempo y, antes que él, Jesús y el propio profeta Ezequiel.
Los españoles hemos vivido (sufrido y gozado) el acontecimiento del campeonato europeo de fútbol: Tras los primeros pases en los campos de fútbol de la selección española, llovían las críticas al entrenador, jugadores…: no quedaba títere con cabeza. Gracias al aguante y a la fe en sus posibilidades de técnico y jugadores, el éxito llegó. Eso sí, todos se apuntaron a la fiesta, pocos se anotaron a la confianza, al saber esperar, a la paciencia, al sufrimiento…
Salvando las distancias, en nuestra vida de creyentes acontece algo parecido. Carecemos del grano de mostaza de fe, no tenemos paciencia para esperar la manifestación de Dios, exigimos el milagro al término de nuestra oración, la meta final se nos antoja muy lejana, despellejamos vivos a nuestros profetas con nuestras críticas. Sin embargo, el Señor sigue confiando en la humanidad, en un resto de creyentes, en sus profetas, que tampoco faltan en nuestro tiempo. Eso sí, todos nos apuntamos al éxito final, por si llega.
¿Qué fe es la nuestra? ¿Qué grupo de creyentes somos? ¿Merecemos llamarnos pueblo de Dios?
Al menos, admiremos a nuestros profetas, que esperan contra toda esperanza; pidamos al Padre que les siga dando fuerzas en la debilidad, que les mantenga firmes ante nuestra incomprensión; que no se cansen de avivar la tenue llama de nuestra fe.
Por último, que los acontecimientos futbolísticos vividos en estos días nos sirvan de ayuda en nuestro dificultoso caminar de creyentes.
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