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miércoles, 18 de febrero de 2026

I DOMINGO DE CUARESMA - A

 Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero él le contestó, diciendo:

«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

 

COMENTARIO

Nos dice Mateo que también el Señor fue tentado. ¿Qué hizo para no sucumbir?

San Mateo quiere animar a aquellas comunidades de cristianos de su tiempo, diciéndoles que también el hijo de Dios sintió las mismas tentaciones que ellos experimentaban, y su testimonio nos sirve para dar nosotros también la misma respuesta que dio el propio Jesús. Esto nos anima a afrontar las tentaciones con esperanza: Dios Padre está con nosotros.

San Mateo resume en tres las tentaciones de Jesús, lo mismo que nosotros podemos hoy agrupar nuestras tentaciones en esas mismas tres del evangelio de san Mateo.

El propio Jesús no encontró fácil la solución a los distintos problemas que se le presentaban cada día. Los fariseos le acosaban para cogerle en alguna trampa, y fundamentaban sus interrogantes con citas bíblicas bien tramadas, argumentando que el Mesías habría de hacer algún signo sensacional que dejara patente su identidad. Los discípulos más cercanos también pretendieron disuadirlo de su idea mesiánica: el propio Pedro, como líder del grupo, considera una locura que el Mesías deba morir en Jerusalén y mucho menos en una cruz, como malhechor. El grupo de íntimos de Jesús no solo desean tener el futuro asegurado, sino que incluso se peleaban por los primeros puestos en el futuro reino del Maestro.

Así pues, ¿a quién no le asalta la duda? ¿Estará Jesús equivocado? ¿Le estará hablando con claridad el Padre? ¿Cuál es, en verdad, la voluntad del Padre? Estos y otros muchos interrogantes se formuló con toda seguridad el propio Jesús, se los plantearon sus discípulos, se los hacía la primitiva comunidad y nos los hacemos hoy también nosotros: ¿Cómo hemos de comportarnos para ser sus discípulos?

San Mateo trata de aportar algo de luz en toda esta maraña de incertidumbres. Es necesario ser llevado al desierto (silencio) por el Espíritu y allí, lejos del ruido del mundo, escuchar la palabra del Padre; para de esta forma entender que el Hijo del Hombre ha venido al mundo a servir y no a ser servido, a transformar las dolencias humanas en situaciones de esperanza, a encarnarse en las miserias humanas (dolor y pecado) para, desde ahí, redimirlas y transformarlas en perdón y luz. Y la fuerza para todo esto se encuentra en el contacto con el Padre en la oración filial y en la escucha de su palabra.

El papa León nos invita en esta cuaresma: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad”.

Y, en ese encuentro íntimo con Dios Padre en el silencio de nuestro desierto personal, es bueno comenzar siempre nuestra oración con las palabras del profeta Samuel cuando era todavía un niño: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sa 3, 10).

jueves, 2 de marzo de 2017

I DOMINGO DE CUARESMA

GÉNESIS 2, 7-9; 3, 1-7
El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.
Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:
«¿Con que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente:
«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis"».
La serpiente replicó a la mujer:
«No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

COMENTARIO

El hombre no siempre es consciente del soplo de vida que lleva consigo. El simple hecho de respirar, de despertar cada mañana y sentirse vivo, es razón suficiente para sentirse agradecido por el amor que Alguien depositó en él trayéndolo a la vida; pero sucede que no nos damos por satisfechos y, como apunta el libro del Génesis, un buen día nos planteamos la posibilidad de destronar a Dios, quien nos dio el aliento de vida y quien hace posible todo lo que somos. Pretendemos suplantar a Dios, porque no nos conformamos con la imagen de él con la que hemos sido modelados de arcilla. El árbol de la vida es el límite que Dios nos marca; sin embargo nosotros hemos decidido vivir sin límites. El comer del fruto prohibido del árbol de la vida es pretender una autonomía absoluta, prescindiendo de Dios, de vivir a su imagen y semejanza.
El autor del relato del Génesis nos advierte del gran error en el que caemos los hombres: vivir sin límites. Sabe este autor que el mal fascina al hombre, pero deja tras de sí angustia y desolación. Al probar del fruto prohibido el hombre experimenta una sensación de desnudez y vacío; siente la necesidad de vestirse, pero las hojas de higuera entrelazadas no son suficientes. El autor sagrado se plantea la pregunta: ¿Quién podrá vestir de nuevo al hombre? Al final del relato se apunta la solución que viene de Dios, como siempre.

San Pablo anima a los romanos a considerar que la salvación nos viene del Hijo de Dios. En él se cumplen las promesas de recreación de la humanidad anunciadas desde el Paraíso a nuestros primeros padres.
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miércoles, 5 de marzo de 2014

I DOMINGO DE CUARESMA - A

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 12-19
Hermanos:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una trasgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la trasgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria.
Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.
En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

COMENTARIO

Con la venida de Jesús, Dios ha realizado una nueva creación del hombre y del mundo. Es la contraposición del primer hombre, Adán, con Jesús. Se trata de la respuesta que el Espíritu aporta a la humanidad, una respuesta de salvación.
Sin duda que este es el mensaje que nos quiere transmitir el autor de la carta a los romanos. Toda la argumentación va destinada a demostrar esta idea central.
El plan de salvación frustrado por el pecado del primer hombre es rehabilitado y perfeccionado por el gesto de amor incondicional de Dios Padre hacia la humanidad.
Esta es la tarea que tenemos los discípulos de Cristo: Hacer que la humanidad se sienta justificada por la obediencia de uno: nada menos que del hijo de Dios hecho hombre, compartiendo nuestra historia para redimirla con la muerte en cruz.
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