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miércoles, 9 de octubre de 2024

XXVIII DOMINGO ORDINARIO - B

 Mc 10,17-30

En aquel tiempo, cuando Jesús salía al camino se le acercó uno corriendo, se arrodillo y le preguntó:

-Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Jesús le contestó:

- ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Él replicó:

-Maestro, todo esto lo he cumplido desde pequeño.

Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo:

-Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.

A estas palabras él frunció el ceño y se marchó pesaroso porque era muy rico.

Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos:

-¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!

Los discípulos se extrañaron de estas palabras.

Jesús añadió:

- Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios.

Ellos se espantaron y comentaban:

- Entonces, ¿quién puede salvarse?

Jesús se les quedó mirando y les dijo:

- Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

Pedro se puso a decirle:

- Ya ves que nosotros lo hemos dejado y te hemos seguido.

Jesús dijo:

- Os aseguro, que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, la vida eterna.


COMENTARIO

San Marcos nos pone ante la imagen de un joven religiosa y moralmente perfecto, le llamaremos “santo”. Así se considera él a sí mismo también.

Este joven es rico: puede alcanzar todo lo que necesita para vivir feliz. Es un joven afortunado.

Además, se trata de un joven muy religioso y escrupuloso en el cumplimiento de la Ley hasta en sus más insignificantes detalles. Jesús, ante la vista de ese joven, siente profundo afecto por él.

¿Qué le lleva a este joven a acercarse a Jesús? Según Marcos, el deseo de conseguir la vida eterna, pues es lo único que siente él que le falta; en cualquier caso, no está plenamente seguro de alcanzarla. Es aquí precisamente donde Jesús encuentra una pequeña puerta hacia el interior de este joven.

En este joven hemos de valorar su virtud, su inquietud y su actitud. Es joven y por tanto es ambicioso, tiene vitalidad, siente la necesidad de algo más en su vida, no se conforma con lo que ya posee y busca ese algo que le falta.

Ha oído hablar de Jesús y no duda en acercarse a él para preguntarle. Es decidido y aborda al Maestro con el interrogante que le inquieta y en cuya respuesta puede estar la clave de lo que busca: «Maestro bueno, ¿Qué haré para heredar la vida eterna?».

Hasta este punto del relato podemos admirar e imitar a este joven. Sentir la necesidad de acercarnos al Señor e iniciar así nuestra plegaria. Luego hemos de esperar la respuesta de Jesús, que no se hará esperar: Despréndete de todo, luego ven y sígueme.

Nos dice san Marcos que aquel joven era muy “rico”. Con la palabra “rico” san Marcos no aclara si tenía muchas posesiones, dinero, bienes materiales… Lo que sí quiere darnos a entender es que estaba muy apegado a lo poco o mucho que poseía, que le permitía disfrutar de la vida.

La historia termina señalando que el joven no es capaz de seguir la invitación de Jesús y por lo tanto tiene difícil heredar la vida eterna, pero Jesús no cierra nunca la puerta:  Lo que es imposible para los hombres, Dios Padre lo hace posible.

Este es el mensaje final que nos deja san Marcos: La Vida eterna está accesible a todos porque Dios Padre así lo quiere y nos espera a la puerta para que nadie ni nada nos impida entrar. «Dios lo puede todo».

jueves, 8 de octubre de 2015

XXVIII DOMINGO ORDINARIO - B

LIBRO DE LA SABIDURÍA 7, 7-11
Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de la sabiduría. La preferí a cetros y a tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale lo que el barro. La preferí a la salud y a la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella, me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

COMENTARIO

Quien lee por primera vez este texto del Libro de la Sabiduría le puede sorprender la admiración y el contento que siente el autor sagrado por poseerla. Sin embargo, son muchos los que hoy se preguntan: ¿para qué quiero yo la sabiduría? No es que la desprecien, pero viven bien sin sentir la necesidad de contar con ella; disfrutan de un buen nivel de vida, no les falta de nada, lo tienen casi todo al alcance de la mano: diversiones, distracciones, amistades, buena comida y generalmente gozan de excelente salud. El único problema, que de momento no inquieta a quienes se sienten jóvenes y con salud, es la muerte, que ven lejana, y mejor no obsesionarse con ella para vivir feliz. ¿Para qué la sabiduría, que cuesta tanto esfuerzo y sufrimiento alcanzarla? ¿Qué aporta la mucha ciencia a la felicidad que ya poseo en abundancia? -se preguntan.
Sin embargo, si nos detenemos en el pasaje sagrado, intuimos que el autor sagrado algo ha descubierto que le hace feliz y que con certeza nosotros, lectores superficiales no hemos encontrado aún. De hecho, da la impresión que nuestro autor ha pasado por variadas etapas de la vida humana: realeza, riqueza, salud, belleza… Todo le parece baladí al lado de su nuevo descubrimiento, la sabiduría.
Adentrándonos en el texto sagrado descubrimos que no se trata de esa sabiduría contenida en los libros, adquirida con esfuerzo mental, empleando el tiempo y perdiendo la vista en la lectura y estudio de graves tratados científicos. Aquí se habla de otra sabiduría que habita en la divinidad y que hay que suplicar e invocar. Viene precedida de la prudencia, y se trata de un don gratuito que Dios concede a sus predilectos que le invocan día y noche; dentro de los cuales podemos incluirnos también nosotros, pues el Padre del hijo pródigo no excluye a nadie, invita a todos al banquete festivo; tan solo el hermano mayor se queda fuera, porque se excluye a sí mismo.
El autor sagrado nos asegura que con esta sabiduría vienen todos los demás bienes.
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viernes, 12 de octubre de 2012

XXVIII DOMINGO ORDINARIO - B

CARTA DE LOS HEBREOS 4, 12-13

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

COMENTARIO

Según los entendidos, los judíos distinguían entre alma y espíritu. El Espíritu de Dios es el que da la vida (el alma). Para los judíos el espíritu no muere nunca sino que vuelve a Dios (Job 34, 14ss; Sal 31,6; Ecl 12,7).
Según esto, podemos comprender hasta qué punto es penetrante la palabra de Dios, hasta dónde puede llegar: nada le es imposible, nada permanece inalcanzable para ella; todo esfuerzo humano por escapar de su intervención es inútil.
Por otra parte su actuación es siempre viva y eficaz. Se trata de dos expresiones altamente positivas, salvíficas: ambas nos sugieren sanación y salvación. La palabra de Dios no destruye lo que penetra, como destruye la espada del guerrero. La palabra de Dios interviene en el mundo para curar, para salvar.
Si unimos este mensaje al que escuchamos en el evangelio de este día, hemos de entender que es el Espíritu de Dios el que nos impulsa a amar con un desprendimiento total: El hombre en solitario no podría ser capaz, como no lo fue el joven rico del pasaje evangélico, de entregarse a la causa del Reino con total disponibilidad.
Hoy nuestra oración al Padre ha de implorar la gracia del desapego de nuestras comodidades, de nuestro insolidario bienestar, para heredar la vida eterna. Si nuestra oración es sincera, el Espíritu de Dios vendrá en ayuda de nuestra debilidad.
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