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miércoles, 8 de mayo de 2024

ASCENSIÓN - B

 Mc 16, 15-20

En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once y les dijo:
—Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.

Después de hablarles, el Señor Jesús, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

 

COMENTARIO

«¡Y dejas, Pastor santo,//tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,//  ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!».

Esta visión nostálgica en la oda “A la Ascensión” de nuestro poeta Fray Luis de León nos deja la sensación de quedar abandonados a nuestra suerte. Esta misma sensación la tuvieron también los discípulos de Jesús.

Poco a poco, recuperaron la ilusión perdida en el encuentro semanal. El primer día de la semana, el domingo, eran constantes en la fracción del pan, en la oración, el recuerdo de las palabras de Jesús y de tantos momentos y prodigios vividos junto a él (Hech 2, 42-47). Aquel primer signo prodigioso de las bodas de Caná, en el que Jesús convierte el agua incolora e insípida de las tinajas en un vino sabroso de amor (Jn 2, 1-12). El recuerdo de tantos enfermos aliviados en su dolor, de tantos corazones desgarrados y consolados por el maestro. ¡Cómo no recordar a aquella multitud que escuchaba absorta al Maestro y se olvidaba hasta de comer! Jesús les proporciona alimento abundante con cinco panes y dos peces (Jn 6, 1-15). Aquella vez, a las puertas de la aldea de Naín, conmovido por el dolor de una viuda, se acerca a los que portaban el cadáver y lo devuelve vivo a su madre.

Las imágenes más vivas y conmovedoras eran las que les describía cuando hablaba de su Padre. El Padre que acoge siempre, que perdona siempre, sin pedir cuenta minuciosa ni poner condiciones; organiza una fiesta porque ha recuperado al hijo que creía perdido: le pone un anillo de oro y mata el mejor ternero del establo (Lc 15, 11-32). Muere en una cruz, como un malhechor, por ser consecuente con su doctrina y recupera, en la Resurrección, a sus discípulos, que le abandonaron en el momento de su detención. Ni una palabra de reproche hacia ellos.

Todos estos hechos los recuerdan en los encuentros de cada domingo y llegan al convencimiento de que Jesús vive y está con ellos, de otra forma, pero está.

Una vez vuelto a la vida, llena de paz –“Paz a vosotros” (Jn 20, 21)–  y colma de alegría a todos sus más cercanos seguidores –“Se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,19-23)– y los envía a extender la Buena Noticia de la Salvación por todo el mundo, comenzando por Galilea.

Efectivamente era necesario empezar en Galilea, donde había comenzado todo. Ahí también nos manda ir a nosotros, a recorrer de nuevo los caminos del Maestro: anunciar su evangelio y repetir sus gestos de perdón y salvación a favor de todos, con especial dedicación a los más débiles, enfermos, pecadores, los que viven sin esperanza, en soledad y abandono.

Señor Jesús, nuestra mirada a los cielos no puede ser un signo de una nostalgia enfermiza. Queremos reconocer tu gloria, agradecer tu presencia entre nosotros, solicitar tu ayuda y seguir caminando por el mundo en la esperanza de tu manifestación. Amén (J. Román Flecha).

miércoles, 13 de mayo de 2015

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR - B

HECHOS DE LOS APÓSTOLES 1, 1-11
En mí primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndose durante cuarenta días, les hablo del reino de Dios.
Una vez que comían juntos les recomendó:
- No es alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua; dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
Ellos le rodearon preguntándole:
- Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
Jesús contestó:
- No es toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.
Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban atentos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron:
- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.

COMENTARIO:

San Lucas, en su relato de la despedida de Jesús es rico en detalles descriptivos, ayudándonos así a comprender la profundidad del acontecimiento que vivieron los primeros discípulos contemplando la ascensión de Jesús a la casa del Padre.
La actitud del creyente no es la de quedarse contemplando a Jesús ascendiendo al cielo. Jesús, el Señor, ha sido glorificado, pero ahora hay que mirar a la tierra y esperar la venida del Espíritu, quien nos revelará lo que debemos hacer y nos dará fuerzas para ser testigos del Señor.
El autor del libro de Los Hechos quiere dejar claro que Jesús vive y que ha sido glorificado a la derecha del Padre.
En segundo lugar, invita a los discípulos a esperar la fuerza del Espíritu, quien les abrirá las mentes e infundirá valor para anunciar el evangelio y ser testigos del Resucitado.
Por último, nos invita a todos a insertarnos en el mundo y abrir los ojos al resto de los hombres para que acepten la salvación traída por el Hijo de Dios.
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miércoles, 16 de mayo de 2012

ASCENSIÓN DEL SEÑOR - B

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS EFESIOS 1, 17-23
Hermanos: Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la Gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en el mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajos sus pies y lo dio a la Iglesia; como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud de lo que acaba todo en todos.

COMENTARIO:

Seguramente este fin de semana tendrás oportunidad de pasear por el campo solo, o en compañía de otras personas. Te sugiero observes las plantas e imagines el camino recorrido por cada semilla hasta llegar la primavera. Muchas de las semillas depositadas en tierra germinaron y ahora están brotando con fuerza y nos ofrecen una visión hermosa de su desarrollo. Es más, podemos imaginar el final: el fruto madura y retorna a la tierra en forma de nuevas semillas, dispuestas a iniciar un nuevo recorrido.
Jesús ha desaparecido de nuestra vista y está a la derecha del Padre. No obstante, él dijo que continuaría entre nosotros hasta el final de los tiempos; y así es. Para los más incrédulos les podemos proponer la imagen de la naturaleza, que continúa hablando a lo largo del tiempo. Algo similar nos sucede a los creyentes con Jesús.
San Pablo lo explica en conceptos más teológicos, que a lo mejor el auditorio dominical de nuestras iglesias ya no entiende. Sin embargo, ahí tenemos otra forma de exponer lo que somos cada uno de los cristianos: semillas fecundadas por el Espíritu para dar el fruto que el Señor espera de nosotros, la culminación de su obra de salvación.
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