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miércoles, 29 de mayo de 2024

CORPUS CHRISTI - B

 Mc 14, 12-16.22-26

El primer día de ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

-¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

Él envió a dos discípulos diciéndoles:

-Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: “El maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:

-Tomad, esto es mi cuerpo.

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo:

-Esta es mi sangre, sangre de alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.

Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

 

COMENTARIO:

 

Es hermoso despertar y sentir la nueva vida que Dios nos regala un día más. La jornada anterior hemos quedado tan cansados del trabajo, tan perdidos en medio del ruido, la propaganda, las voces, las noticias y espectáculos con que nos bombardean los medios de comunicación… Al fin y al cabo, el sueño nos libera un poco de todo eso, es como borrar el disco duro de nuestro ordenador: nos sentimos limpios y dispuestos a llenarnos con algo que nos sacie y no nos deje resquemor.

Hoy es domingo y además festividad del Corpus, el día en que escucharemos una vez más el mensaje del Señor al despedirse en la Última Cena: «Tomad, esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre…».

¿Somos realmente conscientes de que con llenarnos de Dios nos basta? (Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta –dejó escrito Santa Teresa de Ávila). ¿Cuándo participamos en la eucaristía advertimos que Dios no solo nos da un día más de vida, sino también se nos da totalmente, nos llena de él? Tal vez nuestras eucaristías no nos transforman porque no permitimos que Dios entre en nosotros: ¡Nos complicaría tanto la vida…! Así pensamos, o actuamos como si así fuera. Y, sin embargo, el Señor, si le permitimos entrar en nuestra casa, tan solo nos viene a decir que nos ama inmensamente y que no nos pide nada a cambio; porque el amor es dar sin esperar nada en recompensa y si alguien ejercita el amor a la perfección, ese es Dios.

Hoy el Señor se pasea por nuestras calles, nos sale al encuentro, se acerca a nuestras casas, se para en nuestras plazas para bendecirnos a todos, sin distinción de justos o pecadores. No sale de nuestros templos, donde le tenemos escondido, a reprocharnos que le tenemos olvidado en el sagrario, que pasamos de largo ante él cuando se hace el encontradizo en los mendigos de la calle, que lo abandonamos en los asilos, en la cárcel, en el hospital… Insisto, no se pasea por nuestras calles para recriminarnos cómo se apaga la débil llama de nuestra fe. Sencillamente, sale a bendecirnos a todos. Todos estamos invitados a participar en su bendición en la procesión de este día del Corpus.

Al menos, participemos este domingo en la eucaristía con la puerta de nuestro corazón abierta. Experimentaremos una paz y amor dentro de nosotros, que nos llena y que tal vez nunca hemos sentido hasta hoy.

miércoles, 3 de junio de 2015

CORPUS CHRISTI - B

LIBRO DEL ÉXODO 24, 3-8
En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; el pueblo contestó a una:
-Haremos todo lo que dice el Señor.
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza, se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:
-Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
-Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos esos mandatos.

COMENTARIO

Los ritos de la sangre de la Pascua judía hunden sus raíces en ritos muy ancestrales como ritos de alcanzar el perdón y la satisfacción de los dioses del pueblo; en el pueblo judío, al mismo tiempo prefiguran el derramamiento de la sangre del propio Hijo de Dios. Se llega así al culmenn de la ofrenda purificadora ofrecida a Dios Padre por el mismo Hijo de Dios.
¿A qué dios, entre los dioses de la tierra, se le habría ocurrido jamás entregar la sangre de su propio hijo para redimir al hombre? ¿A qué pueblo, entre los pueblos de la tierra, se le habría ocurrido jamás pensar que sus dioses se encarnarían en el mundo para salvar al hombre?
Tan solo el dios del pueblo judío y cristino es capaz de una acción de tal generosidad. Su hijo se encarnó y ofreció su sangre en remisión de los pecados de la humanidad.
Hoy es un día de reconocimiento y acción de gracias por la inmensa bondad de Dios Padre y por la generosidad y desprendimiento total del Hijo.
El pueblo cristiano ha sido muy consciente de este hecho y siempre ha celebrado esta fiesta del Corpus Christi con gran solemnidad: Los autos sacramentales del pasado, las solemnes procesiones por las calles de nuestros pueblos y ciudades… así lo muestran.
Hoy está perdiéndose esta sensibilidad; sería una pena que con ella cayera en el olvido el sacrificio de la propia vida del Hijo de Dios, quien se hizo hombre y derramó su sangre por nuestra salvación.
Grabemos en nuestro corazón y en el de nuestros hijos las palabras que escuchamos en cada eucaristía: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi sangre derramada por muchos para el perdón de los pecados.
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sábado, 9 de junio de 2012

CORPUS CHRISTI - B

CARTA A LOS HEBREOS 9, 11-15
Hermanos:
Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar de las cenizas de una becerra tiene el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

COMENTARIO:
El autor de la carta a los hebreos tiene la intención de transmitir un mensaje de liberación, de salvación a los hebreos. Les presenta a Jesús, el Cristo, como el Sumo Sacerdote por excelencia: el sacerdote esperado a lo largo de los siglos. Para aquellos creyentes procedentes del judaísmo constituye la Buena Nueva soñada, preanunciada por los profetas. El escritor sagrado transmite un mensaje de ánimo, de estímulo renovado para ayudar a mantener viva la fe en el Resucitado.
¿No debería ser esta la intención de nuestra predicación en este día del Corpus? ¿Acaso no necesitan nuestros fieles, que acuden a la eucaristía dominical un mensaje de ánimo, que les ayude a vivir firmes en su fe? Quienes tienen abandonada su fe o no creen, ¿no es una agradable sorpresa que el Señor les salga a paso a decirles que les ama sin esperar nada a cambio? Ciertamente que sí. Es por eso por lo que creo que hoy nuestro mensaje ha de avivar la llama de la fe de todos los cristianos e invitar a la fe a los no creyentes. Hoy el Señor se pasea por nuestras calles, nos sale al encuentro, se acerca a nuestras casas, se para en nuestras plazas para bendecirnos a todos, sin distinción de justos o pecadores. No sale de nuestros templos a reprocharnos nada: tenerle olvidado en el sagrario, pasar de largo ante él cuando se hace el encontradizo en los mendigos de la calle, abandonarlo en los asilos, en la cárcel, en el hospital… Insisto, no se pasea por nuestras calles para apagar la débil llama de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano. SENCILLAMENTE, SALE A BENDECIRNOS A TODOS.
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