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miércoles, 9 de agosto de 2023

XIX DOMINGO ORDINARIO - A

 Mt 14, 22-33

Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.

Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:

- ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó:

- Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

Él le dijo:

- Ven.

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

- Señor, sálvame.

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

- ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo:

- Realmente eres Hijo de Dios.

COMENTARIO

Mateo quiere presentarnos aquí una imagen de la comunidad cristiana de su tiempo; sin embargo, refleja también la imagen de la Iglesia de nuestros días.

Es muy probable que en el momento en que escribe el evangelio las comunidades cristianas pasaban por dificultades graves: abandono, desánimo de muchos, porque el Señor no acaba de llegar como prometió... Surge la duda de si el Señor estaría con ellos como prometió al despedirse. Sin su presencia palpable, da la impresión de que todo se hunde, que el enemigo acosa y amenaza con asolar aquella iglesia aún demasiado incipiente. En esta situación san Mateo sale al paso con una imagen muy expresiva de la comunidad cristiana.

La Iglesia es esa nave que se adentra en las aguas y que de pronto se ve zarandeada por los vientos y las olas. La oscuridad de la noche da un matiz de mayor inseguridad. El Señor se ha quedado en la orilla orando y ahora no cuentan con su presencia. En esta situación, san Mateo deja bien claro que el Señor no se ha olvidado de su Iglesia; la oración no le distancia de sus discípulos, al contrario, le mantiene unido a ellos: se hace presente en medio de la tempestad y calma el oleaje. No hay razón para temer.

San Mateo profundiza en la fe de aquella primitiva iglesia. En aquel pequeño grupo de discípulos renace la fe y se apodera de ellos el entusiasmo: son capaces de lanzarse a las olas convencidos de caminar sobre las olas con la seguridad del Maestro. Pedro, en quien el Señor ha depositado la firmeza de la fe, es el primero en lanzarse a esa mar embravecida y comenzar a sucumbir: ¡Qué poca fe! No obstante, el Señor le mantiene a flote.

Hoy sin duda necesitamos volver a meditar este pasaje evangélico. El Señor no se ha olvidado de su Iglesia, sigue velando por ella hasta el fin de los tiempos. Que las dificultades, la oscuridad de ciertos momentos, las tempestades amenazadoras no debiliten nuestra fe. Es más, nos cabe la esperanza de que, aunque nuestra fe casi se apague, el Señor no permitirá que nos hundamos: extenderá su mano y nos mantendrá a flote. ¡Su promesa no fallará! Así lo entendieron los creyentes de los tiempos de San Mateo y así hemos de entenderlo nosotros hoy.

En los acontecimientos vividos estos días pasados en Portugal hemos recibido, como el profeta Elías, esa “suave brisa” de la que nos habla el Libro de los Reyes en este día (1 Re 19ss) y que es la imagen perceptible más clara de nuestro Dios. Nuestra oración angustiosa a Dios Padre recibe ese soplo de ilusión juvenil que despierta nuestro ánimo. «La Iglesia y el mundo os necesitan, como la tierra necesita la lluvia», ha dicho el papa a los jóvenes presentes en la JMJ de Lisboa. Nuestra impaciencia e intransigencia se calman también ante las palabras del papa Francisco en Fátima: “Esta es la casa de la Madre y en ella entran todos, todos, todos”.

jueves, 6 de agosto de 2020

XIX DOMINGO ORDINARIO - A

Reyes 19, 9a. 11-13a
En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

COMENTARIO

El Libro de los Reyes que leímos en la primera lectura de hoy nos describe la situación de preocupación y miedo del profeta Elías. Elías, el único profeta de Israel que quedaba había mandado ejecutar a todos los profetas del dios Baal. Por miedo, ante el juramento de la reina Jezabel de hacer lo mismo con él, huye hasta el monte Horeb en busca de su Dios Yahvé. Allí se refugia en una cueva y espera que Dios se le manifieste.
¿Dónde está Dios? Es la pregunta que se hace el profeta Elías, como también nos la hacemos nosotros en momentos difíciles de la vida.
Dios siempre responde a nuestro requerimiento, pero, como el profeta Eías, también nosotros necesitamos de una conversión. Elías espera que Dios se le manifieste en el fuego, en la tormenta o en el terremoto, como el Dios poderoso y fuerte que no tolera la infidelidad.
Como Elías, también nosotros caemos en la tentación de pensar que Dios hace silencio ante nuestras exigencias. Sin embargo, Dios nos habla siempre, no se calla, pero no lo oímos porque lo buscamos donde no está: en la reacción violenta, en la venganza, en el aniquilamiento de los enemigos, de los infieles a la Ley o en un milagro espectacular.
Como Elías, también nosotros necesitamos recapacitar, convertirnos, buscar a Dios donde realmente está: en esa suave brisa del mar o de la sierra que nos alivia del bochorno. Esta es la imagen que se le ocurre al autor sagrado para describirnos a Yahvé, a Dios.
Nosotros también podemos sentir que nuestra fe, la fe que recibimos de nuestros padres se desvanece, se está perdiendo. A nuestros hijos y nietos ya no les dicen nada nuestras vivencias cristianas. Sentimos que nuestro cristianismo está desapareciendo, y hasta nosotros nos cansamos ya de ser fieles a nuestra vida cristiana.
Esta situación nos la describe muy bien el evangelio de hoy. Los discípulos van solos en la barca camino de la otra orilla del lago. En principio no tienen miedo, están entusiasmados del milagro vivido esa tarde: Jesús había conseguido alimento para toda aquella multitud que quería aclamarlo como el Mesías. Ahora en medio del lago ante la oscuridad de la noche y el viento en contra comienzan a echar en falta a Jesús. Este se hace presente, pero son incapaces de reconocerlo y lo ven como un fantasma. Cuando por fin lo reconocen se vuelven a entusiasmar y se sienten tan seguros que Pedro quiere acercarse a Jesús caminando sobre las aguas. Arrecia el viento y se siente hundir: «Señor, sálvame».
Los textos de hoy reflejan muy bien nuestra vivencia de la fe: nuestras dudas y nuestro cansancio; pero también son muy claros y nos animan a confiar siempre en Dios, que nunca nos abandona, que no responde con el silencio a nuestras plegarias. Dios siempre está a nuestro lado, consolándonos, luchando con nosotros en la enfermedad y, al final de la vida, recuperándonos como hijos plenamente felices a su lado.

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OTROS COMENTARIOS

lunes, 28 de julio de 2014

XIX DOMINGO ORDINARIO - A

Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:
Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo.
 Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

COMENTARIO

El apóstol Pablo mira ahora al pueblo de Israel, al pueblo de las promesas, a su pueblo. Este pueblo se niega a creer en Jesucristo y recibir gratuitamente la justificación por la fe. Esto le causa un profundo dolor a Pablo.
¿Qué puede hacer Pablo? ¿Cómo ha de afrontar el problema? La primera lectura de este domingo nos aporta una estupenda sugerencia: ¿Cómo actúa Dios? El profeta Elías espera ver a Dios manifestando todo su poder en la tormenta, en el fuego o en el huracán; sin embargo, Dios no está presente allí, sino en la suave brisa que acaricia el rostro de Elías.
El pueblo de Dios, Israel, ha recibido muchos dones de Dios: la alianza, la ley, el culto, las promesas... Dios no se arrepiente ni les retira sus dones. Pablo hubiera deseado ser un proscrito por su pueblo. Esta ha de ser también la actitud del creyente hoy hacia el pueblo de Dios. Hay que buscar caminos de encuentro, de acercamiento, de respeto; la actitud del profeta Elías, esperando la acción airada de Dios no es la correcta. Ambos pueblos, judío y cristiano, somos portadores de un mensaje de salvación universal.
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