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miércoles, 22 de mayo de 2024

SANTÍSIMA TRINIDAD - B

 Mt 28, 16-20

En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

-Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo.

COMENTARIO

El mundo occidental empleó mucho tiempo y esfuerzos por explicarnos con palabras muy precisas el misterio de Dios, de modo que no nos queden dudas sobre su identidad. Y así nos ha lucido el pelo: cuanto más creíamos acercarnos al misterio de Dios más nos quedaba por recorrer, al menos esa era la sensación que teníamos. Tal vez todo resulta más sencillo de comprender si afirmamos simplemente de Dios (Padre, Hijo y Espíritu) que es AMOR y que nosotros somos una imagen minúscula de él, pero al fin y al cabo imagen; y que Jesús, el Señor, es la imagen más perfecta del Dios Amor que podemos alcanzar a entender y percibir con nuestros sentidos. De este modo, para tener una imagen comprensible de Dios basta que contemplemos los gestos de amor de Jesús en el evangelio y los del ser humano: una caricia de ternura, una sonrisa, una ayuda al que pide en la acera, un simple saludo, la compañía a un enfermo, a un anciano, a alguien que vive solo… Así todo es más sencillo, y seguro que sacamos una idea más clara de quién es Dios, que si nos dedicamos a estudiar conceptos de Dios elaborados por sesudos teólogos. Contemplamos imágenes de Dios donde dos se besan, se abrazan, se ayudan, se desviven el uno por el otro, se perdonan… La imagen de Dios está ausente donde se compite por ser más que el otro, donde se hace la guerra, donde hay envidias, rencores inolvidables, riñas, odios, zancadillas… Aquí no es posible ver a Dios, porque sencillamente no está.

Estos días las noticias de los diversos canales de televisión nos ofrecen con frecuencia imágenes como la que encontramos en la portada de la prensa del lunes pasado: Un hombre desconocido, con un rostro expresivo de ternura y compasión, porta en brazos el cadáver de una niña víctima de una explosión y derrumbe de un edificio en la franja de Gaza.

Pues bien, como estas imágenes, que tanto se comparten en las redes sociales y otros medios de comunicación, hay muchas otras que cada día se repiten en nuestro mundo y que nos pasan inadvertidas. Estas son las imágenes que mejor manifiestan a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir a la Trinidad. Ellas nos ayudan a conocer mejor a Dios: Nos manifiestan a un Dios, que se encarna en el Hijo y en sus hijos, y a quienes impulsa a actuar con su fuerza poderosa (el Espíritu).

La Biblia, en repetidas ocasiones nos previene contra la construcción de imágenes de Dios, incluidas las que crea nuestra mente. Sin embargo, aún no hemos aprendido la lección, porque seguimos empeñados en encerrar a Dios en nuestras estatuas materiales y mentales, mientras que a Dios Trino lo tenemos presente y actuando en nosotros.

Alegrémonos y celebremos la presencia de Dios uno y trino, quien de vez en cuando nos abre los ojos y despierta nuestra mente para que lo contemplemos con mayor claridad, como en estos días.

domingo, 31 de mayo de 2015

SANTÍSIMA TRINIDAD - B

LIBRO DEL DEUTERONOMIO 4, 32-34.39-40
Moisés habló al pueblo, diciéndole: «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como esta?, ¿se oyó cosa semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con nosotros en Egipto?». Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da siempre.

COMENTARIO

«Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra, no hay otro» (Dt 4,32-34.30-40). De este modo se dirige Yahvé, Dios, a Moisés según nos cuenta el libro del Deuteronomio.
Estas palabras hay que leerlas en su contexto. Antes de ellas se recuerdan las tres maravillas que Dios ha realizado: la creación del mundo, los prodigios que llevó a cabo para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y la revelación de su voluntad, los diez mandamientos, en el monte Sinaí.
Ahora su pueblo queda comprometido, por el pacto de la alianza, a cumplir los mandamientos de Dios. El fruto de su fidelidad al pacto establecido con Yahvé, será la felicidad de su familia y de su posteridad, y el gozar de una prolongada vida en la tierra que Dios le va a dar. 
Como dice el Papa Francisco en su exhortación La alegría del Evangelio, los cristianos «creemos, junto con los judíos, en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (EG 247).
Hoy celebramos la fiesta de nuestro Dios, que un día se reveló a su pueblo escogido, Israel, y que hoy también se nos ha revelado a nosotros como Dios uno y trino. En la solemnidad de esta fiesta de la Santísima Trinidad celebramos a un Dios que se nos manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Hoy es un buen día para proclamar en voz bien alta nuestra fe:

«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra». Él nos ha creado, es todo amor, es misericordia y perdón sin límites; espera hasta el límite la vuelta del hijo pródigo y nos espera a nosotros a la puerta del cielo al final de nuestro peregrinaje aquí en la tierra, para mandar vestirnos con los mejores vestidos y ponernos el anillo de hijos suyos.

«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor». Él nos ha revelado cómo es el Padre, en él está la mejor imagen que podemos tener del Padre: Sus gestos de amor a los más débiles, su ternura para con los niños y los pecadores, su mirada comprensiva hacia la adúltera, su ira contra los malos pastores de su pueblo; él nos ha dicho: «Sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo» «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». En una palabra, en Jesús podemos sentir a un Dios humano, cercano, amigo. En Jesús el hombre alcanza la máxima perfección como creatura de Dios, hacia la cual debemos tender cada uno de nosotros.

«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». El Espíritu es esa fuerza misteriosa que anida en nuestro interior, por el que podemos llamar a Dios, Padre; él nos hace capaces de amarnos los unos a los otros; él inspira nuestra oración, nos revela los misterios de Dios, nos hace comprensible la palabra de Dios en las Escrituras; él alienta nuestra fe, mantiene nuestra esperanza y espolea nuestra generosidad.

El Dios en que creemos es bueno con todos, lo merezcamos o no; llueve su bondad sobre justos e injustos, creyentes y ateos, y hasta con sus perseguidores. Dios no hace distinción entre sus hijos, nos invita y anima a la fraternidad, y nos ha creado para compartir con nosotros su felicidad eterna.
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jueves, 28 de mayo de 2015

LA SANTÍSIMA TRINIDAD - B

CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 8, 14,17
Hermanos: los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para también ser glorificados con él.

COMENTARIO

Un día le pregunté a un hortelano por qué las lechugas que él había plantado en su huerto al mismo tiempo no crecían de igual modo. Trató de darme una explicación razonable: Tal vez no todas han recibido la misma cantidad de riego, quizás no llegó el abono a todas en la misma cantidad, seguramente la helada afectó a unas más que a otras, sin duda que a algunas las ha cogido el sol en exceso… Al verme no convencido del todo y cuando se le acabaron sus argumentos, cerró su explicación: «De todos modos, en algún caso no deja de ser algo misterioso que escapa a mis conocimientos».
Un famoso cuadro de Rubens nos pinta a san Agustín paseando pensativo por la arena de la playa, preocupado por encontrar una explicación al misterio de Dios. El cuadro nos muestra al santo preguntando a un niño entretenido en llenar de agua un agujero excavado en la arena:
- ¿Qué haces ahí echando agua en ese hoyo?
- Intento meter el agua del mar en él.
- No ves que eso es imposible, no te va a caber toda el agua en él.
El niño le replicó:
- Tampoco Dios cabe en tu inteligencia.
De hecho, san Agustín tardó catorce años en terminar su libro.
Muchos años antes, el autor de la carta a los romanos, seguramente después de haber dado muchas vueltas al misterio de Dios, nos dejó una sencilla explicación que supera en sabiduría, sencillez y claridad a la de nuestros inteligentes teólogos de siglos posteriores: El Espíritu de Dios lo llevamos dentro de nosotros y lo sabemos porque somos capaces de llamar a Dios Padre y, por lo tanto, nos sentimos hermanos de Jesucristo, el Hijo. Con esto nos basta. De aquí se deduce todo lo demás: Somos coherederos con Cristo, capaces de amar como el mismo Cristo nos amó y manifestar así al mundo que Dios Padre se desvive por todos sus hijos y que los más débiles son sus preferidos.
Feliz día de la Santísima Trinidad. Llevamos a Dios dentro de nosotros y tal vez alguno aún no se ha enterado y lo anda buscando fuera.
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