SOLEDAD
EN LA CRUZ
“Junto
a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de
Cleofás, y María, la Magdalena”.
Hoy
es un día de contemplación, en silencio junto a la Cruz: Jesús solo, abandonado
de todos; ni siquiera su propio Padre Dios puede estar allí. «Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15, 34): expresión máxima
de soledad, abandono, desolación y angustia de Jesús en la Cruz.
Esa
es la dura y trágica realidad de la Cruz y de la cruz de cada uno: nadie puede
estar en ella más que el propio dueño. Nadie
nos puede sustituir en la cruz, porque cada uno pende de la suya.
La
sensación de abandono y soledad es lo peor de soportar. Tal vez por esto son
pocos los que aceptan la cruz, patíbulo inevitable si queremos ser resucitados
por el Padre.
Hoy,
ante la Cruz del Señor, aceptemos nuestra propia cruz, esperanzados y sabedores
de que nos conduce a la salvación.
Mientras
tanto, al pie de la Cruz, en la distancia con María, agradezcamos al Señor
habernos enseñado a morir sintiendo el abrazo definitivo del Padre: «Padre, en
tus manos encomiendo mi espíritu» (sal 31, 5).
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