Jn 20, 19- 3
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les
enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver
al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando
vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el
agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con
ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber
visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la
vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el
Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.
COMENTARIO
Juan Pablo II, en la inauguración de su pontificado saludaba a la
muchedumbre con estas palabras: No tengáis miedo, abrid de par en par
las puertas a Cristo. Hoy le contemplamos ya entre nuestros santos.
Tal vez sean estas palabras las que hoy necesitemos los creyentes. Estamos muy
encerrados en nuestros cenáculos, como los apóstoles después de la crucifixión
de Jesús. No nos atrevemos a confesar nuestra fe, nos cuesta reconocer en
público que somos creyentes; solo en Semana Santa salimos a la calle a
manifestar lo que llevamos en nuestro interior durante el resto del año.
Nuestra fe ha de salir a la calle cada mañana con nosotros (nos lo recordaba
el papa Francisco a cada momento), para que el mundo crea que el Señor está
vivo entre nosotros, e invitar a creer con nuestro propio testimonio.
San Pedro alababa la fe de aquella primitiva comunidad con estas palabras:
«No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os
alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de
vuestra fe: vuestra propia salvación». Si hoy nos escribiera a nosotros,
¿hablaría así de nuestra fe? ¿Resplandecen nuestros rostros como los de
aquellos cristianos de entonces? ¿Hemos alcanzado la meta de nuestra fe? Si así
fuera, los que aún no creen se maravillarían de ver nuestros rostros pletóricos
de alegría y se preguntarían el porqué. ¿Nos ha preguntado alguien el porqué de
nuestra alegría?
Los primeros cristianos eran bien vistos por el pueblo y cada día se
agregaban nuevos miembros a aquella comunidad. ¿Somos bien vistos los creyentes
hoy? ¿Se agregan nuevos miembros a nuestra comunidad parroquial?
En fin, tal vez los relatos de Lucas y de Pedro sean pura creación
literaria, imaginación o un buen deseo: una gran utopía de cara al futuro de la
Iglesia. Sin embargo, no creo que sea del todo así, porque hoy sigue habiendo,
dentro de la Iglesia, comunidades eclesiales que viven la fe como la idílica
comunidad que nos refleja Lucas y el mismo Pedro. Esto quiere decir que es
posible vivir así la fe; pero aún son pocas las comunidades contagiosas de la
alegría que encierra la vivencia de la fe en el Resucitado.
Hoy es un buen día para pedirle al Padre, por intercesión de san Juan Pablo
II que perdamos el miedo a abrir nuestras puertas al Señor Resucitado.
Si nuestro caso es el del apóstol Tomás, que nuestra fe es vacilante,
acudamos a Jesús y él la afianzará. Confesaremos con santo Tomás: «¡Señor mío y
Dios mío!». De todos modos, acojamos siempre con misericordia a aquellos
hermanos en la fe que pasan por momentos de inseguridad y duda.

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